Riot – Thundersteel (1988)

A la hora de hablar de grupos malditos o de esos mal llamados ‘de segunda fila’, no hay duda de que Riot pueden encasillarse muy a gusto dentro de dicha etiqueta. Y ello no deja de ser curioso, ya que si bien la mayoría de los eternos aspirantes a la fama suelen arrojar la toalla tarde o temprano, estos norteamericanos pueden presumir de llevar editando discos la friolera de cinco décadas (Rock City, 1977, se dice pronto), aunque también es cierto que el bueno de Mark Reale (guitarra) ha sido el único superviviente de aquella primigénea formación hasta su fallecimiento en 2012, momento en el cual el resto de la banda decide proseguir con el legado de Reale ya como Riot V, todo un detalle tanto por la idea de mantener viva la llama como por el hecho de no querer adueñarse de una franquicia que tuvo a las claras un administrador único.  

Tras cinco discos de estudio y uno en directo, de los que cabría destacar un inspiradísimo Fire Down Under (1981), probablemente su trabajo más clásico de la primera época (seguido de cerca por Narita, 1979), dada la escasa repercusión de su quinto Born In America (1983) y el consiguiente desánimo de Reale, se abre un período de sequía discográfica de cuatro años comprendido entre 1984 y 1988 y consiguientemente de inactividad del grupo en directo; tras el paréntesis, Reale reestructura la banda, bien secundado por Tony Moore (voz), Don Van Stavern (bajo) y el gran Bobby Jarzombek (batería), y juntos dan a luz lo que es ya todo un clásico y eterna fuente de inspiración de una incontable legión de speed/power-metaleros al uso que reinan en la escena metálica actual.

Y es que Thundersteel es a Riot algo así como Painkiller a Judas Priest, esto es, la esencia del grupo pasada por el filtro y elevada al cubo en lo que a revoluciones se refiere. No en vano sólo hace falta escuchar el inicio con el homónimo del disco, todo un trallazo hiperacelerado, de riffs vertiginosos, doble bombo atronador y agudos por doquier (todo un clásico destroza-cogotes en las discos heavies de turno). Pues eso, Power Metal de libro. “Fight Or Fall”, aunque de poderosos riffs, era algo más dinámico, decelerando en el estribillo y demostrando que en el power/speed metal también se puede jugar con la voz y resultar atractivo.

“Sign Of The Crimson Storm” hacía las veces de medio tiempo, con un Tony Moore que nos muestra su registro real por momentos y que sube tonos en el chorus como mandan los cánones. Y vuelta a la caña con “Flight Of The Warrior”, donde Bobby Jarzombek maneja los pedales a su antojo, Mark Reale se saca de la manga unas rítmicas y un solo difíciles de olvidar y Mr. Moore te pone el vello bien de punta con sus modulaciones. Después de esto es cuando, en líneas generales, viene el bajón. No es este el caso. “On Wings Of Eagles” está diseñada y estudiada para que te dejes las cuerdas vocales intentando emular los alaridos estallacristales de Moore (pues eso, intentando). Y a continuación otra de mis favoritas (¿quién dijo relleno?), “Johnny’s Back”, de riff cabalgo-destripante a cargo de Reale y con otro de esos estribillos para cantar en compañía.

Como descanso auditivo tenemos “Bloodstreets”, con un comienzo de acústicas que rápidamente rompe un riff distorsionado aunque controlado a cargo de Reale, de tempo lento y recreándose en la melodía vocal (temón). “Run For Your Life” retoma la caña del comienzo, con un Tony Moore esta vez más agresivo que chillón y otro de esos solos marca reale. Y la traca se cierra con “Buried Alive (Tell Tale Heart)”, algo más ambicioso que el resto (más extenso y detallista), y que curiosamente, al igual que sucede con el inicio del disco, me recuerda al cierre del que fuera el legado de Halford en Judas, “One Shot At Glory”, en plan colofón final (y digo curiosamente porque “Painkiller” estaba por llegar).

Grabado y mezclado en los Greene Street Recording estudios de Nueva York por el habitual Rod Hui, el disco suena que atruena, pulcro, brillante y contundente. Su portada sin embargo no corrió la misma suerte, con una ilustración (más bien boceto) a cargo de Kevin Kall bastante cómica, si bien mejora incluso la tónica general de las portadas del grupo, un aspecto a mi modo de ver bastante descuidado por la banda y tan básico en una época en la que ilustraciones, logotipos y demás atrezzo incidían directamente en el fan de turno, y que coetáneos como Judas Priest, Saxon o Iron Maiden sí supieron exprimir al máximo.

Thundersteel tendría su continuación con el gran The Privilege Of Power (1990), un trabajo sin duda mucho más arriesgado y rompedor que su predecesor, similar en calidad pero de esquemas bastante más eclécticos (Queensrÿche lo estaban petando, recordemos), y entre eso y nuevos cambios de formación en el siguiente Nightbreaker (1993), en el que Moore da el relevo a Mike DiMeo y con ello al sonido del grupo (AOR puede sonar demasiado drástico, pero desde luego eso ya no era Power Metal), el combo regresó de nuevo a esa un tanto incómoda segunda fila que decía al principio, quedando el trabajo que nos ocupa en una especie de limbo discográfico, un oásis en el desierto al que acudir en estados anímicos bajos o cuando el poder del Heavy Metal llama a tu puerta.

La formación que registró Thundersteel regresaría por sus fueros en 2011, fecha en la que editarían el esperadísimo Immortal Soul, álbum que amalgama prácticamente todas las facetas y vertientes sonoras de Riot, pero que lamentablemente no podría presentar su mentor, dado su fallecimiento a los pocos meses por complicaciones con esa dichosa y todavía enigmática enfermedad de Crohn.

Si no estás familiarizado con el material de la banda, como en toda historia que se precie creo que deberías empezar por el principio. Si por algún motivo no dispones del tiempo ni de las ganas necesarias, entonces te recomiendo que vayas directo a por este Thundersteel, sin duda una de las gemas del Heavy Metal clásico, aunque te aviso: todo lo que venga después te sabrá a poco.

Bubba

(Publicado originalmente en THE SENTINEL WEB MAG durante el primer lustro de la era 2000, revisado y editado en abril de 2020)

Metallica – Master Of Puppets (1986)

Al echar la vista atrás en el tiempo y analizar qué discos han sido cruciales para entender como lo hacemos hoy el Heavy Metal en toda su extensión, no cabe duda de que este ya lejano tercer larga duración de los por entonces aún jóvenes Metallica ocupa un lugar privilegiado. Y decimos esto porque, si bien la prensa metálica en su día se empeñó en encasillarlos dentro de un género que acabó desvirtuándose por sí mismo, siempre fue obvio que Hetfield, Ulrich, Burton y Hammet iban un paso por delante del rebaño, marcando el camino a seguir y demostrando que el conservadurismo y el miedo a la evolución sólo conllevan estancamiento, aunque esto mismo, junto a una pizca de prepotencia y pretenciosidad, fuera lo que les echara a perder precisamente.

Tras uno de los mejores debuts que el menda se haya echado a la oreja, no tanto por las formas como por el contenido y el contexto del momento, accidentalmente tildado “Kill’em All” (a saber lo que habría vendido si finalmente hubiera aparecido el water con el cuchillo asomando y el sugerente título “Metal Up Your Ass”), y un consecuente y en línea brutalmente ascendente “Ride The Lightning”, los reyes de la Bay Area ampliaron horizontes hasta el infinito con esta obra de magno calibre y eternas ventas llamada “Master Of Puppets”, sin lugar a dudas de lo más jugoso y completo del catálogo del grupo.

Nuevamente con el conocido Flemming Rasmussen tras los mandos (parece ser que la experiencia anterior fue fructífera), los de San Francisco regresaban con un disco de portada tan sencilla como impactante, y lo más importante, con un contenido que sobrepasaba cualquier expectativa por grande que fuese, y que hacía replantearse al resto de competidores el abandonar todo intento de ganar la carrera con tan serio competidor. Y es que mientras la citada competencia iba paso a paso, las zancadas del cada vez más gigante Metallica tiraban por tierra cualquier deseo de ocupar el podium del Thrash Metal en particular, y a la postre del Metal en general.

Y lo cierto es que el grupo siempre quiso desvincularse de dicho término, si no totalmente sí en parte. Según palabras de la propia banda, la velocidad de la que pretendían hacer gala muchos de sus coetáneos ya no les atraía, pues no dejaba espacio a la sutileza, la destreza ni el crecimiento. Era tiempo de evolucionar y demostrar que la fuerza no está reñida con la melodía, y es innegable que dieron en el clavo.

En el plástico había tiempo para todo, desde la sutileza de la guitarra acústica de “Battery” y el consiguiente arranque thrashico hasta la caña porque sí de “Damage Inc.”, todo un muro sonoro. Como reconocía James, gustaban tanto de ser melódicos como de dejar de serlo; podían bajar el pie del acelerador para centrarse en la intensidad de las guitarras en “The Thing That Should Not Be” o “Leper Messiah” (lo que habrá mamado de aquí toda la generación Panteriana) o volver a meter la quinta con un cañonazo como el antimilitar “Disposable Heroes”. Y me reservo lo mejor para el final: a ver quién es el majo que no se ha desgañitado más de una vez con “Master Of Puppets”, un tema que sin duda es ya todo un himno generacional, con un interludio en el que Hetfield y Hammet, con más inteligencia que habilidad, nos ponen los pelos como escarpias con un crescendo de antología. O con la exquisita “Welcome Home (Sanitarium)”, medio balada medio trallazo, que daba buena muestra de que, como decíamos al principio, habría que correr mucho para pillar al combo yankee. Y cómo olvidarnos de la instrumental “Orion”, para el que suscribe bastante más atractiva que su antecesora “The Call Of Ktulu”, y con un descanso a cargo de Mr. Burton que encoge cada vez que la escucho (descanse en paz, maestro).

Lo dicho, un álbum grande, de gran sonido y de grandes himnos. Porque si se me permite, lo que componían Metallica en sus años de esplendor (en el sentido creativo) no eran temas, sino himnos. Y eso es precisamente lo que añoramos muchos de sus seguidores. Una banda que lo tenía todo, discos redondos, actitud e imagen y el público entero a sus pies, y que, de la noche a la mañana, decidió que era hora de cambiar y tirar por tierra una carrera intachable como pocas. Puede que muchos estéis en desacuerdo con servidor y sigáis disfrutando con el grupo en la actualidad igual que antes, pero de lo que estoy seguro es que no seréis tantos los que sintáis la misma sensación al reproducir un “Master Of Puppets” que un “Fuel”. ¿Me equivoco? No me engañéis…

Bubba

(Publicado originalmente en THE SENTINEL WEB MAG durante el primer lustro de la era 2000)

Héroes del Silencio – El Mar No Cesa (1988)

A la hora de abordar la escueta pero prolífica carrera de los zaragozanos Héroes del Silencio es fácil caer en los tópicos de siempre (máxime si proviene de la prensa especializada), esto es, reconocer los méritos de Senderos De Traición (1990), alabar la evolución y eclecticismo rockero de El Espíritu Del Vino (1993) y ensalzar el endurecimiento supuestamente maduro de Avalancha (1995), quedando el debut de la banda como una especie de error iniciático de factura Pop, del cual sólo cabe acordarse en modo nostálgico y casi pidiendo disculpas, empezando por el propio grupo. Pues bien, haremos de abogados del diablo y trataremos de equiparar El Mar No Cesa al resto de la discografía de HDS, el trabajo que lo empezó todo y, producciones al margen, con algunas de las piezas musicales más bellas del combo maño.

Tampoco hay que ser tan duros con Enrique, Juan, Pedro y Joaquín. Si Lennon, McCartney y compañía necesitaron prácticamente una década para editar un tema de Hard Rock / Proto Metal como “Helter Skelter”, y aun así son considerados padres indiscutibles del Rock moderno y contemporáneo, les podemos consentir perfectamente a nuestros héroes nacionales una carta de presentación tan cálida e inocente como la que nos ocupa. A los controles de producción estuvo el mismísimo Gustavo Montesano (Olé Olé), con eso y la inexperiencia previa en estudio de nuestros protagonistas poco más se puede pedir.

Situémonos. Debía correr finales de 1988 o principios de 1989 cuando vi en televisión el video-clip de “Mar Adentro”. Por aquel entonces ya tenía constancia y registro de lo que era el Hard Rock y el Heavy Metal, pero lo que vi y escuché en ese momento me impactó, tanto por imagen como por sonido, y ya me acompañó en el resto de mi viaje musical particular para los restos: negro riguroso, botas vaqueras, base rítmica contundente contrastada claramente con unos arpegios limpios propios de bandas como The Cure, U2 o The Smiths (estos últimos se dejan ver especialmente en el tema), cortesía del limitado e inimitable Juan Valdivia (pobre muñeca derecha), y una voz de tenor dramático cual Raphael o Nino Bravo proveniente de una especie de junkhead llamado todavía Enrique Ortiz de Landázuri, que ponía la guinda a un pastel que no se había comido nuestra bendita patria hasta la fecha. Por lo demás, el corte hablaba de guarreridas españolas, cortesía del Bunbury más lascivo. A día de hoy lo sigo pudiendo escuchar como el primer día, cosa que no me sucede con otros muchos de la banda, algo debe tener.

Además del video-single de marras, el disco alberga un puñado de temas memorables: “Hace Tiempo” es un medio tiempo escuela Larry Mullen Jr. (el maestro a las claras de Pedro Andreu, junto a Ringo Starr, por supuesto), de aire nostálgico y grandes desarrollos por parte de Valdivia, que pasa del arpegio con Detune (primo-hermano del Chorus) al Overdrive como sólo él sabe. Épico, si se me permite. “Fuente Esperanza” es sin duda de mis favoritas de la banda, evocadora como pocas y con una letra que los desmarcaba directamente del rebaño. Juan se sale de nuevo, en esta ocasión con un punteo made-in-spain muy característico y que, al igual que las letras de Enrique, le va desmarcando de sus claras influencias algosajonas. “No Más Lágrimas” es otra pieza de hermosa factura que mejoraron En Directo al año siguiente, y “La Lluvia Gris” repetía con respecto al Ep, sin duda de los puntos más flojos del plástico, debido a su escaso aporte y al desfase temporal con el resto.

La cara B se abría magistralmente con “Flor Venenosa”, toda una apología encubierta al desenfreno etílico y que la madre de Enrique prefiere no escuchar. “Agosto” se erigía como otra de las favoritas del disco, de corte existencial e irreligioso y de gusto exquisito, mientras que “El Estanque”, utilizada para abrir sus directos, aquí se ubica entre medias y empasta con la misma gracia. Guitarras acústicas se entremezclan con arpegios limpios de manera ideal, y el mar, presente en la portada y en casi todo el trabajo, se derrama de nuevo ahogándonos. Tiene su gracia que el título de El Mar No Cesa viniera de un simple error de Enrique al mentar a la banda post-punk Mar Otra Vez…

“La Isla De Las Iguanas” es una suerte instrumental de corte surfero-gótico, una excentricidad propia de Robert Smith y sus secuaces, mientras que “…16” denota juventud y despertares a pachas, con Enrique vociferando por momentos y enlazando frases aparentemente inconexas, y como de costumbre sujetas a múltiples interpretaciones personales. Con “Héroe de Leyenda” se cierra el trabajo, otro corte rescatado del Ep y que, al igual que sucede con “La Lluvia Gris”, aporta poco al conjunto, lo cual no le desmerece para nada su condición de himno generacional y que dio nombre al propio grupo. Mención aparte merecen los bonus tracks “Olvidado” y “La Visión De Vuestras Almas”, incluidos únicamente en la edición en CD y que no aparecen en la versión Lp, la primera de aires pre-Senderos De Traición pese a su fecha de creación (ya estaba en la maqueta), y la segunda desechada a última hora del vinilo y rescatada para En Directo (1989), al igual que “Olvidado”.

Es una obviedad que El Mar No Cesa adolece de una producción demasiado light y de unas formas excesivamente parametrizadas, con un aire gótico / post-punk pero pasado por un filtro pop (Gustavo Montesano, recuerden) que, visto con perspectiva, parece desfasado y manido a día de hoy. Ese es el error. El Mar No Cesa debe contextualizarse en aquel momento concreto de la Historia musical de España, no en la actual, ya habría tiempo de realizar los ajustes necesarios, y no habría que esperar mucho, como decía al principio. Para algunos como el que suscribe, el primer trabajo de Héroes del Silencio supone una foto musical de un momento concreto de nuestras vidas en el que todo parecía novedoso, aunque fuese cogiendo de aquí y de allá (quien esté libre de pecado…), y nos abría un abanico de sonoridades alternativas (Bowie, Sisters Of Mercy, The Mission, New Model Army, Paradise Lost y un sinfín de generaciones más) que nos han acompañado hasta la fecha, y que sin duda han marcado y ampliado nuestro gusto musical. Por todo ello le estaré siempre más que agradecido.

Bubbath

King Diamond – The Spider’s Lullabye (1995)

Ha pasado un cuarto de siglo desde la publicación del sexto álbum de estudio de King Diamond, y si bien no es comparable a todo lo anterior hecho por él mismo hasta esa fecha (cualquier parecido de las circunstancias que lo rodearon con las de anteriores trabajos es mera coincidencia), creo que ya va siendo hora de hacerle justicia y ponerle en el sitio que le corresponde.

El escaso apoyo de Roadrunner tanto a The Eye (1990) como a su correspondiente gira hizo partir peras a la banda, con lo que el sello aprovechó para barrer la discografía de Mercyful Fate y King Diamond hasta la fecha (A Dangerous Meeting, 1992), mientras que la banda prosiguió en silencio con la gestación de su siguiente disco a la par que con la búsqueda de nueva compañía discográfica, que a la postre sería el sello independiente alemán Massacre, con bandas en alza por aquel entonces como Crematory, Theatre of Tragedy, Atrocity o Hybernoid, o clásicos a la baja como Pretty Maids o Helstar (aún conservo un recopilatorio del sello llamado In Your Face que recopila todo esa amalgama de sabores), evidentemente con menos medios que Roadrunner, pero sin duda con una predisposición hacia el grupo muchísimo mayor que la del sello que les dio la fama.

Pero no sería hasta 1995 que The Spider’s Lullabye vio la luz. Mr. Bendix aprovechó la coyuntura para reunirse mientras tanto con sus viejos colegas de Mercyful Fate (In The Shadows, Time), tras lo cual finalmente LaRocque y nuestro maestro de ceremonias encontraron el hueco para editar lo que aparentemente ya tenían planeado y casi guisado, con una formación ad hoc con Herb Simonsen como segundo guitarra, Chris Estes al bajo (ambos hasta Voodoo, 1998) y Darrin Anthony a la batería (hasta el siguiente The Graveyard, 1996), o mejor dicho, a la programación de ésta, aunque en cualquier caso da el pego mucho mejor que la de Snowy Shaw en The Eye, toda una falta de respeto hacia el instrumento.

El disco vuelve al formato simplista de Fatal Portrait (1986), y si bien en éste la trilogía “The Candle”, “The Jonah” y “The Portrait” abría el plástico de manera conceptual, en Spider’s la cierra la historia del pobre Harry, un hombre que sufre de aracnofobia y que es ingresado en un sanatorio mental con un desenlace fatal. Pero dejemos eso para el final.

Cuando escuché el estreno de “From The Other Side” en su día en la Emisión Pirata (parecerá una tontería, pero antes escuchábamos así las novedades) flipé en colores, o mejor dicho, en blanco y sobre todo negro. Las atmósferas no tenían nada que envidiar a las prototípicas del Black Metal, en aquel momento en todo lo gordo, y la temática del corte era asquerosamente atractiva: una experiencia extracorpórea en la que, para más inri, el sujeto (¿King?) avanza hacia la luz, mientras ve como su cuerpo es tomado mientras tanto por el mismísimo demonio. King… ¡despierta!

“Killer” es un corte machacón en la más pura onda Pantera / Metallica, los reyes de la escena en aquel momento, y la letra, cortesía del King más realista, narra los últimos momentos de vida de un asesino en serie, que se replantea su miserable existencia antes de que lo frían vivo en la silla eléctrica. ¿De qué me suena a mí todo eso?

“Poltergeist” es otro puñetero himno en el que King narra de nuevo sus experiencias con los fantasmas (confesado por él mismo), en el que hace de ventrílocuo con esa voz semi-gutural que utiliza para representar demonios u otros seres del más allá. I don’t like most of those you invite… get them out! (Gollum! Gollum!), a lo que King responde con una invitación a hospedarse en casa para siempre. Qué hospitalario.

“Dreams” saca a pasear la vena más progresiva del grupo, así como los mejores estribillos de Mr. Bendix. Cuando crees haber escuchado todo en el tema, viene eso de rainbows and waterfalls… y se te pone la gallina de piel. “Moonlight” es otro himno (y van…), en esta ocasión en homenaje al film clásico El Pueblo de los Malditos (1960), y por ende a la novela que lo inspiró (Los Cuclillos de Midwich, 1957), en el que LaRocque hace prácticamente lo que quiere con su B.C. Rich del momento, y por supuesto con el oyente.

“Six Feet Under” es un cañonazo de riffs a mansalva y de letra agónica (¿quién no ha pensado alguna vez qué sería de él si lo enterrasen vivo?), en el que es inevitable viajar en el tiempo hasta los días de Them (1988) y Conspiracy (1989), no en vano hay un claro guiño en la letra. Y con ella enlazamos directamente con el cuarteto conceptual final, donde tanto el protagonista como los secundarios recuerdan igualmente a la historia de King, Missy, Grandma y el Dr. Landau, esta vez con una temática más acotada y discreta que entonces.

“The Spider’s Lullabye” es un corte Doom, como si quisieran homenajear en cierta medida a sus vecinos y antiguos compañeros de gira Candlemass, en la que se presenta de entrada la fobia-locura de Harry con las arañas, y que Andy teje espectacularmente a modo punteos con su guitarra. “Eastmann’s Cure” es rápida y progresiva, con un tufo (por fin) a sus obras clásicas que tumba, y prosigue tanto con la historia de Harry como con los guiños al pasado. No more sleepless nights… “Room 17” es la habitación designada para Harry, donde pasará la peor noche de su vida, un corte de progresividad clásica y horror actualizado, mientras que “To The Morgue” cierra la suite con Harry despidiéndose de este mundo y el Prog made in Diamond de nuevo en ristre.

Lamentablemente The Spider’s Lullabye no tuvo la gira merecida (apenas si consta algún tema suelto en los directos de la década como “From The Other Side” y el tema homónimo del disco), al año siguiente King Diamond se volvió a reunir con Mercyful Fate para registrar otro gran trabajo (Into The Unknown, 1996), el cual sí tuvo su promoción y gira correspondiente, quedando relegado el disco que nos ocupa casi como una mera anécdota, y para algunos como el que suscribe como una auténtica obra de culto.

Puede que King Diamond durante los 90 no signifique para el Heavy Metal más clásico el revulsivo y anticoagulante que sí supusieron bandas como Blind Guardian, Iced Earth, Gamma Ray o Stratovarius, por citar algún ejemplo, pero si tenemos en cuenta lo que significó durante la década anterior, tanto para el respetable como para dichas bandas, creo que como mínimo se merece tenerlo siempre omnipresente, y si es con trabajos como este grandísimo The Spider’s Lullabye con mayor motivo.

Bubbath

Hellacopters – By The Grace Of God (2002)

Los suecos Kenny, Boba, Strings, Robban y Nick Royale, o lo que es lo mismo, Hellacopters, siguen afincados en la América de los 70, pese a que su patria y la época que les ha tocado vivir disten bastante de ésta. “By The Grace Of God” es su quinto trabajo, y si bien desde “Supershitty To The Max” quedó claro de dónde provenían sus influencias, éstas han ido puliéndose y pasando de un punk-rock garajero y acelerado con claras connotaciones de bandas como MC5, The Stooges, Sex Pistols o Ramones, a un rock melódico archielegante y con nuevas y exquisitas pinceladas de otros grandes como Rolling Stones, Thin Lizzy o Johnny Winter, por citar algún ejemplo.

El plástico, como de costumbre, presenta alguna que otra curiosidad, como es el hecho de tener tres portadas distintas, o mejor dicho, la misma (una nube descargando un rayo, bastante simple por cierto) pero en tres colores diferentes (blanco, rojo y negro –este último sólo en vinilo, claro referente y preferente del grupo-). Grabado a medio camino entre los Polar Studios y el Romarö Studio de Estocolmo, los trece cortes que componen este “By The Grace Of God” no puede decirse que hayan sufrido de mala suerte precisamente.

Si bien el anterior y suculento “High Visibility” declinaba la distorsión de antaño y apostaba por la pulcritud y el acento en la melodía, este “By The Grace…” prosigue la estela de aquél y ralentiza aún más los tiempos, quedando un disco de grandes canciones para escuchar relajado y olvidarte de la rutina. Buenos ejemplos son el que abre, el homónimo “By The Grace Of God”, de guitarras limpias y melodías sureñas, que sólo necesita de una escucha para convertirse en himno, o el rápido “It’s Good But It Just Ain’t Right”, con el que no puedes evitar levantarte del asiento y destripar tu Gibson imaginaria. Tenemos temas de aire melancólico y evocador como “Down On Freestreet” o “Rainy Days Revisited” (exquisitos teclados a cargo del Diamond Dogs Boba Fett), así como cortes marchosos y rockandrolleros como “All New Low”, “Better Than You” o “The Exorcist” (curioso título). “Carry Me Home” es otro de mis favoritos, con un aire muy a lo Thin Lizzy, sobre todo por las melodías de guitarra y las líneas vocales, que recuerdan enseguida a aquellos estribillos con los que deleitaba al personal el bueno de Lynott (¿quién diría que el artífice de esto fue en su día el batería de Entombed? Ver para creer…).

Y no me extiendo más. Sólo me resta añadir que los helicópteros del infierno han hecho otro suculento trabajo, que lo único que tiene que ver con el resto de su discografía es la calidad que atesora, y con el que de seguro van a desmarcarse del resto de Backyard Babies, Turbonegros y Gluecifers. Si te gusta el ROCK en mayúsculas y no tienes prejuicios yo me haría sin tardar con este trabajo, seguro que lo vas a disfrutar. Eso sí, si lo tuyo son exclusivamente los dragones y el alarido porque sí… mejor a otra cosa mariposa. Y yo me pregunto, ¿qué será lo próximo? ¿Chuck Berry? No me extrañaría…

SERIE Z FESTIVAL 2003 – Sábado 30 de agosto de 2003, Feria de Muestras IFECA, Jerez de la Frontera (Cádiz)

El primer plato fuerte, HELLACOPTERS, una de mis razones de peso por las que acudir al festival (junto a Twisted Sister, claro). Lo primero que me llamó la atención -supongo que a mí y a más gente- es que la frescura de los comienzos ha dejado paso a un rol más profesional, algo lógico por otra parte (ahora venden unos cuantos discos más), y lo que antes eran shows de auténtico desenfreno ahora son demostraciones de rock’n’roll con clase, tanto musical como estilísticamente hablando (esas poses estudiadas). El set-list fue claramente a su antojo, sin atender excesivamente al protocolo pero sin dejar de entusiasmar: los recientes “By The Grace Of God” abriendo, las dulces “Down Of Freestreet” y “Carry Me Home” y el marchoso “Better Than You”, el inevitable “Hopeless Case Of A Kid In Denial” con autodedicatoria incluida por parte de Nicke, “Toys And Flavors”“No Song Unheard”, la adrenalínica “Move Right Out Of Here” (eché en falta “The Devil Stole The Beat From The Lord” especialmente), las descomunales “You Are Nothin’”“Soulseller” y la primeriza “(Gotta Get Some Action) Now!” y, como colofón final, un “Search And Destroy” de los Stooges que puso el broche de oro a una actuación quizá demasiado sobria y corta pero soberbia. No me cabe duda, Nicke y su inseparable gorra ya conforman una de las imágenes del rock de última generación.

Bubba

(Publicado originalmente en THE SENTINEL WEB MAG durante el primer lustro de la era 2000)

At The Gates – Slaughter Of The Soul (1995)

Hablar de At The Gates es hacerlo de los verdaderos padres del sonido Gotemburgo, uséase, la evolución lógica y más melódica del Death Metal sueco original, proveniente de bandas de una generación inmediatamente anterior, tales como Entombed, Grave, Unleashed o Dismember.

De las cenizas de bandas como Liers In Wait, Grotesque o Infestation, At the Gates se presentaron al respetable con la demo Gardens Of Grief (1991), grabada en los conocidos estudios Sunlight de Estocolmo y con una gran acogida en el underground de la época, a la que rápidamente siguieron un primer larga duración llamado The Red In The Sky Is Ours (1992), que no registraron (para mal) en los mismos estudios, y que sí hicieron con el siguiente With Fear I Kiss the Burning Darkness (1993), con el que ya se empezaban a desmarcar claramente de sus compatriotas, tanto por imagen (el logotipo inicial de la banda pasó a mejor vida) como por sonido, cada vez más técnico y progresivo. Con Terminal Spirit Disease (1994), camuflado como long-play cuando realmente era un EP con 3 temas en directo de aderezo, darían el salto definitivo, con un sonido ya plenamente actualizado y mucho más presentable en la controvertida década de los noventa, pasando de los estudios Sunlight a los Fredman de Fredrik Nordström, que sin duda dejó su particular sello en el sonido del grupo y vaticinó lo que sería esa obra maestra llamada Slaughter Of The Soul (1995).

De la independiente Peaceville Records pasan a Earache, sello de conocido prestigio en lo que a Metal extremo / industrial se refiere con un catálogo incomparable por aquel entonces (Napalm Death, Carcass, Morbid Angel, Cathedral, Godflesh, etc.), y entre eso, la mencionada puesta al día de la banda en cuanto a sonido y sobre todo una colección de temas incontestable, At The Gates pasa del underground a primera línea en un visto y no visto, gracias todo sea dicho a numerosos samples del sello (aquí en España recuerdo por ejemplo el CD incluido en la revista Rock De Lux o el Scorchio! en cassette distribuido por la revista Metal Hammer, ambos que aún conservo), y también al video-single “Blinded By Fear”, que sin duda lo petó en su momento (con la boca abierta nos quedamos tras los 3 minutos y 12 segundos que dura el tema).

El artwork general tanto de logo como de portada corre a cargo del afamado Kristian Wahlin (Bathory, Emperor, Disseccion, King Diamond, Mercyful Fate… ¿sigo?), y hace olvidar de un plumazo el sinsentido que cubría Terminal Spirit Disease. La banda la conforma toda una alineación de lujo: Tomas ‘Tomba’ Lindberg a las voces, los hermanos Anders y Jonas Björler a la guitarra y bajo respectivamente, el multiusos Adrian Erlandsson a los parches (posteriormente en bandas de reconocido prestigio como Brujería, Cradle Of Filth o Paradise Lost, mismamente), y Martin Larsson a la segunda guitarra, a los que Fredrik Nordström dirige con mano firme y buena batuta, exprimiendo lo mejor de cada uno en no pocas sesiones de grabación (y sin cortes). El sufrimiento valió la pena.

Nada más abrir el libreto te das cuenta de que no vas a escuchar otro disco más de metal extremo con los tópicos de siempre, esas armas automáticas de fondo y esos títulos en los temas denotan un existencialismo poco habitual en bandas de este tipo; nihilismo, ansiedad, miedo, muerte y redención presiden la temática con una naturalidad que asusta, cortesía claro está de Tomas Lindberg, contrastada brutalmente por la música de los hermanos Björler, que efectivamente suena a tiro.

“Blinded By Fear” es la carta de presentación perfecta para el disco: directo, cortante, hiriente y conciso. Lo bueno… ya sabéis. Los ritmos sincopados entre batería y guitarras crean escuela desde el minuto uno, con “Slaughter Of The Soul” a la cabeza (que se lo digan a los propios In Flames), la cual sintetiza muy bien el negror del disco letrísticamente hablando. “Cold” sigue la tónica y la temática del anterior (“22 years of pain… only the dead are smiling…”, ¡esa juventud alegre!), con el maestro Andy LaRocque como guitarrista invitado por si fuera poco con el tema, y la mastodóntica “Under A Serpent Sun” nos deleita con una colección de riffs decadentes que quitan el hipo y congelan el ambiente. La instrumental “Into The Dead Sky” cierra la cara A al compás de arpegios agridulces prototípicamente escandinavos, y la cara que se te queda en la primera escucha es de haber sido arrollado por el AVE a velocidad punta.

La cara B puede parecer un bajón a simple vista (la colección de himnos de la otra cara no resiste comparación, y quizá en ese sentido podrían haber repartido mejor las cartas), pero mejor tomárselo como una única pista: “Suicide Nation” prosigue con la temática nihilista, esta vez de forma totalmente explícita (que se note que Suecia va en suicidios a la cabeza), mientras que “World Of Lies”, “Unto Others” y “Nausea” parecen una, con Lindberg escupiendo lo que piensa de este bendito mundo. “Need” y la instrumental “The Flames Of The End” parecen un guiño a sus compatriotas In Flames y Tiamat, respectivamente, con los que compartieron charlas musicales y cervezas en los primeros días, y de esta forma se cierra el disco, con un minutaje total de 34:15, algo así como una puesta al día de Reign In Blood o Master Of Puppets en formato futurista.

Lamentablemente Slaugher Of The Soul no tuvo continuación, los excesos propios de juventud, la quemazón de la propia gira y el conflicto de intereses entre los miembros de la banda dio al traste con el proyecto mucho antes de lo deseado y esperado, tanto por fans como por el propio grupo, pero como no hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo resista, tras varios proyectos posteriores y que aún tienen continuidad (The Haunted, Disfear), la banda se reunió con la formación del disco que nos ocupa en 2007, dejando de nuevo grandes trabajos como At War with Reality (2014) o el más reciente To Drink from the Night Itself (2018), con la misma calidad pero siempre a la sombra de lo que significó la obra capital de la banda y que es objeto de esta reseña. Si a día de hoy aún no te la has echado a la oreja no sé a qué cojones esperas.

Bubbath

MADRID IS THE DARK FESTIVAL – Sala But (Madrid), sábado 7 de diciembre de 2019

La multitarea tiene un límite y ese es el que tocó trazar para renunciar a los franceses ALCEST, quienes se encuentran en momento de gracia con un “Spiritual instinct” altamente recomendable. Habrá ocasión de saldar la deuda.

In The Woods…

Reencontrarse con una banda al cabo de un cuarto de siglo no suele pasar del mero flashback sin poso, pero la hora de actuación de IN THE WOODS… fue más que satisfactoria. Sólidos de principio a fin, los noruegos (o, mejor dicho, lo que resta de ellos), con el británico James Fogarty al frente, hicieron gala de su peculiar black atmosférico de temas extensos con giros folkies y progresivos. Fogarty estuvo impecable a las voces, sobre todo en el arranque, y muy distendido en las presentaciones con ese castellano gibraltareño. Contrastaban las formas más toscas de Bernt Sorensen con las poses de guitar-hero de Karé André Sletteberg, aunque en realidad ambos sean incorporaciones postreras con tan sólo el último “Cease the day” de 2018 en su haber. De hecho, es el batería Anders Kobro el único superviviente de “Heart of the ages”, del cual cayeron la homónima y la que da nombre al combo. Lo dicho: muy buen bolo y mejor guinda al recuerdo que acompaña al promo CD que acabó en mis manos cortesía del mítico Crawl’zine.

The Gathering

A riesgo de sufrir un linchamiento por parte del sector incondicional que arropó cada estrofa de los holandeses, THE GATHERING resultaron decepcionantes. Esperaba que me despertaran un mínimo de curiosidad por indagar en su ya extensa discografía, pero da la sensación de que han quedado en tierra de nadie. Faltos de melodías rematadas, no hay fórmula reconocible que fusione pop/rock y prog en su justa medida y con un estilo único como han sabido crear ANATHEMA o STEVEN WILSON. Más allá de las comparaciones con la etapa de Anneke, la cantante noruega Silje Wergeland es más que solvente, aunque peque de exceso de control y cierta frialdad. La intentona floydiana de “I can see four miles” convirtió la despedida épica pretendida en un empacho interminable de theremin a cargo de René Rutten. Me quedo con “Saturnine”, donde cuajaron un destello fugaz de inspiración, y el guiño nostálgico de “Eléanor” para quienes nos apeamos (quizás a tiempo) en “Mandylion”.

Nick Holmes (Paradise Lost)

Aquellos que optasen por acercarse a ver a PARADISE LOST con afán completista o regresivo saldrían probablemente decepcionados: ni los unos tacharon la casilla pendiente ni los otros evocaron su adolescencia extrema noventera (esa camiseta descolorida de “Gothic” rescatada del fondo del cajón…) con convicción. El tour de “Medusa” data de dos años atrás y la banda se encuentra haciendo fechas sueltas. Ésta, de hecho, estaba separada de la previa por tres meses de distancia y esa falta de rodaje causó pequeños estragos, principalmente en los guturales de Nick Holmes, menos favorecidos en “From the gallows“ y “Blood and chaos“ que en la presentación del disco en esta misma sala But. Pese a todo y añoranzas particulares a Akerfeldt a un lado, sus escarceos con BLOODBATH y los experimentos de Mackintosh en VALLENFYRE han supuesto un bálsamo para la cosecha reciente de los británicos. Además de la propia “Medusa” que completó el trío más actual, no dudaron en alimentar el set con otros tres cortes del penúltimo “The plague within”, donde brillaron con diferencia “Beneath broken Earth”, que aguanta el cara a cara con cualquier retazo doom de su catálogo primerizo, y “No hope in sight”, simplemente magistral. De la etapa pre-“Icon” sólo recuperaron “As I die”, además tocada por puro compromiso de guion sin disimulo alguno (Nick avisa y no traiciona). A “Embers fire” le llevan bajando una marcha a conciencia desde hace un tiempo y gana en intensidad (algunos perdimos la voz aquí por enésima vez; no es para menos). Por su parte, la selección de “Draconian times” formada por “Enchantment”, con la que abrieron la descarga, “Hallowed land” y “The last time”, que sirvió de cierre, es apuesta segura, aunque insuficiente para quien acude a verlos de primeras. En su lugar, “Faith divides us – death unites us” ocupa titularidad indiscutible con merecimiento y rota a “Forever failure”, “Once solemn” o “Shadowkings”.  

Gregor Mackintosh (Paradise Lost)

El modo amistoso, tanto en sentido literal como figurado, en el que compareció el quinteto permitió conceder algún fallo técnico (Aedy se quedó sin sonido durante tema y medio, con el consiguiente cachondeo hacia el roadie de turno) y varias salidas de tono de un Holmes en modo jocoso (invocando a la bruma del Norte de Inglaterra y al montaje de los shows de Michael Jackson cuando llenaron de humo el escenario). Mackintosh no perdió la sobriedad un solo instante y es un privilegio presenciar sus punteos característicos a apenas unos palmos. De todos modos, ciertas cuestiones de imagen se le están yendo de las manos; esa combinación melena mohicana-chaleco de cuero-guitarra de flecha lo emparenta con Armando más que el propio Carlos, con quien Edmondson también comparte silueta (otra gira y tenemos a los De Castro tocando “True belief”).

El aire desenfadado que se respiró en “Say just words” o el dúo de “Symbol of life”, “Isolate“ y “Erased“, donde la filosofía de las canciones choca frontalmente con la efusividad generalizada de verbena que las siguió, resumiría a la perfección el concierto: un encuentro para disfrutar sin pretensiones, más propio de un tweet de Holmes que de las letras que escribe.

J. A. Puerta

DREAM THEATER – Wizink Center (Madrid), viernes 31 de enero de 2020

Los calentones son como son, y cuando anunciaron los de Long Island que en el repertorio de su nueva gira iban a incluir en su totalidad el “Scenes From A Memory” le di sin dudarlo al botón de comprar en el Ticketmaster, estafándote y jodiéndote las colecciones de entradas de bolos desde tiempos inmemoriales.

Mi historia con este disco no fue “un amor a primera vista”, ya que en su día no le hice mucho caso que digamos, supongo que por el apilaje de escuchar otros grupos, propuestas y falsedades varias que tendría en su día, bueno, que ahora también tengo el mismo problema, qué cojones. Hasta que no me pillé el directo oficial que se editó por el 2001 no me adentré y enganché en la historia de Nicholas.

Otro aliciente era ver en acción a los parches a Mike Mangini, cuya incorporación fue en el 2009 como todos sabemos. Yo desde la gira del “Octavarium” no he tenido el gusto de ver a los Theater y fue con Portnoy, Lorca del 2005, ha llovido un poco, que tenía curiosidad de ver a Mike en vivo y en directo.

Llegué a los aledaños del Wizink sin ningún contratiempo relevante, y después de su correspondiente refrigerio, degustación de torreznos y otras viandas varias de la capital del reino, me incorporé a una ya considerable cola; una vez dentro me fui raudo al puesto de mercha a ver si había alguna camisetilla por si me apañaba, y respuesta incorrecta, además que te soplaban 35 leuros, que pasé de pillarme y dinero ahorrado.

Un poco más de las 20:30 empezaron a venir Petrucci, que se colocó por la derecha, zona por donde yo estaba, Myung izquierda, a su mismo lado un poco más arriba Rudess y fondo en el centro Mangini, y Labrie protagonizando la parte central del escenario. El show abrió con la instrumental “Atlas” del compositor noruego Thomas Jacob Bergersen, que compone bajo el sello Two Steps From Hell temas para trailers para películas.

No voy a desgranar tema por tema ya que en toda esta gira aniversario del Scenes no ha variado mucho con respecto a conciertos de otros lugares. Salvo en Barcelona tocaron “Paralysed” en vez de “Fall Into The Light”. En pocas palabras, el concierto se dividió en dos sets, uno de una selección temas de su última obra “Distance Over Time”, más dos temas de otros discos que se cuelan de rondón como “A Nightmare To Remember” y “In The Presence Of The Enemies Part 1”, un descanso de un cuarto de hora y después el plato fuerte el Scenes de pe a pa, terminando con “At The Wit´s End” de su nuevo álbum.

Apreciaciones sobre lo que vi el viernes pasado:

– Mangini: Las comparaciones con Portnoy son evidentes, pero la integración con el grupo es total y parece que haya tocado toda la vida con ellos desde su disco debut. Me llamó la atención cómo tenía colocado el kit de batería, donde arriba tenía todos los platos y bongos, donde más de una vez le veía con los brazos más arriba que abajo. Me pareció un poco curiosa su forma de tocar, pero eso no afectaba en su velocidad era un auténtico pulpo. Sólo decir que ha ganado 5 veces el premio al baterista más rápido del mundo. Sólo le veo un pero, y es que no contribuye en las voces de apoyo como hacía Mike Portnoy, que en algunas partes del set del Scenes se notaron, pero que no fue algo muy relevante.

– Portnoy: Con Mangini ya super consolidado en el grupo no veo una vuelta a Dream Theater a largo o corto plazo, pero gracias a que es un hombre inquieto y no para de hacer cosas, a destacar su flamante super grupo Sons of Apollo, ha sacado dos discos bastante majos, y si no le parecía poco ha unido otra vez fuerzas con los hermanos Morse con los Flyng Colours y han sacado “Third Degree”. Qué mejor que se quede donde está y todos contentos.

– LaBrie: Al no tener a Portnoy a las voces de apoyo sólo le echa un pequeño cable Petrucci, James es el que toma total protagonismo en las voces, los que conocemos a LaBrie sabemos de su validez y en el concierto cumplió con creces y lo hizo cojonudo.

– Set-list del concierto: Aunque el protagonista principal del bolo era escuchar el “Scenes” de arriba a abajo, la primera parte del concierto sonó de muerte, ver a Dream Theater es ver el circo del sol de la música. Unos globetrotters de los instrumentos. Más fríos que el hielo, Myung es una versión supervitaminada y mineralizada de Ian Hill. Haría una apuesta a ver quién de los dos se mueve menos en el escenario. Pero los que vamos a ver a Dream Theater sabemos a lo que vamos, imágenes y notas.

Nota y opinión: Experimentar en directo barbaridades como “The Dance Of Eternity” que me puso los pelos como escarpias y casi 3 horas de apabullante virtuosismo hace que mi nota sea altísima y un show para recordar. Sobresaliente.

Saints In Hell