GHOST + ALL THEM WITCHES + TRIBULATION – Sant Jordi Club (Barcelona), domingo 8 de diciembre de 2019

Bien por TRIBULATION y mal por la organización, lo ideal hubiera sido invertir el orden con ALL THEM WITCHES y abrir la jornada estos últimos, tanto por estilo como por entrega y repercusión de ambas bandas. Fue un auténtico despropósito arrancar a golpe de frenético Black’n’Roll para, acto seguido, volver a la tranquilidad del Prog Rock de los segundos, si lo que se pretendía era crear un efecto montaña rusa para amenizar (aún más) la velada doy fe de que se consiguió, pero con evidentes connotaciones negativas en este caso.

Por cierto, los suecos Tribulation no han inventado nada nuevo, su estilo se nutre básicamente de Heavy Metal y Black Metal, pero sus trabajos más recientes (The Children Of The Night, 2015 y Down Below, 2018) y su puesta en escena despuntan por encima de la media, lo cual ya vale de por sí tener muy presente al combo escandinavo. Los americanos All Them Witches sin embargo jugaban muy fuera de casa, con la mitad de repercusión que sus teloneros y con una propuesta musical quizá un tanto alejada de la private party que la mayoría veníamos a presenciar, si bien la ejecución fue perfecta y el sonido los acompañó (de lo contrario no quiero pensar qué suerte les habría deparado). Lo mejor de su actuación: la intro, “War Pigs”. Quizá en otra ocasión, en otras condiciones.

A GHOST los daba ya en el Palau Sant Jordi cuales Metallica en la gira del Black Album, máxime cuando ya se atrevieron con todo un Wizink Center en la anterior gira (y que llenaron aproximadamente un cuarto, si llegó), quizá el bueno de Tobias ha visto la realidad y está aguardando a editar su “Enter Sandman” particular para dar el paso definitivo a las plazas que ahora mismo pueblan Rosalías y demás fauna top-ventas.

En cualquiera de los casos el show de la banda es ya a todas luces de big arena, atrás quedan las giras de teloneros de (con permiso del capricho de abrir para Metallica) con lo justo y necesario encima del escenario, y eso que apenas si hace 10 años de su debut Opus Eponymous (2010), todo un récord de aceleración en lo que al estrellato musical se refiere. Ansioso me hallo por presenciar su siguiente paso, tanto a nivel discográfico como de su plasmación en gira.

A estas alturas de la película no hay medias tintas con la banda, o los amas (o lo harás, porque entre medias no se queda nadie) o los odias, como sucediera con Gigatron en su día, salvando muy mucho las distancias. El repertorio del grupo a día de hoy es incontestable (representación de todos los discos, sin excepción), el derroche de medios sobre la tarima es más que evidente (escenario hiper-decorado, explosiones, confeti a capazos…), algo que parecieron no entender los componentes del primer Mark de la banda (sin inversión no hay diversión, aunque sea a medio-largo plazo), y la entrega de Emeritus-Copia-Forge y sus Nameless es digna de mención, con un show estudiado para no perder el hilo de la actuación en ningún momento. Si tuviera que ponerle algún pero al show actual sería el exceso de humor surrealista por momentos, con discursitos hilarantes de Tobi o incluso ‘peleítas’ entre los nameless en escena, pero supongo que todo forma parte del mismo juego: acaparar tu atención.

Tampoco nos engañemos, Ghost no es un grupo de virtuosos musicales, ni creo que lo pretendan; su función en la escena musical es retomar lo que toda una generación anterior está venida a delegar por mera edad, llámense KISS, AC/DC o los propios Metallica: llenar estadios a golpe de himno, sin florituras propias de maestros del progresivo pero sin caer en el recurso fácil del single de despacho. Ahí están los discos y sus letras repletos de guiños y recovecos para corroborarlo (si buscas seguro que encuentras), incluso en el propio directo puedes apreciar la condición de fan que sigue teniendo el grupo, y más concretamente su mentor. ¿A qué obedece si no que siga habiendo una Tama Starclassic como la de Lars montada en el escenario o se utilicen modelos de guitarra eléctrica calcados a la Ibanez de Paul Stanley independientemente de quién los utilice? Pues eso.

Dicho esto, y a pesar de no contar con individualidades especialmente destacables, decir que el conjunto musical que conforma la banda es sobresaliente, cada elemento cumple su función a la perfección, desde el empaque de la batería del nameless drummer hasta el solo de saxo del Papa Nihil en “Miasma”, pasando por la conjunción de guitarras, la contundencia del bajo y la propia voz de Tobias, que a pesar de no destacar en nada ha ido mejorando poco a poco hasta conseguir la profundidad que los temas necesitan. La distribución de éstos no es aleatoria, está calculada al milímetro, distribuyendo singles como “Rats”, “Mary On A Cross”, “Cirice”, “Spirit”, “He Is” o el final-pack con “Kiss The Go-Goat”, “Dance Macabre” y “Square Hammer” de manera inteligente, y entre medias entra el resto de himnos, que conforman un repertorio simplemente espectacular:

Ashes

Rats

Absolution

Faith

Mary On A Cross

Devil Church (duelos de guitarra)

Cirice

Miasma

Ghuleh/Zombie Queen

Helvetesfönster

Spirit

From the Pinnacle To The Pit

Ritual

Satan Prayer

Year Zero

Spöksonat

He Is

Mummy Dust

Kiss the Go-Goat

Dance Macabre

Square Hammer

Set infalible (me consta que viene siendo el mismo en toda la gira), como ya digo abarcando toda la escueta pero ya prolífica discografía del grupo, sonido impecable, espectáculo superlativo y ejecución más que notable, poco más se le puede pedir a un concierto de estas características, a un precio incluso razonable para los que se manejan en la actualidad, dicho sea de paso. Si todavía estás a tiempo de acudir a la segunda cita peninsular yo no me lo pensaría dos veces, quizá en la próxima gira, si todo sigue el plan previsto, ya no sea lo mismo.

Bubbath

LOS BARONES – Iberia Festival VII, Auditorio Julio Iglesias (Benidorm)

El Oportunista de Leño, Desertores del Rock de los propios Barón Rojo… muchos temas resuenan en nuestra mente cuando se trata de José Luis Campuzano Sherpa y su inseparable Hermes Calabria tras los parches, pero no siempre las circunstancias son las mismas, y como decían otros grandes como Asia o Mike Oldfield, Only Time Will Tell.

El Tiempo, el cual Se Escapa, como también decía aquella copla, parece haber dictado sentencia, y hoy por hoy parece bastante más favorable a la formación que nos ocupa que a la que acabó trillando tanto el nombre de Barón Rojo como al público que le seguía, sin dejar reposar en ningún momento el regusto conseguido y con los peligros sobrevenidos que ello conlleva, véase empacho en el respetable y agotamiento físico y mental en las personas que portaban la marca y que acabaron prácticamente a rastras.

Con todo y con eso hay que ser justos en cada momento de la Historia; mientras Sherpa y Hermes se tomaban un ‘merecido descanso’ después de pinchazos como No Va Más (1988) y Obstinato (1989), los hermanos de Castro mantenían viva la llama con dignos trabajos como Desafío (1992) o Arma Secreta (1997), amén de conciertazos durante la década de los 90 y los primeros 2000, los cuales tuvimos el placer de presenciar y disfrutar al máximo, sin duda el punto fuerte de la banda en aquellos momentos.

A partir de entonces, la historia irá mutando del reinado en solitario de los de Castro Bros durante el periodo mencionado a la irrupción de Sherpa de nuevo en el ‘candelabro’ (Guerrero en el Desierto, 2004), y mientras unos se iban dejando por el camino los pocos restos de gasolina, otros iban ganando terreno poco a poco, hasta conseguir la tan ansiada reunión de la formación original de Barón Rojo a finales de la década, con agridulces actuaciones como la del Metalway de Zaragoza (2009) o la que podía haber sido su actuación definitiva en La Riviera de Madrid (2010), y que se quedó en un emotivo intento con sabor a ruptura definitiva. Doy fe.

La década que nos ocupa y que dentro de poco tocará a su fin no hizo otra cosa que acabar de lapidar a la marca ‘Barón Rojo’, esto es, el que acabó siendo el negocio familiar de los de Castro, ya sin propuestas discográficas convincentes (Tommy Barón, 2012) y, lo que es peor, el grupo haciendo aguas en directo y con la voz de Carlos rota por completo. Triste final, vive Dios.

Y aquí vuelve a jugar sus cartas de nuevo el viejo zorro de Sherpa, sin duda mucho menos castigado que sus antiguos compañeros de fatigas (no así el bueno de Hermes, al que el tiempo parece haberle pasado la dolorosa), con la voz en buena forma y con su verborrea de siempre. Ya sea como Sherpa o Los Barones (tanto monta…), es obvio que el show se ha nutrido desde un primer momento del material de Barón Rojo (otra cosa sería de tontos), pero a estas alturas está infinitamente mejor defendido que en los últimos 10 años de los de Castro, y la lírica de las letras de Carolina Cortés en la voz de Sherpa no tiene nada que ver con los graznidos de la última época de Carlos de Castro, disculpen la expresión (pero sintiéndolo mucho así es).

“Barón Rojo”, “Son Como Hormigas”, “Resistiré”, “Concierto Para Ellos”, “Siempre Estás Allí”, “El Malo”, “Breakthoven”, “Cuerdas de Acero” (los de Castro también descargaron temas de Sherpa y Carolina, descuiden), el inédito “No Ver, No Hablar, No Oír” o el apoteósico “Hijos de Caín” suenan de lujo, sin un apreciable sufrimiento ni en el músico ni en el público, y habida cuenta de la edad de media banda es de por sí todo un logro. Completan la formación a las seis cuerdas los jóvenes Marcelo Valdés y Sergio Rivas, que disfrutan como pez el agua, sin duda bastante más que los últimos mercenarios que militaron en las filas de Barón Rojo.

Sherpa está comedido esta noche con los chistes; escupe un par de veces con elegancia por un lateral de la comisura del labio y acierta en toda la jeta a los de Castro, correcto como siempre con su Rickenbacker, sin alardes pero sonando compacto (recordemos que también canta), y dando las notas en su sitio, estirando lo justo pero en los momentos adecuados. Hermes apenas si se puede poner en pie, y sin embargo se permite cañonazos como “Breakthoven” o la doble pedalada de “Resistiré”, con ese feeling jazzístico tan característico suyo escuela Downey y dotando a los temas de ese sonido prog tan personal.

Actuación de notable alto, con un sonido que quizá pecó únicamente de falta de volumen por momentos (por eso nos arrimamos tanto), amén del acotado set-list festivalero, con una banda seria y muy solvente, disfrutando y haciendo disfrutar al auditorio, que nos desgañitamos a voz en grito en todos y cada uno de los himnos que tuvieron a bien repasar.

Ahora sólo resta esperar que esta formación no cometa los mismos errores de sobre-exposición que su competidora y, quién sabe, quizá algún día destruyan lo oscuro que hay en ellos y se vuelvan a juntar… como Los Barones, Barón Rojo, Los Aurones o Ali-baba y los 40 criminales.

La velada prosiguió con el Rock de altos octanos de Los Zigarros (brutales), los Cantajuegos de Mägo de Oz y el festival remember de Trogloditas, pero eso, amigos, es otra historia. Haber ido.

Bubbath

KEN HENSLEY & LIVE FIRE – Sala Brew Rock (El Albir), jueves 19 de septiembre de 2019

Poco importa el cómo y el porqué, siempre es un placer y un privilegio poder volver a ver en directo a un mito viviente como Ken Hensley, a sus 74 castañas bien podría haber decidido no volver a salir de su retiro en la alicantina localidad de Agost, pero ahí lo tenemos descargando clásicos atemporales como si no hubiera ayer ni mañana. Mis respetos.

Aunque el cartel anunciara Vladimir Emelin Invites, la entrada para la gente de a pie como el chache costaba 25 eurales del ala, imagino que a los invitados al cumple del ruski les salió más barata la cosa. Música lounge & dance de fondo, guiris bailando con pinta de no saber muy bien qué hacían allí y un escaso número de forajidos (hail René, Raúl, Saints and Rober) deseando que aquello empezara cuanto antes.

Además de Hensley, la banda la conforman Roberto Tiranti (bajo / voz), Ken Ingwersen (guitarra) y Tom Arne Fossheim (batería), que conjuntamente han formado como power-trío en Wonderworld (Tiranti por su parte formó en los italianos Labyrinth al micro durante años), y que de la mano de Hensley adoptan en este formato el nombre de LIVE FIRE, que a su vez distingue a esta formación de los shows que ofrece Ken en solitario, en los que imagino se acompañará de los músicos que más a mano tenga en ese momento, como fue el caso de la vez anterior que lo presenciamos (sala Abraxas, 2005). Por cierto, bandaza.

Tiranti cumple a la perfección con su doble labor de cantante-bajista cual Geddy Lee, muy armónico en ambas facetas, Ingwersen por su parte es un guitarrista muy competente, lo suficientemente técnico y sin enguarrar, y Fossheim aporrea que da gusto con la zurda, aunque esta noche apenas si le dejaron el espacio justo para ejecutar, aunque igualmente lo hizo con solvencia; mención aparte merece Hensley, a su edad ya sería suficiente con subir el escalón del escenario, pero además de eso, toca el Hammond con la misma pasión y efectividad de siempre, y aunque ya no entona con la calidad de antaño (estaría bueno), reservándose para él las coplas justas y necesarias, sigue dando las notas y cumpliendo como el buen profesional que es.

El set-list es bastante escueto pero condensado, no se andan por las ramas ni se molestan en irse para volver en los típicos bises (Hensley preguntó si queríamos más, directamente), y el sonido fue desde el primer momento cristalino y a gran volumen, es lo que tiene hacer tu propio show en sala y con las condiciones mínimas de calidad (ecualizar, probar sonido…), aunque a la postre se jodiera un monitor que se encontraba a la altura del guitarra (gajes del oficio), lo cual tampoco supuso problema alguno ni penalizó el resultado final del conjunto.

Por poder, podían haber sonado temas de mil épocas e incluso bandas (no estaría de más que el tío Ken se rescatara alguna copla de aquel “Siogo” de Blackfoot), pero al final deben sonar y suenan “Stealin’”, “Look At Yourself”, “Easy Livin’” y las majestuosas “The Wizard” y “Lady In Black” (las más coreadas), amén de otras menos esperadas y por ende mejor recibidas como “Circle Of Hands”, “July Morning” o el tremendo “Gypsy” (en los bises), con un Hensley visiblemente emocionado y un respetable pasándoselo en grande. En momentos como estos se justifican tantas horas y horas de nuestras vidas descubriendo grupos y apilando discos, una herencia vital que sólo se consuma en la comunión entre público y grupo, y que la gente que no pasa del reproductor y del sofá jamás podrá apreciar en su plenitud, por mucho que se acerque. A todos ellos, y esta noche más que nunca, ¡haber venido!

Bubbath

ALICE COOPER + BLACK STONE CHERRY – Palacio Vistalegre (Madrid), sábado 7 de septiembre de 2019

Black Stone Cherry

Los de Kentucky están abonados a las páginas de la Classic Rock británica y es justo en Reino Unido donde han cultivado una base importante de fans, engrosando el cartel del escenario principal del Download o encabezando gira de pabellones (arenas que dirían ahora). No es tampoco casualidad que editaran un directo en Birmingham, “Thank you: Livin’ live…”, absolutamente recomendable como carta de presentación. Todo esto viene a cuento de que ni llevan dos días en el negocio de la música ni necesitan sudar sangre en tierra hostil y calidad de relleno, pero los tipos se dejaron la piel de principio a fin, luchando contra la mínima curiosidad general y las pésimas condiciones acústicas de Vistalegre. “In my blood” o “White trash millionaire” sonaron impecables y, por muchas raíces de rock clásico de las que se empapen, me siguen recordando a unos Nickelback respetables con capa paternal de Pearl Jam (estribillo de la primera para quien se precie). Con la emotiva “Family tree” se despidieron con el visto bueno general y los niveles de curiosidad ahora en alza.

J. A. Puerta

Admiración y respeto, es lo que el 100% del público congregado en el Palacio de Vistalegre sentimos al ver a toda una leyenda dando lecciones de cómo debe ser un concierto de ROCK.

Y es que esa salida de Alice Cooper con “Feed My Frankenstein”, bastón de mando en mano y subiéndose a la plataforma que había delante del escenario, para elevar más aún si cabe su figura a sus 71 años, está al alcance de pocos, muy pocos, me pongo a pensar y no lleno los dedos de una mano. Fue la comunión perfecta entre canciones con más de 40 años de diferencia como los tienen el clasicazo “I’m Eighteen” (1971) y “Fallen in Love” (2017), esta última con un Alice Cooper demostrando que es tan bueno manejando la armónica como su bastón. Un setlist muy bien compensado dio todo un repaso a su amplia carrera, donde no pueden fallar temas como “Billion Dollar Babies”, “No More Mr. Nice Guy”, “Under My Wheels”, “Teenage Frankenstein” y, cómo no, su gran hit “Poison”, que guste o no puso a Vistalegre patas arriba, o el final con “School’s Out”, con un fragmento hecho suyo del “Another Brick in the Wall” en la parte central de la canción que ya viví en W:O:A 2017.

Aun así, hubo momentos de grandes sorpresas para el que escribe estas líneas; ese medley raro de la banda con “Devil`s Food” y “Black Widow” fue algo que no esperaba, como tampoco esperaba la interpretación, y cuando digo interpretación quiero decir INTERPRETACIÓN, en el grandioso tema que tiene por nombre “Steven”, como tampoco esperaba la heavylona “Bed of Nails” ni “Dead Babies”. Así que todo eso que me llevo.

Además, a todo lo escrito anteriormente hay que añadir su parte teatral y de parafernalia en un escenario que simulaba un castillo, ese Frankenstein saliendo con el concierto recién empezado, bebés gigantes, el momento de la decapitación de Alice Cooper con la guillotina, camisa de fuerza, enfermera y novia sangrienta, catapulta tirando billetes, etc, etc, etc.

Alice eclipsa a su propia banda, esto es así y debe ser así. Aun así, la banda no está coja, y destaca de una manera muy brillante la guitarrista Nita Strauss, la cual tiene un momento de lucimiento en un solo justo después del “Poison”; el público le dedicó una sonora ovación cuando fue presentada por Alice Cooper, ovación que estuvo muy por encima de la del resto de la banda.

Tenía ciertas dudas de cómo sería el sonido en Vistalegre, ya que era mi primera visita y había leído de todo en varios conciertos, pues bien, aquí el sonido fue muy bueno, al menos desde el sector de la grada donde estaba ubicado, que era prácticamente en frente del escenario. Aunque hubo mucha gente, Vistalegre no se llenó, la organización tuvo a bien colocar un par de telones negros cubriendo y acotando las zonas vacías para que la gente no se “dispersase” y crear un efecto de “casi lleno”.

Por último, quiero agradecer a Alice Cooper el ser la fuente de la que han bebido mis grupos de cabecera, sin él, el Rock y concretamente el Heavy Metal hubiera estado muy vacío. ¡Que nos dure!

Laguless

THE CULT – Sala Riviera (Madrid), miércoles 21 de Agosto de 2019

El anuncio del concierto en la capital en las semanas previas fue como maná caído del cielo para sobrellevar la reciente orfandad de vacaciones. Bajar a tirar la basura un miércoles estival y plantarte en apenas media hora y sin tráfico en los aledaños de la Riviera es un privilegio. Como tener a The Cult en el vestíbulo de casa, ante una sala abarrotada cual lata de sardinas (agotaron localidades horas antes) y con el añadido de una acústica nítida y potente (ésta no es la Riviera que yo conocía).

Quince minutos sobre la hora salía de los altavoces “Angel” de Massive Attack y, acto seguido, empezaba el espectáculo. Con una puesta en escena espartana, “Sun king” sirvió de calentamiento y resultó más desangelada de lo previsto. Astbury bajó las revoluciones de la canción a conciencia y salió comedido para no quemar naves, algo que agradeceríamos más adelante. A estas alturas a nadie se le escapa que la garganta del cantante es como una escopeta de feria: jamás acierta la diana, a lo sumo la roza si toca noche buena; y eso fue lo que ocurrió. Que es incapaz de hilvanar tres estrofas sin tomar oxígeno no es novedad, pero se notó que venía fresco (un mes de descanso de por medio) y que lleva la lección aprendida (… por viejo que por diablo). Clavó los tonos graves con gran intensidad y supo dosificar convenientemente las subidas hasta el punto de que había que frotarse los oídos en “The phoenix” y “She sells sanctuary” para creerse lo que estábamos presenciando. Por otro lado, quedó atestiguado lo que ya sabíamos: que Billy Duffy es el rock personificado y que a John Tempesta le sobra una extremidad para tocar el cancionero de los británicos. El grupo sonó absolutamente sólido y compacto, de diez.

El set siguió al dedillo el guión de la gira americana y la cita vitoriana en el Azkena. No hay duda de que la excusa del enésimo aniversario de “Sonic temple” vende, pero nuestro reclamo se alimentaba de “New York City”, “American horse”, “Automatic blues” y “Soul asylum”. Con gusto hubiese canjeado “Nico”, “The saint” o “Speed of light” (en resumidas cuentas, cualquiera de “Beyond good and evil”) o un simple guiño a alguna de sus tres últimas obras por otras tantas trilladas, aunque las circunstancias mandaban y ni ellos mismos están por encima de su legado. Regresando a la tanda de “Beyond…”, la fija “Rise” levantó los ánimos del quinteto y de parte de la pista y “American gothic”, la flor de loto de esta tournée, vio cómo Astbury naufragaba en su estribillo y entraba en modo Danzig por segundos. A partir de ese punto, “Spiritwalker” y un bloque final comandado por “Love” y “Electric” convirtió el bolo en una auténtica fiesta. Ante “Wild flower”, “Rain” y “Love removal machine” sucumbimos al unísono sin rechistar, saltando, levantando puños al aire y berreando como si nos fuese la vida en ello.

Duffy se despedía por uno de los micros y recibía la debida pleitesía, mientras Astbury nos miraba a los ojos ya sin gafas de sol, riéndose de su propio protocolo de rock star. Lo de soportar hora y media de show en pleno agosto sudando la gota gorda con las gafas puestas y una cazadora bomber bien apretada (muy Calamaro-Bunbury, ¿o era al revés?) pareció una promesa de costalero trianero. A base de bailes, jugueteos constantes con el pie de micro y acrobacias varias con la pandereta dignas del Circo del Sol nos acabó magnetizando igualmente. Al fin y al cabo, le sigue rodeando ese aura especial que siempre le ha acompañado, aun en tiempos peores. Acudiendo a su cosecha, sería algo así: ‘We are gathered here in a sacred place / Ceremony / Rock’n’roll music got you good, now children’. ¡Larga vida a Zandig!

J. A. Puerta

LEYENDAS DEL ROCK 2019 – Polideportivo municipal de Villena (Alicante), sábado 10 de agosto de 2019

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La decimocuarta edición del Leyendas ha pasado por ser una de las más flojas (por no decir mediocre) de los últimos tiempos. Si ya con el cartel completo viendo todos los logos de las bandas al móntón quedaba la incómoda sensación de cojera, fue poner el petardo en el zurullo y difuminarse por completo las ganas de acudir a todo el festival. Con una primera jornada de miércoles repleta de repetidores, un jueves con unos requete-reformados ‘Thin Lizzy’ que si acaso son dignos de rellenar más que de encabezar (Scott Travis ya es demasié pal cuerpé, hasta para los fans de Judas Priest y Thin Lizzy) y unos Airbourne el viernes que ni fu ni fa, el sorteo tocó en sábado, jornada que aprovecharíamos para quitarnos un par de asignaturas pendientes (Metal Church, Deicide), repasar otras (Candlemass, Rata Blanca) y ver de paso lo que se nos cruzó por el camino.

 

Después de trastearnos unos pinchos y unas jarras de cebada en la otra punta de Villena, desde la que nos trasladó al Festi en su coche particular una gitana de nombre Conchi, que se compadeció de los presentes y tuvo a bien acercarnos con la compra recién hecha (aún queda gente buena en el Mundo, damas y caballeros), accedíamos al recinto con los gélidos Saratoga enfriando el bochorno de esas horas. Lejos quedan ya los tiempos rockeros de Fortu en la banda, los de Gabi Boente e incluso los primeros pasos de Leo en la formación (“Vientos de Guerra” me sigue pareciendo un discazo), tantas idas y venidas les han pasado factura, y a día de hoy ya me interesan más bien poco. A ver si a Jero le da por reunirse con miembros de Santa o de Ñu y nos regala algún concierto realmente ‘legendario’, porque lo de Saratoga no creo que dé para mucho más y ya se le está pasando la rosca.

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Lo de Metal Church fue pura racanería, lo tengo claro. Tenían los medios, un repertorio que (si se te antoja) quita er sentío y a un Mike Howe en estado de gracia, llegando a las notas más altas, pero se anduvieron por las ramas y aburrieron por momentos. Que no se me malinterprete, tocaron a un alto nivel y los temas interpretados no hubieran sobrado en su gira, pero esto era un festival, y con un timing tan acotado es mejor no especular. De la era Wayne apenas si sonaron unos tímidos “Beyond The Black” y “Start The Fire”, que si bien se agradecieron parece que toquen por obligación, centrándose básicamente en la época Howe, con cosas imprescindibles como “Badlands” o “Fake Healer”, esta última ya en los bises, y con un montón de cosas en el durante que me sobraron y donde tampoco voy a reparar. Mucho instrumental, las rítmicas de Vanderhoof comiéndose los solos (¿conscientemente?) de su compadre, y una sensación final de haber podido presenciar algo mucho más grande un tanto desagradable. El que da lo que puede no está obligado a más, pero me temo que éste no fue el caso.

Sin hablar, como dijo mi colega René (qué risas nos pasamos, joer), y con las últimas notas de Metal Church sonando a las espaldas, corrimos raudos y veloces a ver los últimos temas de Hitten en el escenario Mark Reale, de los que pudimos ver el último cuarto de hora de actuación aproximadamente. “In The Heat Of The Night” y “State Of Shock” si mal no recuerdo, mucho feeling por el escenario, con la colaboración del ex vocalista Aitor en los bises, la peña totalmente volcada con la banda (prácticamente es como si jugaran en casa) y un sonido que les hizo justicia es lo que os puedo contar de lo poco que vi de su actuación, en la que me consta que no se dejaron ninguna bala en la recámara, sólo había que ver las caras de grupo y público. A ver si consiguen afincarse en la línea que pretenden, aunque por su estilo y a estas alturas de evolución musical dudo que puedan escalar mucho más. Who cares?

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Gloryhammer y Badana nos los pasamos rodando la secuela de Heavy Metal Parking Lot, aquel mítico film metalero grabado íntegramente en un parking de Maryland en 1986, antes de un concierto de Judas Priest. Birras, muchas risas con René, Raúl, Csilla y Laura (y los que nos encontramos por el camino, como el Jabo o Vincent Beherit) y reset para proseguir la jornada con Hammerfall.

Lo comentaba con los presentes, yo soy de los Hammerfall de Jesper Strömblad (“Glory To The Brave”, 1997), en una época donde pasaba justo al contrario que ahora, la contraria la llevaban ellos. A partir de “Renegade” (2000) ya empezó a llover sobre el mar y me tiré del barco, pero como ya comenté en la reseña del año pasado de este mismo festival*, siguen mereciendo mis respetos por lo que supusieron en su momento, todo un anticoagulante del Heavy Metal de corte más clásico, y siempre son disfrutables sus directos, aunque sean más básicos que el mecanismo un botijo. “Let The Hammer Fall”, “Templars Of Steel” o “Hearts On Fire” nos levantaron el puño, y los refrescantes chupitos de Johhny Walker con hielo y naranja nos refrescaron el gaznate. A todo esto, a falta de Oscar Dronjak siempre nos quedará nuestro Raúl Valero como reserva.

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A partir de aquí ya empezamos a desvariar, es decir, de Nervosa vimos la parte final (brutales, como el año pasado*, espero que esta vez no les robasen nada), nos asomamos a ver algo de Apocalyptica (curiosa estampa ver a toda la peña tirada en el césped escuchando el “Orion” de Metallica sin pestañear), para volver al Reale a ver a los suecos Candlemass del renacido Johan Längqvist, que grabara aquel mítico debut “Epicus Doomicus Metallicus” (1986), todo un referente en lo que a Epic Heavy / Doom se refiere, y del que nunca más se supo. La banda sonó a trueno, gorda y cristalina, y los míticos “The Well Of Souls”, “Solitude” o “Crystal Ball” recuperaron de golpe su crudeza original, sin menospreciar en ningún momento la faceta más operística de Messiah Marcolin y su contribución a la banda a partir de “Nightfall” (1987), así como la puesta al día del sonido del combo con el más reciente vocalista Mats Levén, que por mucho que se empeñen algunos medios profesionales, a veces Wikipedia está desactualizada. Gran descarga de la banda de Leif Edling, como era de esperar, una formación de las que cada vez nos quedan menos a nivel de calidad, originalidad y funcionalidad. Sobresalientes.


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Avantasia, la banda-capricho del histriónico Tobias Sammet (le aguanté los debuts de Edguy y Avantasia, respectivamente, y para de contar), hacía aparición a la hora que dispusimos para el avituallamiento, así que esta vez, a diferencia de otras muchas donde esquivamos a la banda como pudimos, nos la tragamos prácticamente enterita, no con pocas dosis de ketchup y mostaza, eso sí. Por el escenario fueron pasando Eric Martin, Bob Catley, Jorn Lande (bastante mejor que la única vez que pude verlo en directo con su anterior banda, Masterplan) y hasta el bueno de Geoff Tate (sorpresón), todo un desperdicio de vocalistas al servicio del mico este, pero que al menos hicieron más llevadera la velada. Conté los minutos y los segundos de la actuación, como en un día de resaca en el trabajo, hasta que cayó la fast-food y caímos en la cuenta que había otro escenario más arriba. Tobías, déjalo estar ya. Suficiente. Sin rencor.

Decapitated atronaban aún el Mark Reale a nuestra llegada, pero poco pudimos ver de su actuación, cuando quisimos coger bebida y ponernos cómodos ya estaban terminando la susodicha. Los siguientes en aparecer en el pequeño de los escenarios del Leyendas eran los metaleros alemanes Brainstorm, pero dada su coincidencia con Deicide tuvimos que declinar la oferta, despidiéndonos de nuestros compañeros de jornada René, Raúl y Csilla hasta la próxima batalla (un placer como siempre, grandes).

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Recuerdo que Glenn Benton y sus huestes me hacían mucha gracia en su momento, aquello del suicidio a los 33 y esas letras tan explícitamente anticristianas me sobrepasaban por completo, pero la música está ahí, y doy fe de que la ejecutan en directo a la perfección. “Dead By Dawn”, “Once Upon The Cross”, “In The Minds Of Evil”, “Scars Of The Crucifix”, “Serpents Of The Light”, “Kill The Christian” o “Lunatic Of God’s Creation” fueron cayendo como losas sobre los cerebros allí congragados, con Benton escupiendo guturales y berridos histéricos como si estuviera poseído (pos eso), y la batería de Steve Asheim salpicando con ese perenne doble pedal cual Igor Cavalera totalmente encabronao. Riffs incendiarios, histeria colectiva en forma de mosh-pit y descarga brutal en líneas generales, sin duda de lo mejor de la jornada, aunque buena parte del respetable no lo pudiera o supiera apreciar. Satán os castigará con una buena cagalera veraniega.

Y lo de Rata Blanca fue la decepción que confirma la regla: no des nunca nada por sentado. A esas horas las fuerzas ya brillaban por su ausencia, con lo que necesitábamos una inyección de energía para aguantar. En lugar de eso, la banda se dejó lo mejor para el final, la pena es que para entonces ya no estábamos en el lugar. Temas correctos pero perfectamente sustituibles (algo así como lo de Metal Church pero a lo bestia) y un medley insulso que nos empujó a abandonar definitivamente el polideportivo de Villena hasta más ver. Sin duda la peor vez que les he visto, malas elecciones en general y un cansancio ya de cojones en particular.

 

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Y hasta aquí las impresiones de un servidor a grandes trazos (y pelotazos), finalmente mereció la pena la visita a Villena, este año no tanto por lo musical como por el factor humano y lo personal, sin duda de lo mejor del festival. A ver si nos vemos el año que viene, que por lo que nos dijo la Conchi ya han firmado por otras cuantas temporadas. Hasta el infinito… y más allá!

* Fe de erratas: Nervosa y Hammerfall no estuvieron en la edición del año pasado sino en la anterior, es lo que tiene cuando se asiste a todas las ediciones y se tira de memoria, ustedes disculpen 😉.

Bubbath

King Diamond, in his darkest hour…

 

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KING DIAMOND “The Puppet Master” (2003)

Cada adquisición discográfica de King Diamond es como un sorteo de Lotería, nunca sabes cuándo vas a salir premiado, y es que el bueno de King es de esos artistas de los que se puede sonsacar sobre todo irregularidad. En esta ocasión podría decirse que ha tocado la pedrea, porque pese al desconcertante título (¿no había otra forma de agradecerle a Ulrich los favores?) y a la pésima portada, “The Puppet Master” supone un trabajo más que digno.

Tras la bochornosa continuación del mítico “Abigail”, parece que King y Andy han optado de nuevo por la modestia, y aparte de dejarse de innecesarias secuelas que no hacen sino empañar a sus predecesoras, vuelven a ofrecernos puro y duro Heavy Metal del de siempre, sin renunciar al toque progresivo que siempre les ha caracterizado, pero sin llegar a perderse en el invento.

Lo primero que llama la atención del trabajo es la nitidez de la producción (Diamond, LaRocque, J. T. Longoria), así como la precisa y contundente base rítmica, conformada actualmente por Matt Thompson a los parches y el más conocido Hal Patino al bajo. Pero la palma se la llevan los guitarras: Mike Wead y sobre todo Andy LaRocque (este hombre se merece un reconocimiento mayor del que tiene) están descomunales. Por su parte, Mr. Diamond está más comedido de lo normal en cuanto a falsetes histriónicos se refiere, y nos deleita y ameniza con voces más planas y realistas -en esta ocasión saca a relucir su voz más ‘llorosa’-, y la verdad es que sale ganando todo el mundo (no es mejor uso el hacer abuso).

En cuanto a los temas, podríamos destacar así por encima el hiper-heavy “Magic”, el cálido “Emerencia”, un medio tiempo acelerado con voz femenina incluida (Livia Zita), el épico “Blue Eyes”, con ese órgano eclesiástico tan característico de KD, el knockeante “The Ritual” (al loro con los riffs y el solo de Andy) o el desasosiego de “No More Me”, con una ambientación pesadillesca a base de teclas muy lograda. Mención aparte para “So Sad”, un tema lento de esos que King suelta con cuentagotas (el último “House Of God”, si mal no recuerdo) y que visto el resultado quizá debería prodigarse un poco más, así como “Christmas”, nuevamente con participación de la fémina al micro, esta vez deleitándonos con un fragmento de aquel “Tamborilero” que por aquí diera a conocer nuestro Raphael, ahí es nada. Ni que decir tiene que es otra de esas ‘puyitas’ tan características de su satánica majestad Mr. Diamond, tal como hiciera en su día con “No Presents For Christmas” (esas risas lo atestiguan).

Como bonus se incluye un DVD, que visto lo visto también se lo podían haber ahorrado. En él, King -postrado en un sillón- nos cuenta a modo de contextualización la historia/concepto del álbum por capítulos, o mejor dicho, por canciones. Por supuesto está sin subtitular, así que cuando llevas un rato oyéndole decir misa sin moverse del atril no puedes evitar pulsar stop y mandarle al carajo. A ver si la próxima se lo curran un poquito y ofrecen material interesante de verdad, que haberlo haylo.

En síntesis, un disco con bastante más acierto del esperado -al menos por el que suscribe-, y que devuelve un tanto la fe perdida en nuestro enmascarado. A ver hasta cuándo.

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KING DIAMOND “Deadly Lullabyes – Live” (2004)

Ay ay ay, que me huele a calisay… solía decir un profesor de primaria de un humilde servidor cuando la cosa pintaba turbia o simplemente no pintaba. ¿Que a qué viene eso? Pues a que “Deadly Lullabyes”, como toda historia de King Diamond, rezuma misterio por los cuatro costados. Pero como en dichas historias, vayamos por partes…

Lo primero que llama la atención, cómo no, es la cutre-portada que cubre el disco, con el bueno de King… sosteniendo un muñeco (!), claro que vista la que cubría su anterior “The Puppet Master” tampoco desentona tanto. Lo segundo y más curioso su título, máxime cuando no se recoge pieza alguna del disco al que hace referencia (“The Spider’s Lullabye”). Pues eso, misterios sin resolver.

Con todo y con eso se trata de una edición generosa, salta a la vista, doble digipack con fotos individuales y colectivas de los miembros del grupo, fechas del tour y demás tonterías para ir ojeando a la vez que escuchas los discos, en este caso. ¿Y qué es lo que escuchamos? Pues he aquí su contenido…

a) Cuantitativo: se da especial importancia tanto a la historia completa de “Abigail” (ambas partes están generosamente representadas con cuatro cortes de cada una) como al disco que presentan en gira, “The Puppet Master”, lo cual se reparte entre el primer y el segundo CD respectivamente. A continuación de ambos se suceden una serie de clásicos ineludibles (“Sleepless Nights”, “Welcome Home”, “The Invisible Guests”, “Halloween”, “No Presents For Christmas”) y otros que no lo son tanto y por ello se agradecen (“Eye Of The Witch”, “Burn”), así como se obvian directamente trabajos como “The Graveyard”, “Voodoo” (lógicamente…), “House Of God” o el citado “Spider’s…” (…o sin sentido). Ya se sabe, nunca llueve a gusto de todos.

b) Cualitativo: simplemente perfecto (that’s the question). Ni un solo fallo, sonido cristalino, voces dobladas de King (!?)… y ni un solo detalle de dónde se registró cada tema. ¡Que llamen a Colombo! Y es que hasta las presentaciones de la banda (“Introductions”) suenan asépticas, ensayadas…

Pues eso es lo que hay. Como suele decirse en estos casos sólo ‘ellos’ sabrán qué hay de verídico en este disco. Por nuestra parte y como meros ‘oyentes’ podemos afirmar rotundamente que el trabajo suena que atruena. Si además es cierto que todo es en riguroso directo me atrevería a decir que es de lo mejor que he escuchado en muchísimo tiempo.

Bubbath

(Publicado originalmente en THE SENTINEL WEB MAG durante el primer lustro de la era 2000)

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King Diamond – Sala Heineken (Madrid), miércoles 31 de mayo de 2006

Menudo viaje, jamás se imagina uno lo que le depara el destino, o mejor dicho, el clima. Sales de Alicante, atrapado en una tormenta peor que la que pudieran sufrir en carnes propias Jonathan y Miriam mientras se acercaban a la famosa mansión de la colina, y te topas con cinco camiones volcados en la cuneta en menos de veinte kilómetros, además de unas colas horrorosas. Esta clase de terror poco o nada tiene que ver con el que un rato más tarde nos obsequiaría King Diamond, pero, al contrario que en sus relatos, a nosotros nos esperaba un final feliz.

Aún llegábamos a tiempo en medio de un sol envidiable que iluminaba la capital… y se hizo la noche. Y con ella, el concierto más deseado por un servidor, fiel de la desigual pero constante, quizá demasiado, carrera del danés desde tiempo ha, también quizá demasiado. Este sueño juvenil no materializado en la gira de «Conspiracy» parecía llegar a destiempo porque, como bien es sabido, en la última década King se ha convertido en un Woody Allen de menor regularidad en número y calidad y sus fans, aún con alegrías esporádicas («House of God» o «9»), hemos realizado más de un acto de fe para continuar a su lado. Todas nuestras sospechas acerca de la autenticidad de su última obra en directo, medio disipadas después de ver un video que rondaba por la red (en Montreal y perteneciente a la misma gira, para ser precisos), acabaron por desaparecer. King no sólo superó cualquier expectativa optimista que pudiéramos albergar, sino que apenas le bastaron noventa minutos para ganarse toda nuestra admiración.

Sin grandes alardes (la antigua Arena no es el lugar más adecuado para montajes) y enfrentándose a un sonido mediocre (también típico de la sala), el show no se movió un ápice de los que ofrece en esta gira europea: repertorio cerrado, con los números teatrales estudiados (las rejas que ambientan ambos «Abigail», la estantería llena de frascos con los ojos de las víctimas de «The puppet master», la silla de ruedas de «Them» y la actriz que interpreta los distintos personajes de estas obras), y en general prácticamente idéntico a lo que venían haciendo en la gira de hace dos años (apenas la inclusión de «Come to the Sabbath» y «Evil» de Mercyful Fate a cambio de «Spirits», «The puppet master», «Burn» y «No presents for Christmas»). De hecho, no había un fundamento de peso para acercarse a Europa más que la propia viabilidad del proyecto, ya que el nuevo disco se encuentra en pleno proceso de grabación y la teoría de aprovechar este paseo transoceánico para financiar parte del mismo no es del todo descabellada.

Lo previsible, por llevar la lección aprendida de casa, se materializó en las figuras del venerado Andy LaRocque, con esa postura encorvada que acostumbra, Mike Wead, que se atribuye más solos de los que se presupone por ser el segundo en discordia, y el siempre activo Hal Patino. Lo sorprendente vino de la mano de un Matt Thompson que por fin parece haber superado la etapa de fan incrédulo de tocar junto a su ídolo y que dotaba de cierto aspecto pueril a esta formación que cumple ya cuatro años. Lo fascinante lo aportó un King Diamond que se encargó de borrar toda burla fácil preconcebida desde el cómodo sillón de nuestros hogares. El cantante fue más allá de la pose clásica (haciendo air guitar con la cruz de huesos que soporta el micrófono) y las presentaciones autómatas. Aparte de un carisma apabullante (de esos que únicamente se captan a escasos metros de distancia), destapó su lado natural y rompió la rigidez que envolvía la performance con gestos como la patada en el trasero a Grandma, imitando a un niño travieso, durante el transcurso de «The invisible guests» o la agresividad inusitada que mostró en «Eye of the witch», lanzando la copa de vino hacia atrás con más rabia que de costumbre, y la parte central de «Evil» (‘And when you’re down / beyond the ground…’), en la que cedió la voz al público para encargarse él de la mímica y las obscenidades.

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Lo reprochable no correspondió a la banda, sino a un sector del público, más numeroso de lo deseable, que fue al concierto a observar el espectáculo con los brazos cruzados y la boca cerrada en posición de estatua esperando que nadie le rozara. Los análisis se realizan ex – post, cuando la información es asimilada, contrastada y procesada. Algo que ciertos neointelectuales del metal, ultradefensores de «el heavy no es violencia» y blackers de diseño que se quedan en la apariencia parecen no entender.

J. A. Puerta

(Publicado originalmente en el fanzine número 1 de ROCKSCALEXTRIC, diciembre 2006)

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XX Aniversario Battle Hymns #3

Hace 20 años que debió salir el tercer número del Battle Hymns ‘zine, pasatiempo de aquel entonces de los que por aquí escribimos, y que por determinados motivos o circunstancias finalmente no vio la luz, o lo que es lo mismo, del cual no se llegaron a imprimir copias.

 

Antes de Battle Hymns ya hubo otras aventuras ‘fanzinerosas’ (benditos Erukto ‘zine y Crawl ‘zine, este último gran referente en lo que a Metal extremo se refiere en la época), y posteriormente dimos el paso lógico a las nuevas tecnologías con la llegada de internet (The Sentinel Web Mag se nos fue hasta de las manos, y con Rockscalextric dimos rienda suelta a nuestra locura particular, para morir en la orilla con el blog que nos ocupa y que estás leyendo en estos momentos), así que este número del Battle Hymns supuso un punto de inflexión en nuestra particular carrera fanzinera.

Evidentemente las entrevistas son anacrónicas, las críticas de discos están obsoletas y las reseñas de conciertos parecen un extracto de Regreso al Futuro, pero el viaje sigue siendo interesante, sobre todo para los que lo vivimos, nosotros y vosotros. Esperamos sea de vuestro agrado.

Battle Hymns ‘zine #3

Bubbath

MAD COOL FESTIVAL 2019 – Recinto Ferial IFEMA Valdebebas (Madrid), Jueves 11 de Julio de 2019

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Reza el dicho que a la tercera (añado, seguida sin sobresaltos) va la vencida. Salvo un susto días antes de la celebración del festival en el que la organización anunciaba que no habilitaría el párking privado de IFEMA para coches particulares, mal augurio que no trascendió más allá de las redes sociales y que puso en alerta a todos los asistentes para solventar el trámite del transporte sobre la bocina, todo transcurrió como la seda. Junto a la (pésima) experiencia de la jornada de estreno en la edición de 2018, de la que claramente aprendieron, mucho tuvo que ver la menor afluencia de público, lo que el jueves permitió examinar a fondo el recinto, olvidar las esperas interminables para nutrirse, hidratarse o asearse y acceder a los distintos escenarios sin sortear mareas humanas ni espacios elitistas que restringiesen proximidad y visibilidad. Analizado a posteriori, la masificación que acarrean apellidos ilustres del calibre de Vedder o Grohl, pesos pesados garantes de mayores ingresos, pierde en el cómputo global si el cartel equilibra equitativamente la propuesta, como finalmente ha ocurrido en esta ocasión. La amplia representación de estilos, edades y geografías era incuestionable, gustos particulares a un lado, y la calidad de sonido y de montaje, principal virtud de antaño, permaneció intacta, de modo que la senda a seguir es clara e invita a repetir.

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Explorado el terreno y establecido contacto obligado con las barras (apelando a la lucidez crítica tyrioniana), las apuestas del día comenzaban con el dúo británico LET’S EAT GRANDMA, protagonista de uno de los álbumes del año en su tierra natal, “I’m all ears”. Apenas un centenar de personas se congregó en el Mondo Sonoro, que se convirtió en una especie de sala resort exclusiva para quienes sabíamos de antemano qué nos encontraríamos. Con dos sintetizadores al frente y una batería al uso de apoyo, decidieron archivar su carta de presentación en sociedad, “Deep six textbook”, o los aires de la primera BJÖRK de “Eat shitake mushrooms”, ambos de “I, Gemini”, para desgranar siete de los once cortes que componen su segundo trabajo. Las contagiosas “It’s not just me” y “I will be waiting” nos recordaron al debut de CHVRCHES, con quienes han compartido tramo de gira recientemente, y la redonda “Falling into me” puso todo patas arriba. “Ava” fue contrapunto íntimo y enlace perfecto con una “Donnie Darko” cuya intensidad ganó todavía más puntos en vivo. En ésta lograron recrear un viaje que empezó con miradas absortas contemplando las tablas y acabó como una gran fiesta a la que Jenny Hollingworth se unió, mezclándose y bailando con las primeras filas; si se inventase la etiqueta prog-synth-pop, básicamente vendría siendo esto. Las de Norwich derrocharon honestidad, inocencia y diversión; lo mismo se arrancaban con una coreo a la Macarena en la parte dance de “Falling into me” que ejecutaban su peculiar performance desde el suelo al inicio de “Donnie Darko”. Rosa Walton se colgó la guitarra eléctrica en alguna parte y Jenny Hollingworth sacó a relucir el saxo en otro instante para dar la pincelada de sobriedad que envuelve su música. El abrazo cómplice del combo en señal de victoria que pudimos entrever tras las bambalinas y la posterior visita al foso para fotografiarse y departir con sus seguidores nativos y algún foráneo convertido a la causa confirmó la sensación de naturalidad y autenticidad. A veces con muy poco se transmite mucho y afortunadamente los Coachella, Primavera, Glastonbury y sucedáneos no siempre son sinónimo de pretenciosidad ni autobombo frívolo. Dos Aryas.

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De la juventud a la veteranía, de la actualidad a la nostalgia, la muchedumbre que se acercó al Madrid te abraza obvió el significado de HIGH FLYING BIRDS para asistir entre indiferente e impaciente por inmortalizar en su móvil el momento “Wonderwall” a una primera mitad del show monopolizado por “Who built the moon?” y la homónima del EP “Black star dancing”, estrenado apenas semanas antes. La presencia de YSEÉ y Jessica Greenfield a las voces para dotar de empaque y fidelidad a los temas mató cualquier esperanza de electricidad “parka monkey” y sació el apetito de quienes reconocemos en NOEL GALLAGHER a un aspirante a su admirado PAUL WELLER (el parecido físico de Gem Archer con Grandpa es casual, aunque certero), si bien le separa una distancia considerable de ese propósito a fecha de hoy. Optar por interpretar “Fort Knox” en lugar de reproducirla enlatada a modo de intro fue un acierto y sustituyó en la retina el arranque eufórico de “Fuckin’ in the bushes” al que recuerda en estudio por el orgánico de “The swamp song”. A renglón seguido, en estricta secuencia réplica del disco hasta “She taught me how to fly”, fue cayendo cada canción. A diferencia de otros conciertos de la presente gira de festivales, no se acompañó de los vídeos e imágenes proyectadas que añaden un aspecto visual no explotado en el pasado; otra vez será. Curiosamente, fue “Dead in the water” la que brilló con luz propia en esta parte del set. Acústica al hombro y tan sólo flanqueado por Mike Rowe al teclado, es de la escuela de “Sad song”, “Talk tonight” y las más recientes “Alone in the rope” y “The dying of the light”: sentimiento en estado puro, Noel en esencia, allá donde Liam jamás llegaría en diez vidas.

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Ahora sí, tiró de recetario Oasis para regocijo popular, a excepción de una parada aislada en su primer álbum de la mano de “AKA… What a life!”, que trasladada al directo padece de idéntica falta de punch en la base rítmica que “It’s a beautiful world”. Se atrevió con “Stop crying your heart out”, el caramelo de este tour, y repasó “The importance of being idle”, “Little by little” y “Half the world away”, acogidas con más júbilo por sus compatriotas debido a su condición de himnos menores en el Norte. Lo cierto es que observar el lateral derecho del escenario traía consigo cierta melancolía porque, con la incorporación del enérgico Chris Sharrock a las baquetas y el citado Archer a esta etapa de los HFB, dos tercios de la banda madre estaban delante nuestra (Andy Bell sigue junto a los renacidos RIDE y Liam ultima su segundo lanzamiento en solitario).

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Debería replantearse sentar en el banquillo a “Wonderwall” por una temporada o retomarla al desnudo. Quizá el precio a pagar sea demasiado elevado y prefiera contentar a un sector numeroso que desea ver jugar a los titulares sin entrar a juzgar su estado de forma. Igualmente, acabamos con la garganta en carne viva, se tratase de turista ocasional o socio habitual; el sofá no es tribuna válida para jactarse en vano, haber ido. “Don’t look back in anger”, sin embargo, sigue siendo emocionante. Cedió los versos del estribillo y probablemente no se cantó nada tan alto en Valdebebas a lo largo de todo el fin de semana. Camisetas y banderas del Manchester City, como la que presidía sobre uno de los altavoces, ondeaban mientras mostraban sus respetos, con saludo militar incluido, hacia una “All you need is love” sin adulterar un ápice y que hermanó a las miles de almas presentes. Irónico que en el seno de la familia no funcione la fórmula, aunque ya sabemos que a los Lanister les suele ir mejor por distintos derroteros.

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El escenario principal Mad Cool estaba listo para acoger a VAMPIRE WEEKEND, cabezas de cartel de facto si comparamos el grado de entusiasmo y convocatoria con que fueron recibidos frente a BON IVER. Siendo un grupo que me caía poco más que simpático, he de reconocer que acabaron convenciendo y ahora miro con otros ojos su cuarto engendro, “Father of the bride”, con sólo dos meses de vida en el mercado. De entrada, los emparentaría lejanamente con BELLE & SEBASTIAN: imagen informal, estilo atemporal e incluso a ratos ñoño y anacrónico o un frontman peculiar como Ezra Koenig, con sus modos oldies y su inseparable Epiphone. En cualquier caso, la popularidad de la que gozan los neoyorkinos es un caso digno de estudio dado lo singular de su oferta, en la que mezclan elementos variopintos como ska (“A-punk” y “Cousins”) o música africana (“Cape Cod Kwassa Kwassa”, White sky” y “Horchata”), siempre envueltos en una capa de pop elegante-optimista-buenrollero muy acorde a esta época estival.

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Especialmente celebradas y coreadas, pese al cansancio acumulado, fueron “Unbelievers”, “Diane Young”, “Ya hey”, “Harmony hall” y “Walcott” (de nuevo deja-vu de B&S). Koenig desvió los focos en un par de ocasiones hacia el guitarrista Brian Robert Jones, que tras sonar “Sunflower” se enzarzó en un solo y más adelante en una jam hardrockera bastante alejadas de la tónica general. Jones se batía en duelo con Koenig en los pasajes menos convencionales de “Sympathy” y aquello sonaba impecable, lo que no es sencillo teniendo en cuenta que son siete músicos en escena. Esa nitidez de sonido y la ejecución impoluta de los temas nos mantenían en vilo, al igual que el montaje, consistente en un globo terráqueo giratorio suspendido sobre la cabeza del batería Chris Tomson que creaba efectos ópticos muy vistosos junto a las imágenes de fondo que se iban sucediendo.

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Para el que suscribe, supuso el cierre de sesión, concisa y concentrada pero con poso de tres winners y ganas de regresar (¡així, sí!). A la ex-FUGEES MS. LAURYN HILL pude disfrutarla a retazos al marcarse un Axl Rose de manual y los descartes como IGGY POP o THE HIVES fueron inevitables por los típicos solapamientos. ¿El final de la historia? Qué pregunta: muere Meñique.

J. A. Puerta