Helloween – Helloween (2021)

Parece que fue ayer, pero hace ya cinco largos años de la tan ansiada buena nueva que muchos headbangers de todo el globo querían escuchar, la vuelta a filas de Michael Kiske y Kai Hansen a su banda madre, a esa formación donde acuñaron su sello personal y de la que nunca debieron marchar (con permiso sobre todo de Gamma Ray, claro está).

La tan esperada vuelta pronto se transformó en gira, y los que pudimos presenciarla en alguno de sus shows salimos bastante más que satisfechos, eso fue épico y emotivo a partes iguales. No tardaron en comenzar las especulaciones acerca de si la reunión generaría o no material nuevo, y me alegro enormemente de equivocarme en ese sentido, puesto que servidor era de los que no las tenía todas consigo.

Y bien, un lustro después aquí tenemos el nuevo material de Helloween, denominado tal cual, Helloween (con permiso ahora de aquel formidable debut en formato Mini LP), como si de un nuevo bautismo se tratase, aparcadas ya toda clase de rencillas y rencores del pasado. La portada, una auténtica obra de arte (clásico) cortesía de Eliran Kantor (me encanta sobre todo su trabajo reciente con Testament), aúna elementos de todas las épocas de la banda a la vez que apunta con esa Flying V interestelar a nuevos horizontes todavía por explorar.

Las opiniones, que como todos sabemos además de gratuitas son como los culos, ya están apuntando en todo tipo de direcciones, como era de esperar por otra parte, desde la posición del fan más acérrimo al que le valdría una retahíla de eructos de Kai Hansen o un recopilatorio de chistes de Weikath en formato cassette, hasta el sibarita de turno que ya está quejándose de si la portada es demasiado seria para el combo, si Kai Hansen canta poco o si el disco dura mucho (encima vosotros, que nacisteis a lomos de Stratovarius). Que os la pique un pollo.

Haciendo un ejercicio de objetividad y realismo puro, es incuestionable que este trabajo no va a pasar a los anales de la Historia como el mejor trabajo de Helloween, y mucho menos del Metal en general, pero hay muchas cosas positivas en este disco y casi ninguna negativa, y eso tampoco se puede decir de muchos de los trabajos que se editan en la actualidad.

En primer lugar supone la vuelta a la primera línea del Heavy Metal de Lord Varys, perdón, de su majestad Michael Kiske, ese alumno aventajado de Geoff Tate y Bruce Dickinson que jamás debió dejar el trono de hierro. Zapatero a tus zapatos. De Carmen de Mairena poco o nada más que añadir, desde su marcha de la banda calabacera allá por 1989 no ha parado de editar trabajos con mayor o menor fortuna, pero ya iba siendo hora de volver a casa (y de quitarse esa maldita peluca).

Otra cosa que tengo muy presente es la sobreexposición y saturación propias del estilo. En los años 80, Helloween, partiendo del Heavy Metal más tradicional (Judas Priest, Iron Maiden) y del Thrash Metal más melódico (Metallica) crearon un sello propio a base de añadir a todo eso grandes dosis de optimismo y felicidad, algo que a la postre acabó empachando al más pintado. Pues bien, si hay que retomar en algún momento que sea con ellos, vive Dios. Sí, paso olímpicamente de Gloryhammers y Vhäldemars.

Dicho esto, la calidad técnica y compositiva de la banda es incuestionable, si ha salido lo que ha salido entiendo que obedece a que todavía están en fase de mero acercamiento, y que todavía tienen mucho techo por alcanzar. Con todo y con eso creo que les ha salido un disco de notable alto, algo que a estas alturas de carrera y con 16 discos de estudio a sus espaldas (sin contar directos y demás) ya es de agradecer y valorar.

El disco es largo y denso, sin singles de cara a la galería como en otras épocas de la banda, pero muy homogéneo, sólido y compacto, y sobre todo muy enérgico, con muchos detalles técnicos y giros inesperados, lo que permite abordarlo íntegramente de principio a fin sin descansos ni bostezos. En ese sentido todos los temas se me antojan de aprobado cuanto menos, sin ese incómodo relleno tan palpable en la mayoría de discos, con lo cual la media inevitablemente debe llegar (y llega) a notas altas, para mi gusto de notable, como ya digo.

A partir de ahí cada oyente tendrá sus preferencias, a mí personalmente a siete u ocho escuchas (qué menos para valorar inicialmente un disco) me ha parecido un trabajo más que digno, de auto-homenaje (si alguien tiene que plagiar que sea el inventor, ¿no?) y con las señas de identidad del grupo puestas sobre el tapete. En ese sentido, ya desde la apertura inicial con “Out For The Glory” dejan claro que Helloween vinieron al mundo para aportar frescura y felicidad al panorama metálico, rompiendo un arpegio tétrico más propio de Slayer (¿el sur del cielo?) que de ellos mismos con un arranque frenético a golpe de doble bombo (Dani Löble está pletórico en todo el trabajo, y sobre todo en buena forma), como queriendo decir Ok, eso está bien, pero nosotros hacemos esto

¿Más cosas? Pues sí, Deris está magistral en “Fear Of The Fallen”, con ese feeling Pink-Cream hardrockero tan característico suyo y esos interludios marca de la casa, y Kiske hace las veces (y las voces) en el medio tiempo coral “Best Time”. El macarra “Mass Pollution” parece una puesta al día del “Riding On The Wind” de sus maestros Judas Priest, mientras que “Angels” parece un homenaje a sus discípulos Angra, y sobre todo a su tristemente fallecido vocalista André Matos. “Indestructible” es para mi gusto de lo mejor del plástico, un tema quedón y con feeling a rabiar, alternando voces de los 3 tenores de manera idílica, y “Robot King” es tan cañero como dinámico, una sobrada-derroche a destacar. Del segundo vinilo, que es la edición que tengo entre manos y orejas, me quedo especialmente con “Down In The Dumps”, un trallazo brutal en onda “Better Than Raw” que tumba, y evidentemente con ese extenso “Skyfall” que sirvió de adelanto, que me recuerda horrores a como lo hizo “And Then There Was Silence” de Blind Guardian para A Night At The Opera en su momento, un auténtico despliegue de medios progresivo que sirvió de carta de presentación del disco y que acabó siendo santo y seña de éste, tal y como imagino quedará “Skyfall” para los restos. Los momentazos que posee y lo que supuso escuchar de nuevo a toda esa gente junta sólo lo saben los fans que nos desvirgamos con su música.

Y poco más que añadir, o quedará una reseña más larga que el propio disco, lo cual no es ni de lejos el propósito de la misma. Gran trabajo en líneas generales, con la producción habitual de Charlie Bauerfeind en los controles, y una presentación que se presta a la compra obligatoria, aunque luego acabemos tirando de plataformas por mera practicidad. ¿Lo mejor? La reunión de un puñado de músicos experimentados con un fin común. Lo superior quiero pensar que está por llegar.

Bubbath

COSMIC CHARLIE (Jerry Weir, 66 rpm, 2018) / EL REGRESO DE CHARLIE (Jerry Weir, 66 rpm, 2019)

No son ediciones nuevas, precisamente. La primera, Cosmic Charlie, data de 2018, y su continuación, El Regreso de Charlie, del año siguiente, pero como por aquí lo que nos va es lo añejo y el Rock en líneas generales, nos hemos visto en la obligación de hacernos eco de estas dos obras cortas pero de gran contenido, sobre todo si eres miembro honorífico del gremio rockero.

Y sí, como a vista de pájaro puede intuirse, ni el autor es tal (Jerry García y Bob Weir estarían orgullosos por el homenaje, anyway) ni los personajes son pascual, pero no es mi misión ni hay que tener muchos estudios (rockeros, se entiende) para detectar de entrada en qué personajes de nuestra Historia heavy-metalera se basa la historia de ambos libros, y en caso de no hacerlo (difícil) tampoco creo que empañe un agradable y ameno rato de lectura (a jornada por obra, sin correr mucho).

Charlie, el personaje principal en la primera obra e hilo conductor en la segunda, es un roadie yankee (pipa, para los amigos) que aterriza en primera instancia en la gira de despedida de los míticos y venidos a menos MISIL, que viene a ser el relato de Cosmic Charlie, en el que como os podéis imaginar suceden mil y una historias al más puro estilo Spinal Tap que no quiero destripar, solo decir que no falta sexo, drogas y R’N’R (cómo no), a la vez que rivalidad, rencor y sobre todo decadencia, con un (in)esperado grand finale en forma de vendetta entre clanes, aunque más que de Montoyas y Tarantos hablaríamos de Fructuosos y de Castros.

El Regreso de Charlie empieza justamente donde lo deja su predecesora, con Charlie a las puertas de embarcarse en la gira de un grupo actual pero no menos estridente que el anterior, los rimbombantes y pueriles DRUIDAS DE HAMELIN, con Suso (baterista y letrista) como cabeza visible del combo, a la par que dominatrix y farlopero empedernido, Oz como su más fiel y desinteresado escudero, Rob(erto) como policía novato infiltrado (y heavy-metal gayer en su tiempo libre), y en síntesis un thriller policíaco no exento de clichés del Rock tan reales como la vida misma. A buen entendedor, pocas palabras bastan.

Decir de ambas entregas que no dejan títere con cabeza en el mundillo del Rock, quizá por eso su autor prefiere echar las culpas a otro (aunque sea imaginario), no vaya a incurrir en delito delatando otros delitos (lo que pasa en la gira se queda en la gira), pero basta con chequear el © de ambos libros y el epílogo del segundo para saber de quién se trata. ¿Apología del Rock o ridiculización del mismo? ¿Sátira e ironía o realismo extremo? Juzguen ustedes mismos, y no olviden pinchar de fondo cualquier disco de Grateful Dead. Entretenimiento garantizado.

Bubbath

Moonspell – Hermitage (2021)

La pandemia sigue haciendo mella en nuestros artistas favoritos, y aunque Fernando Ribeiro, frontman, voz y letrista de Moonspell, afirma que el concepto del disco lo tenía ya predefinido nada más terminar el proceso de composición de su anterior trabajo, 1755 (2017), no cabe duda que el acabado final de Hermitage, desde su producción y la temática hasta esa portada de aire post-apocalíptico, rezuman la desolación y el consiguiente existencialismo que despiertan unas circunstancias tan dramáticas como las que está padeciendo la sociedad actual.

Sin estridencias ni giros forzados de volante, Moonspell han aprovechado la coyuntura de esta era de tintes cinematográficos, así como la salida de su mítico baterista Mike Gaspar, para darle un nuevo enfoque a su música, partiendo de los mismos principios de siempre (Rock, Gothic, Metal) pero añadiendo una versatilidad y unas formas mucho menos mecanizadas, dejando que fluya el groove y aprovechando las aptitudes de su nuevo percusionista Hugo Ribeiro, a todas luces mucho más dinámico que su antecesor, y que permite unos mayores (y mejores) desarrollos instrumentales, dotando a los temas de un aire mucho más libre y espontáneo, sin los corsés preestablecidos de géneros de por sí, sean los que sean.

Tampoco nos confundamos, este punto y seguido no significa para nada una ruptura con el material anterior, las señas de identidad y el espíritu de la banda siguen ahí, pero es más apreciable ahora la progresión en la música del grupo, y en ese sentido el salto cualitativo es más que notable (madurez, que lo llaman algunos). Singles haberlos haylos, de hecho así han salido, óiganse el intimista ‘The Greater Good’, un contundente “Common Prayers”, el pseudo-blues ‘All Or Nothing’, con Ribeiro emulando a Dickinson por momentos, o el más reciente ‘The Hermit Saints’, que contiene todos y cada uno de los elementos indispensables en el sonido del grupo: coros, ampulosidad, guitarras (grande Ricardo Amorim), teclas (y fundamental Pedro Paixäo), voces limpias e incluso algunas más rasgadas, y es que hasta en eso ha innovado Fernando en este disco.

Con todo y con eso, y a pesar del concepto de single, se aprecia ya en esos cortes un mayor riesgo y atrevimiento que en adelantos de trabajos anteriores, evidenciable tanto en tempos como en cortes y acentos algo impropios en singles de cara a la galería. No obstante, es en cortes de nueva factura como el impresionante ‘Entitlement’, de estructura progresiva, únicamente rota por su preciosista estribillo y aderezado con unos arpegios descarnados, donde se palpa realmente hacia dónde se encamina el combo luso y lo lejos que se han puesto de nuevo el techo. ‘Solitarian’ es un pasaje instrumental donde el romanticismo del gótico y el blues se dan la mano, por extraño que parezca, y subidos a lomos del prog nos deleitan con un enjambre de matices y golpes de china, y con un destiempo final controlado bastante más propio de bandas como Conception o Dream Theater que de formaciones de Metal Gótico sin más.

El disco se cierra, entiendo que conscientemente, con la tripleta más arriesgada del repertorio: ‘Apophthegmata’ parece un guiño irónico a aquel ‘Wonderful Life’ de los 80 del cantante británico Black (en paz descanse), pasado por supuesto por el (nuevo) filtro Moonspell. ‘Without Rule’ es sin lugar a dudas el tema más extravagante y progresivo del trabajo, una especie de cópula entre King Crimson y Pink Floyd a la portuguesa, y que de haber servido de adelanto les habría costado prácticamente la carrera, y la outro ‘City Quitter’ es otro pasaje instrumental, en esta ocasión basada casi íntegramente en teclados y con un poso que quizá te recuerde a los Sabbath de ‘Changes’, pero sin final feliz.

Por lo demás, disco de duración ideal, de sonido impecable tanto en producción como en ejecución, con la calidad de los últimos trabajos de la banda y con el añadido adicional ya comentado, que no es otra cosa que un mayor riesgo en la composición, y que a la postre y con la desgustación debida genera mayor satisfacción en el oyente. En cualquiera de los casos otro gran trabajo de nuestros vecinos, y con este ya llevan unos cuantos. A ver si van copiando en continuidad y buen hacer algunos de por aquí.

Bubbath

Gustavo Martín – The Way Of Dreams (2021)

Gustavo Martín es un guitarrista, compositor y arreglista extremeño afincado en Madrid, donde desde bien joven comienza a estudiar guitarra eléctrica en la escuela del conocido Jerónimo Ramiro (Ñu, Santa, Saratoga, Santelmo), pasando una vez superados los conocimientos de su maestro a estudiar armonía, técnica y composición durante 5 años en la Escuela de Jazz de Madrid con el maestro Félix Santos, a la par que realiza estudios de solfeo y lectura musical.

A nivel bandas, ha militado (o lo sigue haciendo) en formaciones como los míticos Tribu, en la cover band Legacy junto a su hermano y buen amigo de esta casa Rubén Martín, ha formado parte de SINFONITY, primera orquesta sinfónica a nivel mundial exclusivamente de guitarras eléctricas interpretando música clásica, ha colaborado con gente de Asfalto como Jorge García Banegas (La Locura de Armando) o Julio Castejón (El Mono Loco), y en solitario ha editado Un Momento En El Tiempo (2006), además del trabajo que nos ocupa.

Aunque mi toma de contacto con el músico fue en primera instancia con sus bandas de Hard Rock (Tribu, Legacy) y posteriormente en su faceta live, donde pude constatar fehacientemente su dominio total de la guitarra eléctrica, emulando a los más grandes sin despeinarse y además con su impronta personal, tenía constancia de que su hacer con las seis (o doce) cuerdas no se quedaba ahí, y con The Way Of Dreams me ha quedado claro que además de guitarrista de Rock y de músico completo de directo es un grandísimo compositor y arreglista, y con un sentido de la armonía que lo desmarca más si cabe del perfil habitual de guitar-hero que todos conocemos.

The Way Of Dreams es un disco compuesto prácticamente en su totalidad por guitarras acústicas de 6 y doce cuerdas, y esto significa que las mismas guitarras acústicas, a través de múltiples capas y progresiones de acordes, se arropan entre sí creando un efecto ambiental que artistas como Chris Spheeris o Mike Oldfield consiguen con tropecientos instrumentos de distinto pelaje, y que en el caso de este trabajo huelgan por el excelente trabajo de composición y arreglos de guitarra, por un acompañamiento exquisito y por un sentido de la armonía que supera con creces la media de lo que pulula por ahí, como ya digo.

El trabajo lo componen 7 cortes con una línea continuista, esto es, para escuchar del tirón como si de una banda sonora se tratase, y si bien no puede decirse que haya singles de cara a la galería (esto es música en estado puro, sin florituras), quizá una buena carta de presentación podría ser “Earth”, un corte de una belleza descomunal y que te entrará sin vaselina (esas escalas te recordarán por momentos a la sintonía de Juego de Tronos, y tu vello se erizará en consonancia). Otra de mis favoritas a título personal es “Dawn’s Wind”, una pieza de hermosa factura lírica, o la que le sigue, “The Will Of Souls”, donde no puedo evitar acordarme del Crusader de Paul Quinn, y ahí es donde triunfa el artista: a pesar del formato acústico elegido en este caso, su bagaje musical es tan vasto y de tan amplio recorrido que, a través de sus notas, te llevará de viaje recordando a Clapton, Page, Blackmore, las twin guitars de Lizzy, el Satriani más ecléctico (“Eternal Love”), los grandes compositores de música clásica…  y todo ello con una simple guitarra acústica, donde no hay trampa ni distorsión (menuda digitación, señoras y señores). Tan fácil y meritorio como eso.

En cualquiera de los casos eso se queda en lo meramente anecdótico y referencial, ya que es obvio que cada interlocutor detectará unos u otros rasgos y detalles en función de su conocimiento y experiencia musical. Aquí lo verdaderamente importante es el sentimiento de paz interior y de reencuentro con uno mismo que rezuma el disco, como muy bien vaticina su propio autor. En ese sentido, el disco te transportará a diferentes momentos y estados anímicos de tu vida, te hará reflexionar y entrar en un estado de relajación total, te hará abstraerte de todo y te permitirá pensar con claridad, algo que se agradece en estos desgraciados tiempos que nos está tocando vivir.

Por todo ello, no puedo hacer otra cosa que recomendarte encarecidamente la adquisición de este trabajo autoproducido y autoeditado, ya que aunque también lo puedes degustar en plataformas como Spotify, considero que la MÚSICA debe tener el apoyo que se merece, sobre todo si es de semejante calidad. Sellos discográficos, ¿a qué esperáis?

Más info en: http://gustavomartinguitar.blogspot.com/

Bubbath

EN MI REFUGIO INTERIOR (Pedro Andreu, EFE EME, 2020)

Cuando me enteré por una reciente entrevista del guitarrista Jorge Salán al ex baterista de Héroes del Silencio Pedro Andreu de que este último acababa de editar un libro autobiográfico, denominado como aquella rareza instrumental de mismo título registrada en el mítico El Espíritu del Vino, tardé lo justo y menos en hacer mi correspondiente pedido a Amazon, deseoso de leer las vivencias en primera persona de uno de mis ídolos de juventud, y en gran parte culpable de que servidor se decidiera acercar a la batería como elección instrumental personal.

No quisiera extenderme mucho ni tampoco conducir a engaño (no olvidemos que esto es un blog independiente y no le debemos nada a nadie), pero lo cierto es que lo que podría haber sido una especie de Diván: Conversaciones con Enrique Bunbury (Javier Losilla, ZONA DE OBRAS, 2000), un tratado breve y conciso pero bien aprovechado y de valiosa información, se ha quedado en un divagar del autor sin rumbo fijo, sin orden alguno y, lo que es peor, de escaso contenido informativo.

El libro lo componen cincuenta y dos capítulos breves (tanto que alguno está compuesto de una única frase), prólogo e introducción, lo cual me parece muy bien estilísticamente hablando, ya que le da un aire distinto y bastante agilidad a la lectura, lo que ya no me lo parece tanto es que las frases apunten a algo donde no se pretenda ir, o que ni tan siquiera se comprendan por el lector. En muchas ocasiones, prácticamente la mayoría, la narración parece una suerte de charla introspectiva, un yo sé lo que me digo, y eso puede ser válido en una conversación con un amigo, pero no en una edición literaria de coste pecuniario y con las expectativas del fan en juego.

Por sacarle algo de provecho, además del estilo desenfadado con el que se presenta la obra, decir que hay aportaciones de amigos del artista que hablan por él en modo cita (serían los únicos casos donde aparece una narrativa real y coherente), algunas anécdotas que seguramente desconozcas (Valdivia vomitando por costumbre antes de salir a escena o Enrique y Pedro corriendo delante de una manada de skinheads) y un puñado de fotos inéditas exclusivamente del autor bastante agradecidas, además de la cita de sus influencias personales (Matt Cameron, Ringo Starr, Larry Mullen, Charlie Watts y Phil Rudd) y muy vagamente alguna cuestión técnica que agradecemos los aprendices de su instrumento, pero todo eso inmerso en un caos narrativo sin orden establecido y con la molesta sensación de estar cubriendo el expediente por momentos.

Poco más que añadir. Vaya por delante mi admiración hacia el músico que contribuyó con sacos de arena a ese sonido preciso y contundente que hizo de HDS uno de los referentes musicales del Rock en castellano, esto que tengo en mis manos y que se lee en escasas horas (literalmente hablando) no puedo ni debo recomendárselo a nadie que estime su tiempo y su dinero, que seguramente estén mejor invertidos en una buena siesta o en un buen disco. Por lo demás, mucha suerte en todo, señor Andreu. Se la merece.

Bubbath

Bunbury – Curso de Levitación Intensivo (2020)

El desastre en cadena que está suponiendo este 2020 tras la pandemia a todos los niveles, ya no sólo sanitarios, sino políticos, económicos, sociales y culturales, parece que está sirviendo de fuente de inspiración a artistas como el que nos ocupa, que a falta de embarcarse en una gira mundial tras una nueva edición discográfica, como suele ser habitual en él, ha parido en el mismo curso un segundo trabajo en estudio, algo que quizá era hasta normal en los 70, pero que no lo es para nada en los tiempos en que vivimos, y mucho menos en formato long-play.

Pero así es, Curso de Levitación Intensivo ha visto la luz apenas siete meses después de Posible, con una línea parcialmente continuista, pero desmarcándose un tanto de los sonidos programáticos de aquella obra (maestra), y apostando más por la naturalidad y el concepto de banda, en esta ocasión rozando el jazz-fusion-prog-pop por momentos, aunque sin prescindir totalmente del plug-in que predominó en el anterior trabajo, en esta ocasión bastante más desapercibido.

Con la oscuridad más romántica de nuevo por bandera (esa portada a medio camino entre El Exorcista y cualquier film de Christopher Nolan así lo atestiguan), Levitación, como ya lo están abreviando tanto la prensa como el propio artista, vuelve a girar en torno tanto a la visión que el autor tiene del mundo como a la que este último tiene de él, un todojunto pasado por ese prisma de negacionista reaccionario amante del debate per se y detractor de los postulados de fe inamovibles, y que ya nos suena un tanto a los que seguimos sus pasos desde los tiempos de su banda madre.

De esta guisa, el siniestro ‘N.O.M.’ (Nuevo Orden Mudial) abre de manera ideal el plástico (la cara A del vinilo, en mi caso), quizá de los temas del disco mejor conectados con Posible, y que pega un repaso a todo un sistema establecido y a sus dirigentes políticos en unos escasos cinco minutos. ‘El Día De Mañana’ es un tema de transición de aire fatalista-costumbrista con la ironía en primer plano (y el saxo en segundo), mientras que ‘El Precio Que Hay Que Pagar’ se presenta como el primer single de cara a la galería, con la banda muy presente, haciendo Rock and Roll de género (esos bajos, timbales y de nuevo el saxo le dan un aire jazzy bastante cool) y conectando con los temas más radiables registrados en Posible.

El redundante ‘El Momento De Aprovechar El Momento’, mi favorito como lo fue aquel maravilloso capítulo de Posible llamado ‘Indeciso O No’, rezuma a la banda de Robert Smith en su vena más poppy que da gusto, de cadencia lenta y de tintes post-góticos new school, y sobre todo de puentes enervantes y estribillos memorables: Dentro de una pecera nos bebemos todo el mar, como en un pozo sin fondo sin saber nadar… Cuando llegues a esa parte, con un Bunbury entonando como nunca, si hay algo en ese corazoncito verás cómo se te eriza el vello y de repente empiezas a levitar en tu habitación, tal y como te adelanta la portada.

‘Malditos Charlatanes’ cierra sutil y elegantemente la primera cara del disco, con unos timbres musicales que recuerdan muy mucho a la madurez de su idolatrado Nick Cave, y con una letra que hace las veces de ‘N.O.M’, pero en esta ocasión dedicada a ese sector de la prensa con animadversión predefinida hacia el artista, a los que sacude de lo lindo con guante de seda.

‘Tsunami’ abre de manera potente la cara B, un tema de corte clásico y quizá hasta predecible en lo que a la trayectoria del propio artista se refiere, a la que sigue una más sorprendente ‘El Pálido Punto Azul’, una suerte de jazz-prog a golpe de saxo la mar de interesante que bien podría haber formado en la BSO de Interstellar (Nolan, claro que sí). En la carpeta se cita literalmente Basada en el libro de Carl Sagan ‘Un Punto Azul Pálido’, no vaya a ser que salga un segundo tomo del Método Bunbury (quien esté libre de influencias que tire la primera piedra, malditos charlatanes). A ‘Ezequiel Y Todo El Asunto del Big Bang’ la resume perfectamente su primera frase (Algunas cosas no hace falta entenderlas…), y ‘La Gran Estafa’ retoma ese nuevo estilo jazz-fusion popero que parece querer quedarse, que podría situarse entre lo más poético del trabajo letrísticamente hablando. El disco se cierra idílicamente con ‘Tenías Razón En Todo’, un tema aparentemente de redención tal y como lo fue ‘One’ para Bono y compañía, y que en este caso se sobreentiende que tiene más que ver con un tema de pareja que de terapia de grupo.

Desconozco qué repercusión tendrá en la carrera del artista Curso de Levitación Intensivo, si será recordado como el hermanito pequeño e inesperado de Posible, de rasgos más afeados que su antecesor pero seguramente algo más inteligente, o si ni tan siquiera se le tendrá en cuenta dentro de 20 años. Lo que tengo claro es que tanto si no te gustó el anterior trabajo de Bunbury o cualquier otro aquí tienes una nueva oportunidad, y ahí es donde considero que radica la grandeza del artista: su música sigue sin sujetarse a patrones concretos e inamovibles, sólo hay que dejarse llevar por la propuesta musical que te ofrezca en el momento, seguro que le sacas provecho a cualquiera de las paradas de ese crucero de oleaje tempestuoso llamado Bunbury.

Bubbath

Dark Tranquillity – Moment (2020)

No sé si el título del disco hace referencia al desconcertante momento de la Historia que nos ha tocado vivir, al momento actual que atraviesa la banda en general y Mikael Stanne como letrista en particular, o si realmente va todo un poco relacionado. La portada, cortesía del hasta la fecha guitarrista de la banda Niklas Sundin, que parece haber optado por seguir en la misma únicamente en lo que respecta a labores artísticas, refleja de manera ideal la individualidad en uno de esos momentos cruciales del ser humano en el que se replantea cosas, ya sea a nivel personal o incluso con carácter general, filosóficamente hablando.

Sea como fuere, la cuestión es que el nuevo trabajo de los suecos Dark Tranquillity ha llegado en el momento oportuno, parece que haberse tomado su tiempo desde Atoma (2016) y haber renovado ostensiblemente la plantilla, con Christopher Amott como special guest (ya sólo quedan Stanne al micro y el baterista y compositor Anders Jivarp de los inicios, con el teclista Martin Brändström siguiéndoles los talones), les ha hecho dar un salto cualitativo en su carrera musicalmente hablando. En ese sentido, lo que seguramente a gran parte de los die-hard fans de la banda les suponga un agravio en lo que a prostitución de su estilo más conservador se refiere, a muchos otros este paso adelante nos ha supuesto un motivo de alegría y satisfacción a pachas, ya que mientras las señas de identidad del grupo siguen intactas, la apuesta por una mayor dosis de melodía en las composiciones y la inclusión de voces limpias en mayor porcentaje que antaño deja entrever una madurez musical que ya se tornaba incluso necesaria para salir de la zona de confort, que es lo que a fin de cuentas necesita una banda para despuntar sobre las demás.

Moment está compuesto por 12 temas, y si bien puede decirse que algunos destacan notablemente, no hay atisbo de relleno durante todo el plástico, el cual se deja escuchar con sorpresa y agrado ya desde una primera toma, para poco a poco ir ganando en sucesivas escuchas hasta convertirse en uno de tus discos de cabecera en lo que a Metal se refiere en este miserable 2020, que a algunos artistas parece haberles sacado lo mejor de sí mismos, algo bueno tenía que hacer aflorar esta desolación que estamos padeciendo.

Si bien cortes como ‘Phantom Days’, que abre idóneamente el trabajo, ‘Identical To None’, ‘A Drawn Out Exit’, ‘Failstate’ o ‘Empires Lost To Time’ parecen proseguir una línea continuista con respecto a Atoma, aunque a mi modo de ver incluso de mayor nivel, el tarro de las esencias se destapa en cortes como ‘Transient’, ‘The Dark Unbroken’, ‘Remain In The Unknown’, ‘Standstill’ (que parece un reprise de aquel sorprendente ‘ThereIn’ de Projector) o los enervantes ‘Ego Deception’ y ‘Eyes Of The World’ (¿emulando a los mismísimos Editors?), que merecen una mención especial por sus memorables estribillos y sus grandes dosis de melodía y de melancolía nórdica, que sin duda es lo que mayor frescura aporta al trabajo, y que es lo que a la postre le otorga un plus de originalidad entre la innumerable marabunta de ediciones que a día de hoy puedes encontrar en el panorama metálico a base de caña sin más. Escucha si no el cierre con ‘In Truth Divided’, una pseudo-balada emo tan bella como decadente, y dime si no destaca entre tanta mediocridad actual.

Moment es sin duda un trabajo atrevido, uno de esos pasos que a veces cuesta echar, pero que una vez conseguido ya es imposible dar marcha atrás. Cadencias rítmicas propias del Prog, estribillos inolvidables, voces limpias cada vez más presentes (Mikael Stanne te pone el vello bien de punta por momentos), sin dejar de lado la guturalidad del pasado, y todo ello empastando de manera ideal con unas rítmicas aplastantes cortesía de la casa (Chris Amott, no olvidemos). Con permiso del aldabonazo que supuso en su día The Gallery (1995), que puedes ver reseñado por estas páginas, o la evolución de obras posteriores como Projector (1999) o Haven (2000), este Moment puede que sea el episodio más inspirado de los suecos en una buena pila de años, y nos pone los dientes muy largos de cara a lo que puedan ofrecernos en lo sucesivo. Ojalá que cumplan con todas nuestras expectativas.

Bubbath

UNAS BAQUETAS CONTARÁN MI HISTORIA (José Martos Arellano y Santi Fernández Galán, Serial Ediciones, 2019)

Este verano cayó en mis manos el libro que nos ocupa, cortesía de mi buen amigo J. Alfonso Puerta, colega de sonoridades desde la década de los 90 y compañero de episodios fanzinerosos varios desde entonces, a sabiendas de mi afición por el Heavy Rock español en general y por el instrumento del protagonista del libro en particular, José Martos Arellano, baterista que ha militado en diversas bandas punteras del mencionado estilo, tales como Tritón, Niágara, Barón Rojo, Atlas, Topo o Asfalto.

El libro no es otra cosa que una autobiografía de José Martos contada a pachas con Santi Fernández, o mejor dicho, revisada y arreglada por este último, o al menos eso es lo que se extrae de las notas del propio libro. De su coautor, actual responsable de la web TheSentinel.es, decir que fue compañero de fatigas de la citada web cuando aún se denominaba TheSentinelWebMag, una página que iniciamos en la costa levantina unos cuantos forajidos y que pronto absorbió tanto nuestro tiempo que tuvimos que ir levando anclas de uno en uno, hasta convertirse en otra cosa algo distinta (ni mejor ni peor, sino todo lo contrario). En cualquier caso decir que es un logro admirable que perdure la web después de tantos años, le/s mandamos un saludo afectuoso desde la acera de enfrente, donde se ven las cosas con cierta perspectiva, sin presiones de ningún tipo, y en general se vive bastante mejor, todo sea dicho.

A la hora de abordar una (auto)biografía de este calibre, creo que hablo en nombre de todos los que consumimos este tipo de lectura musical de manera habitual cuando digo que aquí lo que prima es el ritmo narrativo, el anecdotario personal y, en este caso concreto, el detalle técnico propio del músico en cuestión, en este caso de la batería y del baterista. Es fundamental que todo ello se conjugue de la mejor manera posible, sin estridencias en ninguna de las facetas, o de lo contrario te puede quedar un manual técnico instrumental, un compendio de chistes chungos o directamente un ladrillo.

En ese sentido me gustaría decir en primer lugar que el libro es de fácil lectura, con una narrativa muy sencilla, con lo que te despacharás el asunto en apenas tres apalanques de sofá. Esto sería ideal si en los apartados técnico y anecdótico hubiera bastante chicha que roer, pero ahí es donde para mi gusto el libro hace más aguas, ya que ni suele pararse a contar historietas en demasía (como la del queso de Cabrales de los De Castro en el Chrysler, mismamente), ni se detiene a detallar tanto la formación del músico como los instrumentos utilizados por éste en el tiempo (apenas algo de su etapa con la marca valenciana Santafe y poco más), limitándose a resumir de pasada tanto vivencias como periodos de actividad, tanto es así que puede apreciarse algún salto de años incluso en determinados momentos del libro. Quizá la parte más entretenida en ese sentido son los primeros años del protagonista, y justo cuando comienza su actividad en las bandas de más reconocido prestigio es precisamente cuando se pisa el acelerador y se empieza a echar en falta todo lujo de detalles.

Tampoco quiero hacer sangre de la obra, vaya por delante que el libro es de agradable lectura, que el autor se desnuda ante el lector, contando ‘su historia’ como quiere y sabe (me consta que tanto él como Santi Fernández eran neófitos en la materia), pero como digo más arriba se echan en falta más trapos sucios, que con gente como los hermanos De Castro seguro que haberlos haylos. Con todo y con eso, la historia se cuenta de forma ordenada y por etapas, que en la mayoría de ocasiones se hacen coincidir con su estancia en las diferentes bandas, así como otros episodios vitales varios, tales como su salida al extranjero o determinadas épocas de transición. Un aspecto que llama mucho la atención es que el autor, aun teniendo una inmejorable ocasión, omite todo tipo de crítica a sus ex-compañeros de profesión, algo digno de elogio pero bastante raro tratándose del país en el que vivimos, quedando esa extraña sensación de haber intentado ser políticamente correcto, y con ello haber sacrificado una magnífica oportunidad de airear unas cuantas vergüenzas ajenas, que nunca está de más.

Unas baquetas contarán mi historia quizá adolece un tanto de la picaresca de otras biografías patrias, como la de un tal José Carlos Molina (No te dejes Ganar, Pedro Giner, Ediciones Vosa, 1995), o del detalle técnico de obras de tintes similares, de las que bien podría haberse dejado influenciar (John Bonham, El Rugido del Oso, Chris Welch y Geoff Nicholls, 2001), pero en cualquiera de los casos sigue siendo interesante para todo aquel que guste del Rock Duro en español y de las biografías musicales. Si además de eso tienes en tu discografía cosas como Tritón, Now Or Never o Arma Secreta, tendrás que echarle una ojeada cuando tengas un hueco, aunque sólo sea por mera curiosidad.

Bubbath

STREETS OF RAGE 4 (Dotemu, 2020)

Una de las pocas alegrías que me ha dado lo que llevamos de este extraño, pandémico y casi apocalíptico 2020, es la vuelta de uno de los buques insignia de la compañía japonesa Sega después de la friolera de 26 añazos. Esa maravilla lúdica es el grandísimo y carismático Streets of Rage.

Sega en los 90 estaba en una lucha sin cuartel con Nintendo a ver quién era el rey del entretenimiento doméstico, con el duelo de la Megadrive vs Super Nes como capítulo más destacado. Los creadores de joyazas como “Shinobi”, “Out Run” o “Golden Axe” no tenían suficiente con reinar en las salas de máquinas e iban al asalto de los hogares, dejando un duelo entre las dos potencias niponas bastante interesante.

Pero ahora Sega no es la de antes y se dedica más a trabajar para las demás que para sí misma. Malas decisiones y algo de mala suerte le apearon de la pole del vicio, por lo que su situación en el mundo de los videojuegos es ya en un segundo plano.

Streets of Rage es un juego “Beat em up” o un “Yo contra el barrio”, concepto donde uno de los abuelos es el vetusto y mega clásico “Double Dragon” de Tecmo, aunque su principal influencia es el también mitiquísimo “Final Fight” de Capcom. Todo el mundo que hemos tenido una infancia ochentera y que hemos estado gastándonos las monedas de “cinco duros” en las salas de máquinas de la época conocemos estos artefactos de pe a pa.

El concepto de “Street of Rage” es simple y efectivo como un puñetazo en la boca: mueves un tipet y te lías a mamporros con todo lo que le sale por el camino, tanto con puños, patadas, como con objetos diversos que vas encontrándote por el camino. De esta nueva versión curiosamente no se encarga Sega, sino que se la ha licenciado o le ha dejado la faena a la compañía francesa Dotemu. Los Gabachos son todo unos especialistas en reconvertir o hacer un lavado de cara a juegos clásicos, donde entre sus trabajos están los remakes de clásicos como el Pang, Windjammers  o Wonder Boy the Dragons trap.

Yendo al grano, o duro y a la encía, como la canción de Def Con Dos, es un juego de jugabilidad muy vieja escuela con unos gráficos 2D muy detallados y unas animaciones dignas de película de animación, se mueve muy bien y no te deja respiro, que no te aburrirás de darle a los botoncitos constantemente. También los homenajes y guiños de la saga son constantes, desde personajes principales, enemigos -sobre todo algunos jefes- y obviamente los golpes y combos. Hay también que remarcar que esta saga a nivel argumental ha seguido de una forma continuista, ya que la trama y los personajes los mueven en el tiempo 10 años después de lo que ocurrió en la tercera parte.

Al principio de todo empiezas con cuatro personajes -dos de ellos clásicos de la saga-, que según vamos avanzando las fases vamos acumulando unos puntos que nos desbloquean personajes nuevos, galerías de personajes y algún modo nuevo de juego.  

También en la banda sonora participan en algún tema Yuzo Koshiro y Motohiro Kawashima, creadores de la banda sonora de los juegos antiguos, aunque el que lleva la batuta de la música del juego es el francés Olivier Deriviere. También en el aspecto sonoro, Dotemu ha reciclado o tomado prestados sonidos de sagas anteriores, dejando el toque nostálgico más evidente. El experimento funciona y se fusiona bien con el aspecto moderno del juego.

Como vivimos en un mundo en el que se cataloga toda cosa material e intangible, Street of Rage 4 está ubicado en lo que denominaría “El nuevo retro”, juegos de estilo vieja escuela con un estilo 2D en los sprites o monigotes que manejamos pero con la tecnología de ahora, con los fondos en 3D, dando un toque más moderno y artístico. No todo el mundo del videojuego son los Sandbox o el Fornite. Los viejunos jugones aún tenemos cabida en esto.

Saints in Hell

Helloween – The Time Of The Oath (1996)

Pongámonos en situación: después del nefasto Chameleon (1993), Helloween, o mejor dicho, Weikath y Großkopf, deciden que Kiske no siga en la banda por el cariz que ésta estaba adquiriendo musicalmente, a causa del mismo Kiske. Su reemplazo fue Andi Deris, hasta entonces vocalista de Pink Cream 69, y con Deris ya como vocalista grabaron un genial Master Of The Rings (1994), editado justo un año después de Chamaleon.

Master Of The Rings fue un disco sorpresivo e inesperado, ya que nos devolvió la fe a los que por aquel entonces ya no apostábamos un duro -todavía contábamos en pesetas- por Helloween, recuerdo haber escuchado “Sole Survivor” en la radio, seguramente en La Emisión Pirata, y al día siguiente bajar a la tienda de discos y comprarlo. Pero este no es el disco que nos atañe.

Así que en 1996, ya con Andi Deris consolidado en las filas de Helloween, nos deleitan con otro genial disco de nombre The Time Of The Oath. La formación de ese disco fue el propio Deris a las voces, Weikath y Roland Grapow a las guitarras, Großkopf al bajo y Uli Kusch a la batería. Como productor tenemos al clásico productor de la banda Tommy Hansen.

La portada ya daba pistas de por dónde venían los tiros, ya que en ella se halla el ‘Keeper’ y dentro de su cara vemos los anillos de la portada del Master Of The Rings. O sea, tiraban hacia atrás buscando el sonido de los Keepers e incluso del Walls Of Jericho, pero sin dejar de lado su versión más actual y renovada del Master Of The Rings. Por cierto, la versión que yo tengo venía con un póster de la portada que estuvo bastantes años colgada en una pared de mi antigua habitación.

El disco, según palabras de Deris, es un disco conceptual basado en profecías de Nostradamus. Además, fue dedicado a la memoria de su exbatería (fallecido el año anterior) Ingo Swichtenberg.

Pasemos a los temas. Un silbidito da paso a “We Burn”, todo un cañonazo. ¿He nombrado antes el Walls Of Jericho? En esa onda de trallazos también tenemos a “Before The War”.

Con “Steel Tormentor” y “Kings Will Be Kings” bajamos un pelín la velocidad y apreciamos que Uli Kusch no está manco precisamente. Otra de ese estilo es “A Million To One”, que perfectamente podía haber estado en el anterior disco Master Of The Rings.

En el cd también nos encontramos con una cachonda “Anything My Mama Don’t Like”, de esas que a Helloween les gusta nombrar como ‘Happy Metal’, con un estribillo bastante empalagoso, la verdad, y es la que menos me gusta del disco.

Damos paso a las canciones épicas del disco, y que probablemente sean mis favoritas: “Mission Motherland” es un temazo de 9 minutos con un riff inicial de los que enamoran a primera escucha, es un tema complejo con bastantes cambios de ritmo durante todo el desarrollo, es un tema para escuchar muchas veces, ya que igual a la primera no entra. El tema que da título al disco The Time Of The Oath es más oscura, aquí notamos la escuela de Black Sabbath, los coros en latín aún le dan un toque más épico si cabe, también es un tema largo de casi 8 minutos, pero éste entra mejor que “Mission Motherland”.

Cómo no, este disco no está exento de baladas; “Forever And One (Neverland)”, con ese toque de teclas y con un Deris cantando de una manera sobresaliente, es una balada con mucho feeling, y en mi opinión la mejor balada de la era Deris, no en vano en la gira de reunión ‘Pumpkins United’ fue la balada elegida de Deris. “If I Knew” también es una gran balada, y también tiene mucho feeling, pero personalmente me gusta más “Forever And One (Neverland)”, cuestión de gustos.

Y para el final me dejo “Power”, a mi juicio es el “I Want Out” de la época Deris, una canción pegadiza, melódica y de estribillo fácil de corear, con unos coros que ponen patas arriba cualquier sala o pabellón. Durante mucho tiempo en sus directos estuvieron haciendo el juego de dividir al público en parte derecha e izquierda y Deris iba jugando pidiendo cantar a la parte derecha, luego la izquierda y luego todos juntos. Quedaba muy bien, la verdad.

Y poco más que contar, a mi juicio, tanto el anterior Master Of The Rings como este The Time Of The Oath supusieron una segunda juventud para los de la calabaza, captada perfectamente en el directo de la gira llamado High Live.

Laguless

El amo de los anillos…

Recuerdo exactamente el día que me hice con el cassette de Master Of The Rings (1994). Para ser sincero, tras descubrir a la banda de la calabaza a finales de los 80 con sus hits del momento, con aquel video-clip de “I Want Out” a la cabeza, una copia en cassette del azucarado y anodino Pink Bubbles Go Ape (1991) nos diría más bien poco (con el tiempo le extrajimos todo el jugo posible), tanto que Chamaleon (1993) nos pasó directamente de largo, y no fue hasta la reconciliación con la banda que lo retomamos curiosamente (ni bien ni mal, sino todo lo contrario).

El caso es que como bien dice mi colega Laguless, un par de adelantos de La Emisión Pirata (“Sole Survivor” y “Where The Rain Grows”) nos abrieron las orejas de par en par, y no tardamos mucho en bajar a la tienda de turno (discos Hendrix, para más señas) para hacernos con lo que a la postre se convertiría en una de las gemas del grupo, al menos para el que suscribe.

Porque aunque el disco pareciera un accidente, de título un tanto absurdo (¿El Señor de los Anillos versión Beta?) y de formación por testear, con un batiburrillo de temas de estructuras varias y sin excesivo apego al sonido clásico de la banda, la producción era sólida como el pene de Peter Steele (cortesía de Tommy Hansen), y a pesar del acentuado tono nasal del ex-vocalista de Pink Cream 69, nada que ver con el de su predecesor, a la tercera o cuarta escucha ya te habías vuelto a hacer amigo de Weikath y cía, y después de 26 largos años y unas cuantas escuchas más, podemos afirmar sin despeinarnos que Master Of The Rings es el trabajo que mejor ha envejecido de la banda, tanto que suena igual de fresco o más que cualquier entrega posterior al susodicho.

Podría estar piropeando el disco un rato largo, tanto por la ejecución de sus compositores (la entrada rítmica de “Sole Survivor” no tiene nada que envidiar a la de un “Where Eagles Dare” o un “Painkiller” de turno), como por el acierto en las propias composiciones, con trallazos de la talla de “Where The Rain Grows” o “Still We Go”, lo más parecido por entonces a su época clásica, medios tiempos míticos y electrizantes como “Why?”, “Mr. Ego (Take Me Down)”, “Perfect Gentleman” o “Secret Alibi”, caminando entre el Pop, el Prog, el AOR y el Heavy Metal más tradicional como Pedro por su casa, o ese temón de comienzo acústico llamado “In The Middle Of A Heartbeat”, probablemente su balada más fresca y vigente a día de hoy, un corte que puedes pinchar sin riesgo de empacho, algo que se puede decir de “Stairway To Heaven” y de dos o tres baladas más. De no ser por las simplemente correctas “The Game Is On” y “Take Me Home”, mera diversión en onda “Rise And Fall” para amenizar el disco, seguramente estaríamos hablando del mejor trabajo de Helloween, quedando de esta forma un capítulo de los comúnmente llamados de transición, pero un capítulo ineludible sin el cual jamás comprenderás debidamente la historia del grupo.

Bubbath