PORCHES + WHITNEY – Primavera Club, Sala Apolo (Barcelona), 23 de octubre de 2016

Cartel Primavera Club

Banco de pruebas del Sound y de importación de artistas que han desfilado por los escenarios del Pitchfork, Primavera Club se erige como la antesala otoñal en formato casero, exclusivo (más auténtico que dirían en los inner circles) y asequible al bolsillo. De la amplia oferta que ofrecía la organización, la Apolo en su sesión nocturna dominical sería la agraciada, con dos nombres de peso dentro del universo indie: los prometedores Whitney, quienes presentaban su debut discográfico, muy laureado por la crítica; y Porches, cuyo segundo álbum supuso sin duda uno de los puntos álgidos del pasado 2016. Una pequeña muestra como ésta vale para demostrar las virtudes del festival madre: variedad estilística, calidad de oferta, difusión de nuevos nombres y organización ejemplar. Hay esencia más allá de las apariencias, algo que anima en años venideros a preparar y peregrinar al maratón de mayo.

Saltaban al escenario Whitney para mostrarnos a su retoño y demostrarnos que la escasa media hora de “Light upon the lake” cobra vida real en el cara a cara, donde compensa la buena prensa cosechada. Llama la atención que unos jóvenes con imagen de empollones inofensivos asimilen influencias musicales patrias tan ricas y variopintas: desde el aroma soul-folk que recubre su música (Marvin Gaye o Fleetwod Mac), con el falsete de Julien Ehrlich en primer plano y una trompeta omnipresente, hasta el blackcrowniano que la adereza, acaparando la slide de Max Kakacek las miradas que apenas se intuyen en estudio. “Golden days” o “Dave’s song” sonaron a gloria, honestas y orgánicas, capaces de borrar el gris de la clásica víspera de lunes anodina bajo la batuta de un frontman atípico como Ehrlich, que planta su kit de batería delante del escenario e igual dedica “Follow” a su difunto abuelo o “Polly” a la chica que lo dejó con un tono de adolescente inocente que genera ternura y compasión que, sin venir a cuento, le planta un pico al bajista porque le viene en gana. Por lo demás, inmejorable sabor de boca y gratísimo descubrimiento con los de Chicago. Que la propuesta funcione en ambiente festivalero al aire libre es otra cosa.

Poco después eran Porches, con Aaron Maine al frente, quienes hacían acto de presencia para preparar instrumentos, ultimar pruebas de sonido y arrancar con “Glow”. Quienes se asomasen por simple curiosidad o despiste en busca de algo parecido a una descarga de adrenalina, no tardarían en darse cuenta de que aquel no era su lugar. El resto degustamos con deleite los tres cuartos de “Pool” que desgranaron. Plasmaron en directo su sonido cristalino y elegante a la perfección, donde Maya Laner fue la ejecutora de la parte synth (bajo/sintetizador/coros) y Maine y Kevin Farrant de la pop con las guitarras más sutiles que he escuchado en mucho tiempo. De hecho, la obsesión de Maine por afinar la suya entre tema y tema mientras simulaba entretener al público a base de discursos de relleno llegó a resultar de perfeccionista patológico. Exceptuando algún asomo de exaltación en la respuesta de la sala a “Car” y mínimas variaciones en la interpretación como la cadencia ralentizada en el estribillo de “Be apart”, el guion cumplió con las expectativas y con eso sobró y bastó. La delicadeza y pulcritud de su catálogo, que esa noche incluyó también “Headsgiving” o sus dos piezas del single “Ronald Paris house”, no exigen frivolidades, aunque frente a la calidez que desprendieron Whitney, su actuación pudiese parecer un tanto deslucida. Nada más lejos de la realidad.

J. A. Puerta

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GHOST + ZOMBI – Wizink Center (Madrid), 14 de abril de 2017

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Ghost es sin duda uno de los grupos que más rápido ha crecido en los últimos tiempos, la base musical de su éxito se basa en sacar discos llenos de grandes temas y no parar de girar. A ello obviamente se suma la base teatral y misteriosa de los Nameless Ghouls liderados por su Papa Emeritus III.

Mi primer concierto de Ghost fue en el Sonisphere 2013 en Barcelona, por aquel entonces yo sólo tenía su segundo disco pero no demasiado escuchado, y lo que vi/escuché en el festival me gustó, hasta tal punto de alistarme a su causa como feligrés, así que siendo festivo el viernes (viernes santo, para más INRI) no podía dejar escapar la oportunidad de verles en muy buena compañía en el rebautizado Palacio de los Deportes de Madrid.

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¿Pecaron de pretenciosos Ghost al elegir el lugar? En mi opinión hubiera preferido una sala tipo La Riviera, pues el Palacio de los Deportes les quedó demasiado grande, ya que las gradas estaban cerradas y de la pista también se cerró la mitad. Bien es cierto que dudo que el escenario que llevan para la ocasión les hubiese cabido en una sala, sobre todo los telones que simulaban las vidrieras de iglesia.

Como teloneros teníamos a unos tal Zombi, un dúo formado por un baterista y otro miembro que se dedicaba a los sintetizadores y en algún tema cogía un bajo. Se trata de un grupo instrumental, que realmente no está mal, pero tengo mis dudas sobre si ese tipo de música es apta para un directo, pues realmente su concierto se me hizo largo.

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Como también se me hizo larga la primera de las intros de Ghost, coros gregorianos o mejor dicho eclesiásticos, donde se aprovechó para quitar muy solemnemente los telones que cubrían la batería y teclado. Bastante teatral todo, pero teníamos ganas de Ghost, así que al rato empezó a sonar la intro que suele sonar para abrir sus directos, y sin más dilación aparecieron en escena los Nameless Ghouls, primero el teclista y baterista y luego los dos guitarras y el bajista, para abrir con “Square Hammer”, con la aparición de nuestro Papa Emeritus III de entre el humo. Todo un himno donde el público, entregado desde la primera nota, coreó de principio a fin. El sonido no fue del todo bueno en este primer tema, demasiado pelota que digo yo, pero fue en el siguiente “From the Pinnacle to the Pit” donde se dio con la tecla. Seguidamente nos deleitaron con “Secular Haze”. Ghost basaron su set-list en sus discos “Infestissumam” y “Meliora”, dejando el primer disco con mucha menos presencia. “Con Clavi con Dio” fue la primera de las dos canciones del primer disco en caer, donde nuestro Papa salió con un botafumeiro. La verdad es que visualmente el concierto estuvo en un grandísimo nivel, el Papa sabe manejar la situación en cada momento, y a pesar de que en ciertos momentos parecía justito de voz (aunque sin desentonar), lo suplía perfectamente escénicamente. El escenario, por cierto, como he comentado tenía unos telones simulando unas vidrieras, en alto estaban la batería y el teclado y en el mismo escenario había unas plataformas que aprovechaban el resto de Nameless para subir y ser más visibles.

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“Per Aspera Ad Inferi” me supo a gloria, temazo que abría su segundo CD. El papa nos presentó a unas monjas que se dedicaron a dar vino a las primeras filas mientras tocaban “Body and Blood”. La instrumental “Devil Church” dio paso a “Cirice”, que junto a “Year Zero” y “He Is” con el Papa en todo lo alto del escenario cantando, supuso para el que suscribe uno de los momentazos del show, decir que aquí el Papa ya se cambió la vestimenta de Papa. “Absolution” y “Mummy Dust” con confeti incluidas fueron las últimas en tocar del “Meliora”, y a continuación para mí la canción que mejor sonó, “Ghuleh/Zombie Queen”, donde vivimos un momento de locura de hombros, círculos, pogos y demás. “Ritual” fue la segunda y última en sonar de su primer CD, tras ello y tras otro discurso del Papa dedicando el último tema de la noche al orgasmo femenino con “Monstrance Clock” acabaron el concierto.

A mí el concierto me gustó, bien es cierto que se me hizo corto, y es que si en lugar de los 3 discursos del Papa hubieran metido “Elizabeth” el concierto hubiese sido perfecto. Hay que decir que Ghost están un momento en el que les quedan un par de escalones para llegar a ser uno de los grandes, y es que en su discografía no hay un tema malo. Es cierto que en directo pecan de utilizar bastantes coros pregrabados, pero no es menos cierto  que algunas canciones no sonarían igual sin ellos. Sobre el Papa y los Nameless creo que ya está todo dicho, visualmente llenan, los gestos del Papa y sobretodo su presencia es digna de los más grandes, pero por favor, que vuelva el maquillaje antiguo y no se quite la sotana… y sobre los Nameless, la verdad es que se mostraron muy activos en todo el concierto, sobre todo el bajista, que no paró de moverse, y aunque las miradas las concentra el Papa el resto no desentona.

Después del concierto kebab, Argüelles, chupitos de lejía y a acostar, que el día había sido largo.

Laguless

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Para servidor era la cuarta descarga de las huestes de Emeritus, contando un par de Sonispheres en sendas primeras giras, la propia de “Meliora” en la Sala Apolo de Barcelona y la que nos ocupa, y sinceramente esta visita me ha parecido la más floja de todas, a saber: de poco sirve subir de división y pasar a las grandes plazas si por otra parte bajas el track-list y lo suples con discursitos varios propios de Joey DeMaio (definitivamente ni compensa ni cuela), como tampoco es de recibo que Zombi gocen de un perfecto sonido y Ghost se pasen entero “Square Hammer” ecualizando (entre eso y los discursos al final nos queda una hora escasa de buen material en directo, salvando la voz del Papa por momentos).

Por lo demás, ver a Ghost sigue siendo un espectáculo en vivo y es imposible no disfrutar de ese infalible set-list, pero una vez superado el factor sorpresa y con varias visitas a cuestas, o ponen remedio ya a ciertos aspectos de su show o más de uno se va a plantear repetir en lo sucesivo, entre los cuales por supuesto me incluyo. Tobias, a la faena.

Bubbath

BLACK SABBATH – O2 Arena (Londres), 31 de enero de 2017

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ALGUNOS TRENES NO DEBEN DEJARSE ESCAPAR

Los que llevamos una temporada en esto del rock tenemos eventos que los redondeas con un círculo, los pintas en fosforito o de cualquier color que te salga de las narices o te los tatúas en cualquier sitio del cuerpo. Trenes que sabes que sólo pasan por tu parada una vez o escasas veces en tu vida. Oportunidades que las tienes que coger a la primera y al vuelo. Esto es lo que podríamos decir un intento y burdo literario ejemplo.

En un año como este 2017, donde los acontecimientos musicales en directo de relumbrón van sucediendo constante e incesantemente, entre shows de efemérides de discos clásicos donde grupos de renombre aprovechan para hacer caja, “comebacks” de grupos vetustos donde gastan sus últimos cartuchos para conseguir el dinero que les falta para gozar de una jubilación placentera tocando la fibra del débil y friki amante musical, y él apogeo “festivaril”, hacen que tengas que asaltar un banco para poder asistir a tanta oferta melómana.

Ozzy, Iommi y Butler saben que ya están en el crepúsculo de su carrera. Además la edad no pasa en balde y con la vejez vienen los problemas de salud, el cansancio físico y decrecen las ganas de currar, claro. Una retirada a tiempo es una victoria, dice el refranero clásico, y los de Birmingham tienen claro que están mejor bebiendo pintas o cócteles más refinados en un pub o terraza que dejándose los cuernos en el escenario, y que esta moda nostálgica les viene “dabuti” para llenar un poco los bolsillos.

A lo largo de mi vida como oyente del rock y del metal Ozzy y sus escuderos estuvieron ahí: En mis primeros cabezazos y “air guitars” en un garito, en mis primeras borracheras, y aunque nunca he sido un seguidor “die hard” de los ingleses, reconozco y confieso que cuando me propusieron ir a ver a Londres la gira final de los Black Sabbath no lo dude ni media vez. Puede que hagan un “Scorpions”, todos conocemos cómo es Ozzy, tan auténtico como impredecible, pero la oportunidad de pisar y saborear la acústica de estadio grande fuera de España es una oferta que me era difícil de rechazar, una experiencia que sabía que me iba a encantar y que difícilmente lo vaya a repetir. Al menos a corto plazo.

ESTA CASA ES UNA RUINA

La espera entre que adquirimos las entradas y el día del concierto fue larga, casi medio año. Ya no eran los nervios y el ansia por verlos, sino las noticias sobre la salud de Ozzy y sobre todo de Iommi, que salió de un linfoma, hacía temerse lo peor, pero afortunadamente Tony venció a la enfermedad y para felicidad de muchos siguió vivito y rockeando.

Llegó el día y 4 bandidos contando con el que suscribe fuimos a la pérfida Albión para tachar una asignatura musical troncal pendiente. Para ver, dar respeto y despedir a los padres del metal. Una vez pisamos territorio guiri, cuando fuimos a localizar nuestra “base de operaciones” tuvimos la sorpresa de encontrarnos en vez de un sitio para descansar un agujero infecto digno de barrio chungo de película de niggers hasta el ojete de crack y mierda.

Ya de primeras el portal ni tenía letrero ni nada que lo identificara, Chelsea Rooms se llama el zulo, quedándome corto, por lo que nos fue complicado dar con él incluso con los GPS, pero gracias a nuestra insistencia lo localizamos. El portal estaba cerca de un local chino donde arreglan uñas. Veías desde fuera de la calle el interior y la cosa ya no prometía desde el minuto cero.

Puertas de las habitaciones con desperfectos, una habitación abierta sin pestillo cerca de la cocina con chinos durmiendo, restos de comida en la escalera, un par de aseos comunitarios que daba cosa hasta cagar. Lo de ducharse ya es una utopía. Algún resto rojizo en las sabanas de la cama. Unos de mis vecinos tenía una conversación no muy amigable en un idioma que yo no entendía, ya que las puertas eran tan finas que oías hasta el pedo de una cucaracha. En resumen, hasta la madre de Norman Bates saldría cagando hostias del sitio. Home sweet home.

Menos mal que sólo lo utilizamos para dormir y dormimos poco. La forma en que conseguimos las llaves fue un poco surrealista también, por medio de un código tuvimos que abrir una caja como si fuera un videojuego tipo survival horror, la atención al público era igual al aspecto de nuestro alojamiento, chungo de cojones.

Dejamos atrás nuestro lujoso hogar y decidimos empaparnos de cultura británica, sobre todo bares del ramo metalero por la zona del Soho, donde se nos acopló una pareja sueca fan de los Sabbath más ciegos que Alfredo, y donde te das cuenta por qué los ingleses en Benidorm se pillan los pedales que se pillan: mini chupitos de Jagger a precio de oro, normal que cuando llegan a España los hijos de puta se pongan como las Grecas.

Llegó el momento, y al día después de una jornada matinal en Candem nos adentramos al 02. Ya en la salida del metro cercano un tipet con guitarra y ampli en ristre nos da la bienvenida tocando temas de los Sabbath y poniéndonos un improvisado pequeño tráiler de lo que vamos a experimentar dentro de unas horas.

AFTER FOREVER

Ya cuando te adentras por los aledaños del O2 se respira el aire de gran evento que tanto me mola. Se palpa el ambiente de noche de gala. El recinto es impresionante, a pesar de mi edad iba a ser la primera vez que iba a pisar un gran recinto fuera de la piel de toro y nada más salir de la boca del metro sabía que iba a ver un gran show. Me sentía inmensamente feliz. Después de coger las entradas, comprar la camiseta y el previo de rigor, avanzamos dentro del enorme recinto que es el O2.

El O2 es un centro comercial gigante lleno de restaurantes, salas de cine, museos y otros locales variopintos lúdicos, un pueblo de ocio en toda regla, vamos. La seguridad es extrema, donde además de la casi inexistencia de papeleras a lo largo del interminable recinto por posibles regalos terroristas hay que pasar por un detector de metales digno de un aeropuerto, aquí no dejan nada al azar y la seguridad es lo primero. Los acontecimientos de la sala Bataclan han hecho mella.

Una vez dentro y situado en mi asiento numerado, Rival Sons salen al ruedo bajo los acordes del “The good the bad and the ugly” del inimitable Morricone. Saben que son los convidados de piedra, el segundo plato del día. Ellos lo reconocen y nos lo sueltan en el breve comentario que nos expone dentro de su aún más corta actuación, estamos teloneando a los Black Sabbath en su gira final, para nosotros es “insane”, o sea, la puta hostia que nos parió. Les da igual si el público les hace caso o que conozcan su obra. Estando ahí ya se dan por servidos y felices. Vinieron, tocaron y enseñaron sus cartas al público. Suenan como un tiro, en 8 temas despacharon su instantánea actuación sonando temas como “Electric Man”, “Tied Up” o “Keep on Swinging”. Grupo a tener en cuenta.

Terminado Rival Sons aparece el telón con el logo de Black Sabbath, y después de un corto espacio de tiempo en las pantallas aparece una especie de corto de animación hecho con gráficos por ordenador sacados de un videojuego de la Play 3, donde aparece un demonio bastante cutre que parece sacado de un juego de la Nintendo 64.

Hay que tener cuidado con eso de las intros hechas por ordenador porque en vez de quedar espectacular puede volverse en contra de la banda. La presentación termina y aparecen los británicos ante el delirio y los aplausos del público. Al centro Ozzy, acompañando a sus lados por Buttler y Iommy, a la batería Tommy Clufetos y algo escondido está el teclista Adam Wakerman, hijo del archiconocido teclista Rick Wakerman. Los dos últimos como todos sabemos provienen de la formación actual de Ozzy en solitario.

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El show empieza con “Black Sabbath”, donde Tommy Iommy y Geezer Buttler ponen la presencia, profesionalidad y porte, Ozzy la locura donde a lo largo del show nos entretiene con sus salidas de tono y su carisma. Clufetos lo pondríamos en el caso de los Rival Sons, sabe que es un buen escaparate para el público a pesar de llevar una temporada con Ozzy, se dejó la vida en el escenario y dio toda una demostración de poderío intentando hacer olvidar la gran ausencia de Ward. Clufetos hizo toda una exhibición de fuerza a lo largo del show.

El guión de la actuación no varía al set list que llevan tocando de toda su gira, clavando todos los temas en el mismo orden y sonando clásicos satánicos y malandrines como “Fairies wear boots”, “After forever” ,”Snowblind”, “War pigs”, “Into the void” o “Rat salad” entre otras bellas melodías.

Ozzy dando el pego y mucho mejor que cuando lo vi en Zaragoza, donde en algún momento tuvo la osadía de dar algún pequeño saltito y moverse un poco más rápido de lo normal, no pidamos carreras a lo Axl Rose aunque ahora ni el mismo zanahorio puede hacerlas. Los trozos mutilados instrumentales de “Sabbath Bloody Sabbath”, “Megalomania” y “Supernaut” casi por la parte final del show te dejan como si te pusieran un caramelo en la boca y al instante te lo quitan, si las hubieran tocado enteras habría sido la leche.

También quedó curioso cuando sonó “Children of the grave”, empezaron a caer del cielo un montón de globos gigantes a la pista, el resultado era entre caótico y molón, donde dichas esferas son arrastradas por el respetable hacia el escenario llenándose por completo de globos gigantes. Como broche final terminaron con “Paranoid”, donde el estadio empezó a llenarse de papeles con el logo de los Black Sabbath, esto se acaba. Da igual que “Paranoid” la tengas escuchada hasta la saciedad, a mí me supo a gloria y todo el O2 se vino arriba, toda una experiencia, pelos de punta… Una vez terminado la banda se despide y el telón se cae con un triste y demoledor The end.

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Felices y saliendo ordenados nos fuimos a nuestro infecto agujero conscientes de que hemos visto algo histórico y ya veremos si repetible, eso depende de si necesitan más dinero los chicos. Viva el Metal, viva Black Sabbath.

Saints In Hell

Bathory – Under The Sign Of The Black Mark (1987)

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Dicen que los padres de lo que se ha venido a llamar Black Metal fueron Venom, Celtic Frost y los que nos ocupan, Bathory. Detrás de estos últimos se esconde únicamente un músico, el sueco Quorthon Seth, que se ha bastado él solito todos estos años para portar la bandera de uno de los estilos más extremos del Metal, si no el que más.

Lo bueno es que la música ejecutada por Bathory es de lo más simple que te puedas llevar al oído: es el vivo ejemplo de cómo desviar la atención de lo puramente musical a lo macabro, lo blasfemo y la mala leche. Sólo hay que ver la devoción incondicional que les rinden grupos punteros actuales como Cradle Of Filth para darse cuenta de que lo que prima en este caso es la imagen y la caña sin tregua.

Este, su tercer disco, grabado en los estudios Heavenshore de Estocolmo en 1986 y producido por Quorthon & Boss (su productor de confianza), posee todos y cada uno de los clichés característicos del estilo, desde la caña incontrolada de la batería a piñón fijo, las quintas de guitarra a toda pastilla y las voces de ultratumba hasta los textos más sangrantes (vírgenes sacrificadas en la noche, infiernos ardientes, etc.). En fin, no apto para devotos de Bon Jovi.

Aquí sí que no cabe resaltar unos temas por encima de otros: desde la intro “Nocternal Obeisance” hasta el “Epilogue” final, todos y cada uno de los temas llevan un aire similar, si bien el que más me ha llamado siempre la atención es ese “Enter The Eternal Fire” (un medio tiempo más maligno que el propio Bin Laden), con títulos tan ‘evocadores’ como “Massacre”, “13 Candles”, “Call From The Grave”, “Equimanthorn” o “Woman Of Dark Desires”, todos con una mala hostia increíble y de una simpleza anormal.

Para los que no conozcáis al grupo decir que no todos los álbumes que han editado llevan una onda similar a éste; el bueno de Quorthon, inquieto de él, ha ido evolucionando de un Black primitivo y seco (primeros discos) a un metal vikingo más propio de Manowar que de una banda de Black Metal (ver “Hammerheart”, “Twilight Of The Gods” o el más reciente “Blood On Ice”), pasando por una etapa intermedia Thrash (“Requiem”, “Octagon”) en la más pura vena Slayer. Para todos los gustos, como veis. Y dicen que ha vuelto…

Bubba

(Publicado originalmente en THE SENTINEL WEB MAG durante el primer lustro de la era 2000)

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