BLACK SABBATH – O2 Arena (Londres), 31 de enero de 2017

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ALGUNOS TRENES NO DEBEN DEJARSE ESCAPAR

Los que llevamos una temporada en esto del rock tenemos eventos que los redondeas con un círculo, los pintas en fosforito o de cualquier color que te salga de las narices o te los tatúas en cualquier sitio del cuerpo. Trenes que sabes que sólo pasan por tu parada una vez o escasas veces en tu vida. Oportunidades que las tienes que coger a la primera y al vuelo. Esto es lo que podríamos decir un intento y burdo literario ejemplo.

En un año como este 2017, donde los acontecimientos musicales en directo de relumbrón van sucediendo constante e incesantemente, entre shows de efemérides de discos clásicos donde grupos de renombre aprovechan para hacer caja, “comebacks” de grupos vetustos donde gastan sus últimos cartuchos para conseguir el dinero que les falta para gozar de una jubilación placentera tocando la fibra del débil y friki amante musical, y él apogeo “festivaril”, hacen que tengas que asaltar un banco para poder asistir a tanta oferta melómana.

Ozzy, Iommi y Butler saben que ya están en el crepúsculo de su carrera. Además la edad no pasa en balde y con la vejez vienen los problemas de salud, el cansancio físico y decrecen las ganas de currar, claro. Una retirada a tiempo es una victoria, dice el refranero clásico, y los de Birmingham tienen claro que están mejor bebiendo pintas o cócteles más refinados en un pub o terraza que dejándose los cuernos en el escenario, y que esta moda nostálgica les viene “dabuti” para llenar un poco los bolsillos.

A lo largo de mi vida como oyente del rock y del metal Ozzy y sus escuderos estuvieron ahí: En mis primeros cabezazos y “air guitars” en un garito, en mis primeras borracheras, y aunque nunca he sido un seguidor “die hard” de los ingleses, reconozco y confieso que cuando me propusieron ir a ver a Londres la gira final de los Black Sabbath no lo dude ni media vez. Puede que hagan un “Scorpions”, todos conocemos cómo es Ozzy, tan auténtico como impredecible, pero la oportunidad de pisar y saborear la acústica de estadio grande fuera de España es una oferta que me era difícil de rechazar, una experiencia que sabía que me iba a encantar y que difícilmente lo vaya a repetir. Al menos a corto plazo.

ESTA CASA ES UNA RUINA

La espera entre que adquirimos las entradas y el día del concierto fue larga, casi medio año. Ya no eran los nervios y el ansia por verlos, sino las noticias sobre la salud de Ozzy y sobre todo de Iommi, que salió de un linfoma, hacía temerse lo peor, pero afortunadamente Tony venció a la enfermedad y para felicidad de muchos siguió vivito y rockeando.

Llegó el día y 4 bandidos contando con el que suscribe fuimos a la pérfida Albión para tachar una asignatura musical troncal pendiente. Para ver, dar respeto y despedir a los padres del metal. Una vez pisamos territorio guiri, cuando fuimos a localizar nuestra “base de operaciones” tuvimos la sorpresa de encontrarnos en vez de un sitio para descansar un agujero infecto digno de barrio chungo de película de niggers hasta el ojete de crack y mierda.

Ya de primeras el portal ni tenía letrero ni nada que lo identificara, Chelsea Rooms se llama el zulo, quedándome corto, por lo que nos fue complicado dar con él incluso con los GPS, pero gracias a nuestra insistencia lo localizamos. El portal estaba cerca de un local chino donde arreglan uñas. Veías desde fuera de la calle el interior y la cosa ya no prometía desde el minuto cero.

Puertas de las habitaciones con desperfectos, una habitación abierta sin pestillo cerca de la cocina con chinos durmiendo, restos de comida en la escalera, un par de aseos comunitarios que daba cosa hasta cagar. Lo de ducharse ya es una utopía. Algún resto rojizo en las sabanas de la cama. Unos de mis vecinos tenía una conversación no muy amigable en un idioma que yo no entendía, ya que las puertas eran tan finas que oías hasta el pedo de una cucaracha. En resumen, hasta la madre de Norman Bates saldría cagando hostias del sitio. Home sweet home.

Menos mal que sólo lo utilizamos para dormir y dormimos poco. La forma en que conseguimos las llaves fue un poco surrealista también, por medio de un código tuvimos que abrir una caja como si fuera un videojuego tipo survival horror, la atención al público era igual al aspecto de nuestro alojamiento, chungo de cojones.

Dejamos atrás nuestro lujoso hogar y decidimos empaparnos de cultura británica, sobre todo bares del ramo metalero por la zona del Soho, donde se nos acopló una pareja sueca fan de los Sabbath más ciegos que Alfredo, y donde te das cuenta por qué los ingleses en Benidorm se pillan los pedales que se pillan: mini chupitos de Jagger a precio de oro, normal que cuando llegan a España los hijos de puta se pongan como las Grecas.

Llegó el momento, y al día después de una jornada matinal en Candem nos adentramos al 02. Ya en la salida del metro cercano un tipet con guitarra y ampli en ristre nos da la bienvenida tocando temas de los Sabbath y poniéndonos un improvisado pequeño tráiler de lo que vamos a experimentar dentro de unas horas.

AFTER FOREVER

Ya cuando te adentras por los aledaños del O2 se respira el aire de gran evento que tanto me mola. Se palpa el ambiente de noche de gala. El recinto es impresionante, a pesar de mi edad iba a ser la primera vez que iba a pisar un gran recinto fuera de la piel de toro y nada más salir de la boca del metro sabía que iba a ver un gran show. Me sentía inmensamente feliz. Después de coger las entradas, comprar la camiseta y el previo de rigor, avanzamos dentro del enorme recinto que es el O2.

El O2 es un centro comercial gigante lleno de restaurantes, salas de cine, museos y otros locales variopintos lúdicos, un pueblo de ocio en toda regla, vamos. La seguridad es extrema, donde además de la casi inexistencia de papeleras a lo largo del interminable recinto por posibles regalos terroristas hay que pasar por un detector de metales digno de un aeropuerto, aquí no dejan nada al azar y la seguridad es lo primero. Los acontecimientos de la sala Bataclan han hecho mella.

Una vez dentro y situado en mi asiento numerado, Rival Sons salen al ruedo bajo los acordes del “The good the bad and the ugly” del inimitable Morricone. Saben que son los convidados de piedra, el segundo plato del día. Ellos lo reconocen y nos lo sueltan en el breve comentario que nos expone dentro de su aún más corta actuación, estamos teloneando a los Black Sabbath en su gira final, para nosotros es “insane”, o sea, la puta hostia que nos parió. Les da igual si el público les hace caso o que conozcan su obra. Estando ahí ya se dan por servidos y felices. Vinieron, tocaron y enseñaron sus cartas al público. Suenan como un tiro, en 8 temas despacharon su instantánea actuación sonando temas como “Electric Man”, “Tied Up” o “Keep on Swinging”. Grupo a tener en cuenta.

Terminado Rival Sons aparece el telón con el logo de Black Sabbath, y después de un corto espacio de tiempo en las pantallas aparece una especie de corto de animación hecho con gráficos por ordenador sacados de un videojuego de la Play 3, donde aparece un demonio bastante cutre que parece sacado de un juego de la Nintendo 64.

Hay que tener cuidado con eso de las intros hechas por ordenador porque en vez de quedar espectacular puede volverse en contra de la banda. La presentación termina y aparecen los británicos ante el delirio y los aplausos del público. Al centro Ozzy, acompañando a sus lados por Buttler y Iommy, a la batería Tommy Clufetos y algo escondido está el teclista Adam Wakerman, hijo del archiconocido teclista Rick Wakerman. Los dos últimos como todos sabemos provienen de la formación actual de Ozzy en solitario.

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El show empieza con “Black Sabbath”, donde Tommy Iommy y Geezer Buttler ponen la presencia, profesionalidad y porte, Ozzy la locura donde a lo largo del show nos entretiene con sus salidas de tono y su carisma. Clufetos lo pondríamos en el caso de los Rival Sons, sabe que es un buen escaparate para el público a pesar de llevar una temporada con Ozzy, se dejó la vida en el escenario y dio toda una demostración de poderío intentando hacer olvidar la gran ausencia de Ward. Clufetos hizo toda una exhibición de fuerza a lo largo del show.

El guión de la actuación no varía al set list que llevan tocando de toda su gira, clavando todos los temas en el mismo orden y sonando clásicos satánicos y malandrines como “Fairies wear boots”, “After forever” ,”Snowblind”, “War pigs”, “Into the void” o “Rat salad” entre otras bellas melodías.

Ozzy dando el pego y mucho mejor que cuando lo vi en Zaragoza, donde en algún momento tuvo la osadía de dar algún pequeño saltito y moverse un poco más rápido de lo normal, no pidamos carreras a lo Axl Rose aunque ahora ni el mismo zanahorio puede hacerlas. Los trozos mutilados instrumentales de “Sabbath Bloody Sabbath”, “Megalomania” y “Supernaut” casi por la parte final del show te dejan como si te pusieran un caramelo en la boca y al instante te lo quitan, si las hubieran tocado enteras habría sido la leche.

También quedó curioso cuando sonó “Children of the grave”, empezaron a caer del cielo un montón de globos gigantes a la pista, el resultado era entre caótico y molón, donde dichas esferas son arrastradas por el respetable hacia el escenario llenándose por completo de globos gigantes. Como broche final terminaron con “Paranoid”, donde el estadio empezó a llenarse de papeles con el logo de los Black Sabbath, esto se acaba. Da igual que “Paranoid” la tengas escuchada hasta la saciedad, a mí me supo a gloria y todo el O2 se vino arriba, toda una experiencia, pelos de punta… Una vez terminado la banda se despide y el telón se cae con un triste y demoledor The end.

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Felices y saliendo ordenados nos fuimos a nuestro infecto agujero conscientes de que hemos visto algo histórico y ya veremos si repetible, eso depende de si necesitan más dinero los chicos. Viva el Metal, viva Black Sabbath.

Saints In Hell