Alice In Chains – Dirt (1992)

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Hay discos que marcan un antes y un después y “Dirt” se engloba dentro de esta categoría. Alice in Chains tuvieron todo en sus manos para convertirse en leyenda: originalidad, carácter propio y una mente prodigiosa para hacer de lo decadente algo épico. Dados los años de ruptura que les tocó vivir, en los que el hard rock americano de los ochenta iba llamando a su fin y una serie de bandas procedentes del estado de Washington hacían sus pinitos en esto del rock con bastante buen tino, su música se engrandeció más si cabe, siendo a posteriori una influencia para nuevas generaciones de rockeros e incluso para muchos artistas legendarios que vieron en ellos el camino del futuro (Metallica, Kiss u Ozzy eran seguidores del cuarteto). Pero, al igual que la leyenda se iba cimentando sobre los dos primeros álbumes del grupo, sus protagonistas, especialmente Layne Staley, iban forjando otra sobre su adicción a las drogas. El resultado, conocido por todos, fue la desaparición oficial tras la grabación de uno de los mejores “unpluggeds” que jamás se han publicado y más tarde un vaivén continuo de rumores acerca de posibles reuniones que todavía rondan nuestras esperanzas.

¿Cómo se desencadenan los hechos para que estos cuatro chicos llegaran a “Dirt”? Un local de ensayo en The Bank, lugar donde se conocen, les vio dar los primeros pasos. Cada uno procedía de bandas noveles como Alice N’Chains, Diamond Lie o Gypsy Rose y a partir de ahí formaron el embrión de AIC. Layne Staley, Jerry Cantrell, Sean Kinney y Mike Starr acabaron cuajando un sonido personal inimitable, lo cual no quita que en sus primeras demos mostraran cuán rockeros de pro eran: en esas cintas del ’87 y ’88 “I can’t have you blues” tenía un poco de Poison, “Whatcha gonna do” otro poco de Guns N’Roses e incluso ensayaban versiones de Hanoi Rocks. El año 1990 marca la partida hacia una carrera frenética: aparece el debut discográfico de la formación, “Facelift”; graban un vídeo en directo en el Moore Theater de su Seattle natal; “Man in the box” provoca sus efectos en la MTV americana; son nominados a los Grammy por primera vez (luego vendrían más y el resultado sería el mismo, es decir, irse con las manos vacías de tan “prestigioso” evento); se embarcan en el tramo yankee del Clash of the Titans (en Europa Suicidal Tendencies ocuparon su plaza)… Casi sin respiro se metieron a grabar una serie de temas con la idea de que alguno de ellos apareciera en la película “Singles”. “Would?” se llevaría el gato al agua, pero por el camino quedarían piezas que no dudaron en publicar en un EP titulado “SAP”. Además de conformar lo que sería el futuro material de “Dirt”, las canciones de “SAP” contaron con amigos de la banda como Chris Cornell, que cedería sus extraordinarios agudos en “Right turn”. Una vez finalizado este periodo, se ponen manos a la obra con su segundo larga duración. Dave Jerden se pone detrás de la mesa de mezclas y produce el álbum. La amalgama de sentimientos que invade la vida del cuarteto hace el resto: inspiración, emotividad y honestidad en carne viva. “Dirt” sale al mercado en abril de 1992 y la primera parte del tour consiste en abrir para Ozzy Osbourne por tierra patria, con el desafortunado añadido que supuso un accidente de Layne que le obliga a actuar en las condiciones más curiosas como silla de ruedas, sentado en un sofá (¿?), etc. A continuación vendría el Lollapalooza, del que fueron cabezas de cartel compartiendo escenario con Tool y Rage Against the Machine entre otros. Por aquel entonces, Mike Starr había abandonado el grupo, siendo reemplazado en plena gira europea por el bajista de Ozzy en “No more tears”, Mike Inez. De este modo, el círculo de “Dirt” tocaba a su fin y en 1994 se había convertido en doble platino, corroborando el éxito y la reputación logrados.

El álbum contiene los tópicos que enarbolaron la generación grunge, es decir, explora sentimientos oscuros que rompen con la filosofía angelina de “sexo, drogas y rock’n’roll”. Las letras hablan del miedo a la muerte, secuelas de guerra, relaciones turbulentas o drogas, pero desde un punto de vista tan cruel y honesto que muestra la desolación de alguien realmente enganchado y enfermo. En fin, que en palabras de AIC difícilmente se le hace a cualquiera un tema divertido como nos habían contado siempre. Así, esa dimensión humana fue una constante en los grupos de los primeros años noventa, tratando de enterrar la figura del “rock star” a toda costa y aún a sabiendas de que gente como el mismo Staley, Vedder o Cobain eran idolatrados por sus fans.

Gran parte de la magia de “Dirt” reside en el contraste que hay en las composiciones, capaces del pasaje más triste, desesperado o hipnotizante y el optimismo y la gloria absoluta. Las notas de Jerry Cantrell se inventan una gama de riffs eclécticos y alucinógenos imposibles de imaginar. Sumada a éstos, la sinergia que resulta de las voces de Staley y Cantrell, ya de por sí dos buenos vocalistas, introduce al oyente en una espiral de sensaciones surrealistas. Hablar de las voces de esta pareja son palabras mayores ya que posiblemente sea de lo mejor que dio la década pasada, junto a Mike Patton y Mr. Cornell. Esa facilidad para pasar de un estado de ánimo a otro se aprecia sobre todo en los estribillos, los cuales esconden la sensación de euforia que te acaban dejando los temas. “Junkhead”, por ejemplo, que a primera vista pudiera parecer insípida, rompe el ritmo monótono y cansino de sus estrofas centrales en un estribillo melódico imprevisible que la hace grandiosa. “Them bones”, “God smack” y “Angry chair” repiten esa misma virtud. “Sickman”, la más cañera del disco, y “Dirt”, por su lado, tienen un punto más caótico y paranoico en comparación con las anteriores. Lo mismo se puede decir de “Hate to feel”, lenta y heavy en una adaptación personal del estilo de Black Sabbath. Pero es en las piezas tranquilas donde se lucen verdaderamente. “Rooster” pone la carne de gallina. La letra relata las cicatrices de los veteranos de guerra. Jerry Cantrell limaba asperezas con su padre dedicándole esta canción estremecedora y autobiográfica asociada al episodio de Vietnam. “Down in a hole” no se queda atrás y es la otra joya que Cantrell reservó para este álbum. Contagia depresión y tristeza como pocas, pero es una gozada meterse de lleno en ella para llegar a sentirse uno el tipo más desgraciado del mundo (“down in a hole, feeling so small…”).

“Rain when I die” y “Would?” aportaban un toque más llevadero y accesible, sin perder la melodía en ningún instante y emocionando como cualquier otra, aunque con intención de llegar al gran público (lo cual no es criticable si recordamos que “Jar of flies” fue un EP superventas y los “No excuses” y “I stay away” sonaban increíblemente bien). “Dam that river” introduce una pizca de hard rock fresco que recicla los claroscuros y la mezcla de estados que expresa el trabajo. Para anécdota, “Iron gland”, que es un cúmulo de gritos de ultratumba y guitarra de fondo en el que Tom Araya tiene una mínima aparición estelar.

Es una lástima que la banda diera carpetazo a su carrera tras “Alice in chains”, su último y más “enfermizo” trabajo. Un icono de la escena grungie de Seattle, un grupo de rock que ha escrito una página importante en la música de los noventa… Una cosa u otra, no cabe duda de que Alice In Chains se han hecho más grandes con el paso de los años. Que regresen depende exclusivamente de la salud de Layne Staley, que vive apartado en continua rehabilitación para tratar su adicción a las drogas. Real y deliciosamente miserable como la vida misma, al igual que la música de los Chains.

J. A. Puerta

(Publicado originalmente en THE SENTINEL WEB MAG durante el primer lustro de la era 2000)

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DE REGRESO AL “SNAKEPIT”

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En un intento de recuperar la energía de momentos inolvidables del pasado, hemos echado un vistazo al archivo de crónicas de antiguos conciertos y nos hemos topado con estas dos críticas de los shows que dieron Metallica en Barcelona y Madrid en noviembre de 1992 y junio de 1993 respectivamente. Publicadas originalmente en el fanzine Erukto por esas mismas fechas, hemos incluido aquí una revisión de las mismas con el fin de transmitir la relevancia de aquellas giras que encumbraron a Metallica en lo más alto del panorama metálico. Más que un ejercicio de nostalgia es un trabajo de documentación que pretende ofreceros lo que fue un tour ya considerado histórico tal y como se desarrolló en aquel lugar y tiempo en palabras de quienes lo vivimos en primera persona. Esperamos que lo disfrutéis y que os agrade la iniciativa.

Palau Sant Jordi, Barcelona, Jueves, 12 de noviembre de 1992

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Metallica volvieron a meterse en los bolsillos al público barcelonés y de otros puntos de España con un concierto demoledor que duró más de tres horas y que nunca olvidaremos todos los que pudimos ver y flipar con la descarga del cuarteto.

El concierto comenzó sobre las 21:20, con un vídeo de treinta minutos de duración en el que se recogían imágenes de su actual gira, entrevistas, video-clips, tomas de la peña que asistió al evento y un pequeño homenaje a Cliff Burton. Metallica aparecían de vez en cuando en directo desde el backstage hablando un poco en castellano (memorable la frase de Hammet, “Mi casa es tu boca”, que después quedó aclarada para cachondeo de la gente) y vacilando con la peña.

El concierto arrancó con la ya habitual música de la película “El bueno, el feo y el malo”, que dio paso a “Enter sandman”, con explosión incluida, lo cual hizo que la reacción del público fuera aún mayor. A “Enter” le siguieron “Creeping death” y “Harvester of sorrow” casi sin respiro; tocaron todos sus medios tiempos como “Welcome home”, “The unforgiven”, “Nothing else matters”, “Fade to black” y “One” (estas dos últimas con unos buenos efectos visuales a base de pirotecnia que te ponían los huevos de corbata).

El repertorio fue variado, tocando los viejos temas como “Seek & destroy”, “Whiplash”, “For whom the bell tolls”, la primera parte de “Master of puppets” y un medley de “…And justice for all”. Del último disco tocaron “Sad but true”, “Wherever I may roam”, “Through the never” y las ya citadas “Enter”, “Nothing” y “Unforgiven”. En cuanto a los solos, Jason “the boss” Newsted se hizo la intro de “My friend of misery” más su respectivo solo con la colaboración del respetable. A este se unió Kirk “perilla” Hammet y los dos juntos tocaron un fragmento de “Dazed and confused” de Led Zeppelin, para luego quedarse solo el guitarra solista e interpretar la vacilona música de “La hora de Alfred Hitchcock”.

Como bises eligieron “Nothing”, “Last caress”, “Am I evil”, “Battery”, “One”, el comienzo de “Fight fire with fire” (dejando a nuestro amigo Pablo a medio pogo) y, ya por último y a insistencia de la peña, “Stone cold crazy” de Queen.

Hay que destacar la buenísima conexión entre público y grupo, factor decisivo para que el concierto resultara apoteósico, y el buen rollo de James Hetfield y Lars Ulrich, los más comunicativos de la banda. Tampoco olvidemos “la cremà” que se pegaron los de seguridad y los que estábamos en primera fila. Era tan ganso como para asarte unos pinchos morunos a distancia.

Texto original (Erukto’zine, 1992): Juancar In Chains

 

Estadio del Rayo Vallecano, Madrid, Viernes, 18 de junio de 1993

Metallica

Hay mucho que agradecer a quien se le ocurrió la idea de colocar en primer lugar del cartel a The Cult; más que nada porque de los tres grupos que actuaban era el único que hacía hard rock, bastante lejos del estilo musical de Suicidal Tendencies y Metallica. Además, prefirieron prevenirse de malos acontecimientos… muchos nos acordamos de Tesla en el Monsters of Rock 1991 (entre Legion y Metallica) o de Gun (entre Pantera y Megadeth), que ya tuvieron lo suyo por culpa de unos cuantos gilipollas que no respetan a nadie.

THE CULT

El set que realizaron fue corto, pero suficiente como para dejar clara la calidad de la banda. De lo mejor del concierto fue la puesta en escena, con un Billy Duffy que demostró su técnica de guitarra y su carácter sobrio y concentrado sin desfasarse lo más mínimo. Por su parte, Ian Astbury era todo lo contrario; se movía por el escenario de un lado a otro haciendo virguerías con el micro, que no se lo cargó de un porrazo contra el suelo de milagro. Cachondeo cuando Astbury le dedicó una canción al cabrón que le lanzó un bocadillo (la historia se repite), achacándole que ya hay suficiente miseria en el mundo como para ir tirando comida por ahí (un discurso muy apropiado para la ocasión). La escenografía era sencilla, mostrando en el fondo del escenario el logotipo del grupo. El repertorio fue completo, destacando temas como “Wild flower”, “She Sells sanctuary” o “Earth mo-fo”. A mi parecer, lo único reprochable de la descarga de The Cult fue que no tocaran “Wild hearted son”, pero eso ya son opiniones de cada uno.

SUICIDAL TENDENCIES

La gente aún no había comenzado a moverse, pero era de esperar que con el concierto de las huestes de Mike Muir el estadio empezara a ebullir y así fue. Y es inevitable, cuando escuchas la intro tras la cual sale el grupo y Mike pega el grito inicial de “You can’t bring me down” no tienes otro remedio que botar como un poseso o ignorar lo que sucede, lo cual no es recomendable. Suicidal son una banda totalmente extrema y me atrevo a decir que similares a Pantera en directo (ojo, no hablo de similitud de estilo, que es bien distinto!). Se les concedió un poco más de espacio que a The Cult ya que tenían su equipo preparado justo detrás. Curioso era ver como los amplificadores de Suicidal llevaban impresa la palabra “hate”. Demostraron ser un grupo bien conjuntado, aunque parezca a priori que Muir es el frontman y los demás no tienen protagonismo alguno. Para presentar los temas, Mike se ponía de cuclillas y susurraba como una niña pequeña asustada con sonrisa sarcástica y su forma de moverse por el escenario era un espectáculo único. El grupo arrasó al grito de “Suicidal!” y, a pesar de su condición de teloneros, triunfaron gracias al amplio repaso que realizaron de su último trabajo, “The art of rebellion”, y de temas antiguos como “Send me your money” (con unos coros algo pobres) o “Lovely”. ST dejaron claro que saben conjugar la caña más frenética con un cocktail de ritmos melódicos.

METALLICA

Antes de comenzar la actuación de Metallica pude ver cómo entraban al “snakepit” las diferentes personas agraciadas por los concursos de turno o los “enchufados”, entre los que pude distinguir a Mike Tramp (líder de Freak of Nature y ex-White Lion), y todavía me pregunto qué hacía ese tipo ahí viendo a Metallica, cuando en viejas declaraciones los había puesto a caldo. Dado que su banda estaba de gira por España en esas fechas, se pudo deber a ello.

Suena la intro de todos sus conciertos, “The good, the bad & the ugly”, y entran en escena los “cuatro jinetes” al son de “Creeping death”, que suena más estridente que nunca. No han cambiado mucho desde que iniciaran la gira allá por 1991: Hetfield sigue con la misma mala leche que le caracteriza; Ulrich lidera desde su batería móvil; Newsted, un poco raro con el pelo corto, con la misma vitalidad de siempre y luciendo una camiseta de Jimi Hendrix; y Hammet (con gorra de Motörhead), que a pesar de su sencillez se ha convertido en un fuera de serie y aporta el sonido de guitarra inconfundible de Metallica. Durante una buena parte del concierto estuvo lloviendo a cántaros, pero aquello pareció estimular al grupo para tocar con más garra de la habitual. Pensaba que no podrían mejorar lo ofrecido en el show del Palau de unos meses atrás pero me equivoqué por completo. Metallica están en un estado de forma imparable.

Sonaron gran cantidad de temas: “Harvester of sorrow”, “Welcome home (Sanitarium)”, “Wherever I may roam”, “The unforgiven”, “Fade to black”, “For whom the bell tolls”, “Seek & destroy”, “Whiplash”, “Master of puppets”, etc. Si no fuiste al concierto, quizá creas que el set list era idéntico al de la gira 91-92, pero nos sorprendieron con números como “The thing that should not be”, “Disposable heroes” (tal y como lees!), un medley de “Orion”, “To live is to die” y “Call of Ktulu”, donde fueron intercalando solos de Kirk y alguna que otra virguería de Jason.

Entre los cambios que noté en el set, el más notable es la importancia que ha adquirido Kirk en los directos de esta, la tercera parte de la gira del álbum “Metallica”. Mientras antes nos tenía acostumbrados a verlo en una actitud más tranquila y pasiva, ahora se recorre el escenario entero, anima a la gente y su calidad como guitarrista se pone de relieve. No exagero si digo que por lo menos en unas 5 o 6 canciones hacía algún solo espontáneo aparte del par que realiza casi de forma obligatoria en cada concierto.

La escenografía era alucinante: los dos esqueletos a cada lado del escenario, el pasillo en forma de U delante, la iluminación, las tres placas de aluminio, etc. Otro detalle fue las explosiones, que dieron un susto a más de uno, y es que eran auténticos petardazos lo que estallaba en temas como “Enter sandman” o el comienzo de “One”.

No destacaría canciones porque todas sonaron de maravilla, pero “Master of puppets” y “Last caress” estuvieron sencillamente perfectas. Una novedad es que tocaron “Of wolf and man”, no incluida en las dos giras anteriores del álbum. Ambiente especial se vivió en “Nothing else matters”, que abrió los bises, y “Sad but true”, que sonó más lento de lo normal. Para el final, “Enter sandman” cerró la actuación y que, aun gustando y mucho, pienso que como tema de apertura queda mejor.

Al final, el típico cachondeo que se monta la banda y la despedida extendiendo una pancarta con el logo del grupo y demás.

Aunque pertenezcas al sector crítico de la banda por sus dos últimos vinilos, ante conciertos así no hay más remedio que quitarse el sombrero, te lo aseguro.

Texto original (Erukto’zine, 1993): J. A. Puerta

 

LA MATANZA DE TEXAS (1974)

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Capítulo 1. Siglo XVI.

Alexander Sawney Bean nació cerca de Edimburgo, Escocia. Su padre era una especie de obrero y tuvo una infancia normal, después Sawney se dedicó al mismo oficio de su progenitor. Pero Sawney era bastante gandul y no se le daba bien esa faena, bueno, no se le daba bien ninguna. La cosa fue empeorando cuando se lió con una mujer de nombre Agnes Douglas, que tenía una forma de pensar bastante perversa. Ambos decidieron abandonar a sus respectivas familias e irse a vivir a una cueva en plan hippie en la costa Bannane Head, cerca de Galloway.

En ese sitio lo que decidieron era follar como conejos, bueno, como todos sabemos en esas épocas no había televisión, mucho menos internet y sobretodo el whatsapp, y como he comentado antes la parejita alegre no querían trabajar, por lo tanto las horas muertas las tenían que pasar de alguna forma, ¿no? De esas mete-saca sessions llegaron a procrear 8 hijos y 6 hijas, y mediante el incesto llegaron a tener 18 nietos y 14 nietas.

Los Bean subsistieron durante mucho tiempo atacando y asaltando a los viajeros que pasaban por la zona de noche. Las víctimas del clan Bean eran asesinadas y llevadas a la cueva, donde sus cuerpos eran devorados por los miembros de la familia. Los restos eran generalmente arrojados al mar y las olas arrastraban dichas partes humanas, depositándose en playas cercanas para horror de los pobladores que vivían en los aledaños de las mismas.

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Su sistema de ataque y de selección de víctimas era este: algunas veces atacaban de cuatro a seis viajeros al mismo tiempo si iban a pie, pero nunca a más de dos si iban a caballo. Eran tan precavidos que tendían dos emboscadas, una delante de la otra, para evitar que alguno de los atacados pudiera escapar por si se había librado de los primeros asaltantes. A raíz de tantas desapariciones y tanto encuentro de cadáveres, la gente estaba acojonada ante tales hechos, y fueron enviando espías y guardias a aquellos lugares para ver si encontraban alguna respuesta para esas macabras preguntas; la mayoría de ellos no regresaron, y los que lo hicieron, después de llevar a cabo minuciosas investigaciones y pesquisas, no pudieron dar con las causas de aquellos misteriosos sucesos.

La buena racha de los Bean terminó cuando atacaron a un matrimonio; si bien la esposa murió en el combate, el marido consiguió hacerles frente exitosamente con su espada y su pistola, y logró mantenerlos a raya hasta que apareció un grupo de viajantes y los Beans debieron huír. En el transcurso de la lucha la pobre mujer cayó del caballo, e inmediatamente fue asesinada ante los ojos de su marido, ya que las mujeres caníbales que estaban en el grupo de asalto la degollaron y empezaron a chupar su sangre con tanto placer como si fuera vino; después le abrieron el vientre y le sacaron las entrañas. El horrendo espectáculo hizo que el hombre redoblara sus esfuerzos por defenderse, sabedor de que si caía en manos de sus enemigos correría la misma suerte.

Como he comentado antes, la suerte se puso del lado de él, y mientras luchaba desesperadamente se presentaba un grupo de veinte o treinta hombres que iban de paso; ante partida tan numerosa, Sawney Bean y su sanguinario clan decidieron retirarse a su madriguera, cruzando un tupido bosque.

Habiendo sido revelada su existencia al mundo, no pasó mucho tiempo hasta que el propio rey de Escocia, James VI, tomase cartas en el asunto y encabezase una partida de cuatrocientos hombres que logró localizar la cueva del clan Bean.

De ella encontraron piernas, brazos, manos y pies de hombres, mujeres y niños colgaban en ristras, puestos a secar; había muchos miembros en escabeche, y una gran masa de monedas de oro y de plata, relojes, anillos, espadas, vestidos de todas clases y otros muchos objetos que habían pertenecido a las personas asesinadas.

Los 48 miembros de la familia fueron capturados vivos y llevados primero a Edimburgo y luego a Glasgow, donde fueron ejecutados sin juicio. A los hombres se les cortaron las manos, pies y genitales, dejándoles desangrarse hasta la muerte. A las mujeres se las hizo ver el suplicio de los varones y luego se las quemó vivas. Si bien las crónicas no hablan de la edad de los Bean, si uno toma en cuenta que estuvieron “apenas” 25 años escondidos en la cueva, es más que probable que entre los ejecutados haya habido niños. Murieron sin dar la menor señal de arrepentimiento; por el contrario, mientras les quedó un hálito de vida, profirieron las más horribles maldiciones y blasfemias.

En el cercano pueblo de Girvan también hay una leyenda que habla de una mujer, hija mayor de Sawney, que abandonó la cueva y se instaló en aquella localidad, siendo aparentemente una ciudadana muy respetada. No obstante, cuando se descubrió la existencia del clan Bean, los aldeanos se enteraron de que la mujer era parte de la infame familia y la ahorcaron en un árbol que ella misma había plantado. La leyenda afirma que quien se para debajo de aquella planta, conocida como el Árbol Peludo, puede escuchar el sonido del cuerpo de la hija de Sawney Bean balanceándose.

Desdichadamente se desconoce la ubicación del Árbol Peludo, aunque actualmente se están llevando a cabo dos investigaciones para descubrirla y así atraer más turistas a Girvan. Las leyendas urbanas hablan que el clan Bean se habían cargado cerca de 1000 personas.

Capítulo 2. Siglo XX.

Edward Theodore Gein, también llamado el asesino de Plainfield, fue interrogado por la policía de Wisconsin, debido a la desaparición del Bernice Worden, dependienta y dueña de la ferretería; encontraron el cuerpo de la malograda Bernice colgada de los tobillos, decapitada y abierta por el torso. Ed Gein asesinaba a Bernice Worden, disparándole una bala con su viejo rifle de caza del calibre 22. También en esta ocasión se llevó el cadáver en la furgoneta, dejando el suelo del local encharcado de sangre. Pero esta vez habría un testigo, un espectador mudo. El libro de contabilidad de la tienda. En su última anotación figuraba el nombre de Ed Gein, a quién habría vendido su último anticongelante.

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Entre otros macabros hallazgos que la policía encontró en su casa: diez cabezas de mujer a las que les había quitado la parte superior, pantallas de lámparas y asientos hechos de piel humana, platos de sopa hechos con calaveras, más calaveras en los postes de su cama, órganos humanos en el frigorífico, un collar de labios humanos, una caja de zapatos con nueve vaginas, en el interior de su casa de madera 9 máscaras confeccionadas con tiras de piel procedentes de auténticos rostros humanos y con los cráneos colgados; todas conservaban el pelo y muchos más objetos hechos de partes de cuerpos humanos. Todos estos objetos fueron fotografiados y destruidos.

En el interrogatorio, Gein decía que él robaba tumbas de gente que fallecía recientemente y se las llevaba a su casa. Muchos de los cuerpos que robaba eran de gente conocida que el se enteraba de su fallecimiento por el periódico. Se le fue declarado enfermo mental y sólo le probaron dos asesinatos, el de una camarera y obviamente el de la dueña de la ferretería. Mucha gente decía que siempre que iba al bar donde trabajaba la camarera estaba en un fondo solitario y mirándola fijamente.

Mientras Ed Gein se encontraba detenido, su casa ardió hasta los cimientos, seguramente a causa de un incendio provocado. Su furgoneta fue subastada y el comprador hizo negocio con ella llevándola de tour por varias ciudades, y cobrando por ver su interior lleno de sangre y restos humanos.

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La causa principal de la enfermedad mental de Gein fue su madre, fanática religiosa y ser posesivo, ya que no dejaba a Gein relacionarse con gente y le mantenía encerrado en la casa. Su padre también era un pieza, ya que estaba todo el rato borracho. Con ese cuadro se sabía que Ed no iba a salir bien parado. Los psicólogos supusieron que se trataba de un caso de “Complejo de Edipo”, que Gein estaba enamorado de su madre y que a raíz de su muerte se obsesionó en buscar a alguien que la sustituyera, pues se encontró un extraordinario parecido entre sus víctimas y la madre. De niño buscaba el amor de su madre de manera obsesiva, que le era negado una y otra vez, fue así como en su mente se desarrolló una nueva personalidad, un Ed que odiaba a la mujer.

Capítulo 3. La película.

Estos dos episodios que he puesto sirven para documentar y ambientar un poco cuál fue el origen de una de las pelis de terror definitivas de la historia del cine, “La Matanza de Texas”, ya que tanto de las vidas del clan Bean como de la de Ed Gein se ha creado un género, y a su vez unas cuantas películas de dicho género. Además de “La Matanza de Texas”, también salieron “Psicosis” o “Las Colinas Tienen Ojos”, por enumerar algunas. Toda la película se rodó en Austin, pueblo donde nació Tobe Hopper, el director de la peli.

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Tobe Hooper fue profesor de Técnica Cinematográfica en la Universidad de Texas durante los años 60. El casting para la película se organizó entre los profesores y el alumnado de esa misma universidad. Lo curioso fue de dónde provinieron algunos fondos económicos de la película, nada más y nada menos de los beneficios que generó la película “Deep Throat”, lo que podíamos decir el inicio del cine x y una de las primeras pelis porno que se exhibió en salas de cine.

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El personaje que encarnaba a Cara de Cuero/Leatherface, Gunnar Hansen, llevaba alzas para parecer más alto, de ahí que no cupiera por las puertas y tuviera que agacharse. Además, los dientes de Cara de Cuero eran una prótesis que hizo el dentista de Gunnar Hansen. Tobe Hooper permitió a Gunnar desarrollar su personaje libremente. Este segundo decidió que sería un retrasado mental que ni siquiera aprendió a hablar, por ello visitó una institución mental para aprender a moverse y hablar como tal. Nunca se reveló la marca de la sierra eléctrica para no tener problemas legales, además de no motivar a ciertos lunáticos a comprar dicha marca. Se llegaron a hacer 3 máscaras para el personaje.

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Muchas de las heridas de Gunnar fueron reales, debidas a que no podía ver lo suficiente tras la máscara. Eso llegó a crear mucho pánico en el rodaje, ya que mucha gente del mismo podía ser presa de algún accidente, ya que la sierra eléctrica era de verdad. La ropa de Gunnar Hanssen no se lavó en el mes que duró el rodaje para no modificar nada (la llevaba puesta 16 horas diarias).

El personaje del abuelo lo hizo un chico de 18 años, en el que se sometió a un maquillaje de 36 horas (se tuvo que hacer todas las escenas en una sesión, obviamente). Los actores Marilyn Burns (Sally) y Paul A. Partain (Franklin) se llevaban tan mal en la vida real como en la película, lo que supuso una ventaja a la hora de rodar. Para contribuir al resultado final del largometraje, Robert Burns (director artístico) utilizó restos de vacas muertas, acentuando más el tono pseudo-realista/documental del film. Los esqueletos de la casa de Cara de Cuero son reales, la razón es que eran más baratos que los sintéticos.

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Muchos habitantes de Texas fueron aterrorizados con el comienzo de la película, ya que pensaron que se trataba de una película basada en hechos reales. En su estreno mundial, mientras se proyectaba la película, en la sala entraba un hombre disfrazado de Leatherface amenazando a los espectadores con una motosierra, lo que provocó infartos y denuncias. La película se mantuvo durante un año entero en determinados cines norteamericanos. El presupuesto fue de 140.000 dólares, y recaudó 50 millones de dólares en todo el mundo. Después del éxito, una segunda parte infumable y una tercera y cuarta parte que no he que querido perder el tiempo en ellas, además de un remake y una precuela que tampoco he tenido el gusto, o no, de conocerlas.

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(Publicado originalmente en ROCKSCALEXTRIC durante el tercer lustro de la era 2000)

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