Sepultura – Chaos A.D. (1993)

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A la hora de rebuscar en la discografía de estos hijos de la miseria de Sao Paulo, supongo que lo más lógico sería rescatar aquellos discos que les otorgaron la fama mundial (“Beneath The Remains”, 1989) y les consagraron como los sucesores predilectos al trono de Slayer (“Arise”, 1991), pero como esta reseña más que de lógica es producto de un calentón, me van a permitir vds. que les presente (o les recuerde) aquel revolucionario “Chaos A.D.”, que para mal o para bien removió los esquemas de lo que aburguesadamente se venía llamando Thrash Metal.

Y es que si en los grandes “Beneath The Remains” y “Arise” todavía se dejaban entrever los posos de las influencias de los brasileños (Celtic Frost, Sodom, Kreator o los propios Metallica, aunque desde luego más levemente que en “Morbid Visions” o “Squizophrenia”), en este “Chaos A.D.” rompieron con todo y registraron una obra que bien puede valer como punto de inflexión en lo que a música burra se refiere (no, no estoy hablando de Operación Triunfo).

Tras la genial portada (cómo no) de Michael R. Whelan y el cambio en los controles de Scott Burns a Andy Wallace, sin duda clave en el resultado final (¿quién dijo Thrash?), se escondía un trabajo que en su día noqueó al público thrasher por completo (menudo careto se nos quedó), pues si bien la brutalidad de los hermanos Max (guitarra y voz) e Igor Cavalera (batería), Andreas Kisser (guitarra) y Paulo Jr. (bajo) seguía intacta, las estructuras prototípicas del Thrash pasaron a mejor vida y se reinventaron a sí mismos de una manera francamente envidiable, aunque muchos no lo supiéramos apreciar en su día.

La tripleta inicial era de sacársela al fresco: “Refuse / Resist”, “Territory” y “Slave New World” (firmado a pachas entre Max y Evan Seinfeld, de Biohazard) eran violentamente incorrectos, tanto musical como letrísticamente, y si de sobras eran conocidas las limitaciones de la banda con sus instrumentos (chicos de barrio, vaya), estos cuatro forajidos del sur de las Américas suenan más creíbles que nunca (sobre todo Igor, que está descomunal). Para sorpresa (o desesperación) de muchos, la rapidez dejaba paso a la densidad en cortes como “Amen”, “Nomad” o en la inquietante “We Who Are Not As Others” (claro guiño al mítico film freakie de serie B), mientras que el letal “Propaganda” o el breve “Biotech Is Godzilla” (Jello Biafra) daban cancha al sector más bestia.

“Manifest” sirvió incluso de sintonía para algún programa de TV (Metalla, Viva TV), y para remate final del baile el grupo indagaba en la música indígena brasileña con el tribal “Kaiowas”, preludio de lo que harían posteriormente en “Roots”, y se atrevía con el genial “The Hunt”, originalmente de los New Model Army. “Clenched Fist” cerraba el plástico, y la cara de tonto tras la primera escucha era inevitable.

Para servidor un disco clásico es aquel que, por una u otra razón, significó un antes y un después en el mundo de la música, y este no me cabe duda que lo hizo. ¿Lo tienes? Pues estás tardando.

Bubba

(Publicado originalmente en THE SENTINEL WEB MAG durante el primer lustro de la era 2000)

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A Las Puertas del Siglo XXI

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Si alguien me hubiera dicho en plena fiebre The Doors a principios de los 90 que iban a volver a girar me habría reído en su cara directamente. Es más, si por aquel entonces lo hubieran hecho (lo de girar, porque alguna aparición esporádica sí que ha habido) se habrían quitado las hipotecas de un plumazo. Pero no, ha sido ahora, con la resaca febril bien pasada y con un suplente de lujo, Ian Astbury. Olé.

thedoors2Cuando me enteré de que su única actuación en España iba a ser en mi veraneante pueblo pensé que eso ya era rizar el rizo (¿salir a tirar la basura y ver a los Doors de paso?), pero en esta vida todo es posible, y efectivamente la noche del jueves 4 de diciembre de 2003 salimos a que nos diera un poco el aire y a ver a la banda de Ray Manzarek y Robby Krieger, como el que no quiere la cosa.

Esta vez pasé por completo de set-lists internautas, de crónicas previas y de cualquier dato externo que me robara el factor sorpresa, y eso que me llevé. A las diez y poco estaba, como de costumbre, en la barra del “whisky bar” rogando por una copa para calentar el cuerpo, nunca mejor dicho, y fue ver el apagón de luces y escuchar el “Carmina Burana” y dejar a la camarera con la palabra en la boca y salir cagando leches a situarme en el terraguero que había ocasionado la tormenta de la tarde, que nos hizo temer por la realización del evento.

Ataviado de copas para no tener que volver en un rato -Jimbo habría hecho lo mismo- nos situamos frente al escenario y ligeramente escorados a la izquierda, con una plaza hasta los topes y divisando la silueta de Morrison en plan esquela en las pantallas al son de la intro. Los pelos como escarpias. Y ahí está… “Keep your eyes on the road, your hands upon the wheel…”. Sí, es esa, la misma que viste y calza. Pedazo de “Roadhouse Blues” para abrir, y la gente medio entusiasmada medio “¿quién diantre es ese que se parece tanto a Jim Morrison?”. En las pantallas una carretera sin fin, y al frente un Astbury rollizo, de media melena y entonando como en sus mejores tiempos. Verás cuando caliente…

…y qué mejor para entrar en calor que “Break On Through” (to the other side), en la que ya pasamos de las estalactitas que nos crecen en el sobaco y nos entregamos sin reservas al show. Ray Manzarek todo un profesional, bien postrado ante su teclado y con las partituras en ristre, y “Roberto” Krieger –como le pusieron- disfrutando como un chaval. Le siguen “When The Music’s Over” y “Love Me Two Times”, especialmente buenas, y lo siento, pero a partir de aquí me pierdo (a conciencia). Uno que no gasta en libretas y que sigue viendo mal eso de copiar la reseña del vecino. Suena “The Changeling”, aquello que abría el definitivo “L.A. Woman”, así como el tema título, la espléndida “Love Her Madly”, de mis favoritas de siempre (cuando suena eso de “don’t you love her as she’s walkin’ out the door” el vello se levanta para ver lo que pasa), “L’America”, con la bandera estadounidense paseándose burlescamente de fondo, y un “Riders On The Storm” en el que curiosamente desaparece la tormenta y se traslada a las pantallas, truenos incluidos de fondo. Épico.

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A ver, qué más… ah, sí, “Alabama Song” (y vuelta al “Whisky Bar”) y “Back Door Man” para recordar viejos tiempos. No hubiera estado mal un “Take It As It Comes” para rematar el baile, pero está claro que nunca llueve a gusto de todos. Ian Astbury se permite reirse de Beckham y de su señora esposa, sabe Dios a cuento de qué, e incluso de animar con un “c’mon fuckers” al respetable, el cual le replica a pitidos. Está claro, a Jim se le permitía hasta lo de mearse en el público, pero a este las confianzas justas.

“Five To One” ni la reconozco (eso me pasa por no repasar), pero sin embargo es ver a Robby con la española y saber que efectivamente el “Spanish Caravan” que se marcaran hasta los Medina va a sonar esta noche en su formato original. Y cómo suena…

“Carry me Caravan take me away

Take me to Portugal, take me to Spain

Andalusia with fields full of grain

I have to see you again and again

Take me, Spanish Caravan Yes, I know you can…”

A veces la vida es bella, como decía la peli. Pasajes largos, ambientales, la base rítmica sonando muy compacta y definida, y los maestros improvisando y disfrutando como chiquillos (Ray Manzarek se come literalmente el piano). Y Ian Astbury… qué voy a decir de Ian Astbury, si soy un incondiconal de los Cult. De hecho hasta Robby le soltó algún piropo. Salta, se descoyunta, grita descarnadamente… en fin, que no se me ocurre una reencarnación mejor del Morrison de las postrimerías (“Morrison Hotel”/”L.A. Woman”). Cada vez que mentaba eso de “L.A. Woman” no podía evitar acordarme de “Fire Woman”, lo mismo que con “Light My Fire”.

Pues eso, que también cayó la de la cabra. Los que habían ido con la entrada regalá, que de eso por aquí hay mucho, ya podían irse a acostar tranquilos. Un montón de temas que deberían haber sonado (y los que se me olvidan, ustedes disculpen), pero la sensación de satisfacción latente. Y la gran duda… ¿son lícitas estas Puertas? En un principio tenía mis reservas, como todo el mundo, pero visto lo visto yo diría que sí. Está claro que la figura de Jim Morrison pesa lo suyo, sobre todo si tenemos presente que morir en el esplendor de uno agrava la leyenda considerablemente, pero también lo está que Ray Manzarek y Robby Krieger eran tan dueños de la banda como el susodicho, y con eso está todo dicho.

En cualquiera de los casos nos tomaremos a estos THE DOORS OF THE 21st CENTURY como un homenaje, y creo sinceramente que si Jim pudiera verlo se sentiría orgulloso.

Bubba (a la memoria de Antonio Henares Navarrete)

(Publicado originalmente en THE SENTINEL WEB MAG durante el primer lustro de la era 2000)

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W.A.S.P. – REIDOLIZED, THE CRIMSON IDOL 25th ANNIVERSARY – Sala Gamma (Murcia), jueves 2 de noviembre de 2017

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Sin duda “The Crimson Idol” es uno de mis discos favoritos, no sólo ya de W.A.S.P, sino de este mundillo. Y es que desde que la aguja de mi tocadiscos rascó por primera vez el vinilo, supe que se trataba de un disco tan mágico como especial, tanto musical como letrísticamente. Es por ello que cuando se anunció que W.A.S.P., sorprendentemente, cancelaban los conciertos que tenían contratados en los festivales veraniegos (Rock Fest incluido) para dedicarse de pleno a esta gira XXV aniversario de “The Crimson Idol”, supe que tenía que ir a ver este concierto.

Para la ocasión se anunciaron como teloneros a Beast in Black, pero el mismo día del concierto se anunció que cancelaban su show en Murcia porque se les había averiado la furgoneta. El día posterior al concierto emitieron un comunicado cancelando el resto de la gira con W.A.S.P. porque no recibían el tratamiento garantizado (¿?).

Así que después de aparcar el coche en la misma puerta de la sala nos dispusimos a llenar el buche, y ya de paso regarlo un poco en un bar cercano a la sala -club de pádel- con unos precios muy asequibles. Allí unificamos nuestro grupo y nos reencontramos con viejos amigos de nuestra etapa de Centinelas. ¡Un saludo muy grande, Tetrando! Y 10 minutos antes de empezar el concierto entramos en la sala.

La verdad es que estaba bastante llena, en el escenario había 3 pantallas gigantes que ocupaban gran parte del mismo. Con más o menos puntualidad se apagaron las luces, se encendieron las pantallas y salieron a escena Blackie y sus chicos, arrancando el concierto obviamente con “The Titanic Overture”. Como era de esperar cayó todo el “The Crimson Idol” y dejaron tres canciones para los bises.

No voy a desgranar cada canción, sólo voy a decir que Blackie estuvo sensacional a las voces, creo que de los conciertos que he visto de W.A.S.P. ha sido la ocasión en que mejor ha cantado, llegándome a poner los pelos como escarpias cuando rasgaba su voz y la ponía aguda, con ese feeling tan especial que le da a la misma. Sin duda destaco especialmente su voz en canciones como “The Idol” y en el baladón “Hold on to my Heart”.

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También quiero añadir que la batería sonaba muy por encima de todo, en especial la caja, la cual fue un auténtico martirio para mí en las 2 primeras canciones, dado que desde la mesa de mezclas no atinaban y sonaba a petardo chino. Entonces es cuando yo me pregunto, ¿para qué se hacen las pruebas de sonido? Otro punto negativo a reseñar es que me faltaron timbales. Es cierto que Frankie Banali hizo un gran trabajo en la grabación de la batería del disco y dicho disco contiene unos redobles muy característicos de timbales, que en este concierto o no sonaron, o sonaron muy por debajo de lo que debían. La gran perjudicada en este aspecto fue “The Gypsy Meets the Boy”, en la que también eché en falta la entrada con fuerza del bajo. También me dieron la sensación de caos, como en las guitarras en una parte del tema “The Great Misconceptions of Me”.

Pero el resto todo bien, bien es cierto que tiraron de coros grabados, teclados grabados y alguna parte instrumental que también me dio esa sensación. Pero W.A.S.P. hicieron todo un espectáculo, con las 3 pantallas emitiendo durante todo el concierto imágenes relacionadas con la canción que tocaban. Blackie tiene que ser un tipo muy peculiar, pero la verdad es que es todo un frontman y maneja muy bien al público, haciéndonos cantar esos “I just wanna be…”. Todo sea dicho, tiene una gran presencia y le encanta la teatralidad, no en vano, en la parte del “The Crimson Idol” estaba serio y muy centrado, dándole un punto más épico a esa parte del concierto, cosa que durante los bises fue lo opuesto. A destacar también en la parte del “The Crimson Idol” la iluminación, predominando las luces ténues sobre las blancas o más luminosas, también en los bises fue justamente al revés.

Y en los bises, después de sonar la intro que utilizaban para abrir en la gira del 30 aniversario de la banda, cayó “L.O.V.E. Machine”, una sorpresiva “Golgotha”, y acabó el concierto con el “I Wanna be Somebody”, como no podía ser de otra manera y con toda la sala patas arriba.

En definitiva, un gran show.

Laguless

 

Hace ya cinco lustros que el bueno de Blackie Lawless se permitió el capricho personal de rendir tributo a sus bandas y discos conceptuales de cabecera de finales de los 60 y primeros de los 70 (Tommy de sus amados The Who, Welcome To My Nightmare de Alice Cooper y sobre todo The Rise and Fall of Ziggy Stardust de David Bowie pueden servirnos de referencia), contando el disco que nos ocupa (The Crimson Idol, 1992) la historia del auge y posterior declive de la estrella de Rock (ficticia) Jonathan Steel, algo así como una puesta al día del personaje encarnado por el tristemente desaparecido y maestro Bowie.

Y tan lícito era el homenaje a esas complejas obras de la era ‘dorada’ del Rock como lo es celebrar su vigesimoquinto aniversario (quien esté exento de pecado que tire la primera piedra), aunque no sé si lo es tanto el formato backing track que nos viene ofreciendo el señor Lawless desde hace un buen tiempo para acá.

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Quiero decir, puedo disfrutar (y lo hago, como un enano) de un show de WASP por lo que representa el grupo en la Historia del Hard Rock y el Heavy Metal, por su puesta en escena, por el sonidazo que ofrecen y sobre todo por ese repertorio que descargan en cada show, ya sea en formato Crimson Idol o en modo big hits, pero una vez detectas el colchón permanente de samplers y coros pregrabados sobre el que descansa prácticamente toda su actuación te queda un sabor agridulce que perdura para los restos (a eso se le suele llamar con trampa y con cartón).

Lo cortés no quita lo valiente, y escuchar en vivo una obra capital de nuestra juventud de tal calibre se aprecia y mucho, sobre todo si se sienta tras los parches un fenómeno como Aquiles Priester (Di’Anno, Angra, Hangar, Noturnall), que se pasa redoblando timbales y bombos medio concierto cuales Frankie Banali y Keith Moon (tradición heredada de abuelos a nietos), y que le zurra al hermoso kit Mapex y a su valiosa vajilla Paiste como si no hubiera mañana (cansa sólo de verlo, la verdad), adaptando un tanto el estilo que imprimieron los citados bateristas al suyo propio, uno de los más cualificados del panorama metálico actual.

Por su parte, Blackie estira de cuerdas vocales sorprendentemente, llegando a las notas más altas por momentos, y desde luego sigue llenando el escenario como el frontman que siempre fue (no, no va con segundas, de hecho se le ve bastante en forma), aunque evidentemente el apoyo coral del que dispone también ayuda. El problema es que ese apoyo vocal no viene de sus secuaces, sino de sus secuencias, y llega un momento en que literalmente no sabes qué narices está pasando sobre el tablao a ciencia cierta. Mike Duda (bajo) y Doug Blair (guitarra) están, sí, con sus instrumentos correspondientes y con sus micros de apoyo, pero lo que ejecutan y lo que suena es difícilmente asociable en determinadas partes, como en el caso de algún solo de Blair, que me recuerda a los tiempos de perseguir notas en el Guitar Hero. Las voces de los micros, a excepción de la de Lawless, son tapadas constantemente por las disparadas desde la mesa, y los instrumentos, a excepción de la batería, quedan en la retaguardia de una maraña sónica que viene desde otro sitio y que suena a disco, eso sí.

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Y eso es básicamente lo que te puedes encontrar en un show de WASP a estas alturas, una descarga impecable (al margen del aspecto musical, en esta gira en concreto el visual también redunda en beneficio, con la historia de Jonathan dispuesta a lo largo de la actuación en formato diapositivas en 3 pantallas distintas), en la que se hace bastante difícil saber qué es de mentira y qué es real, y en la que todo suena sorprendentemente en su sitio. Con todo y con eso, y siempre haciendo un ejercicio de abstracción total, un show que hay que ver y disfrutar ahora que aún podemos, y si puede ser en buena compañía mejor aún. Long live, long live, long live… the King of Mercy.

Bubbath