Arcade Fire – Wizink Center (Madrid), martes 24 de abril de 2018

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Pocas noches quedan retenidas en las mentes adultas (que no maduras) con bagaje (las que escurrimos la basura con distinta intermitencia). Por ello, si al cabo de unos días y digerido el efecto “todo ya” del consumismo informativo inmediato de corto alcance, la emoción del recuerdo se acrecienta y firmarías una excedencia para completar el tour con tal de repetir en bucle, puedes considerarte afortunado.

Los paralelismos entre los U2 de “Pop” y sus apadrinados Arcade Fire en la actualidad son sutiles y a diferente escala (sin limones, se sobreentiende). No me refiero sólo a que su última entrega comparta con aquél el exceso de autocomplacencia y el consiguiente levantamiento de ampollas (primer bache en un currículum impoluto). Como Bono antaño, Regine Chassagne, ataviada cual púgil encapuchado, se dirige hacia el cuadrilátero central junto a sus compañeros entre el gentío de pista, con presentación de speaker incluida e imágenes de cada miembro en las pantallas que coronan el escenario. La reacción hacia “Everything now” en el arranque se difumina según transcurre, pero rápidamente tiran de épica con “Rebellion (Lies)” para recuperar el pulso y vaciar pulmones en el primer corte que cae de “Funeral”. Toca vuelta al tono pachanguero-caribeño de “Here comes the night time”, que pasa un tanto desapercibida, aunque de nuevo recurren a su manual de insalvables para aunar en una sola voz a todo el Wizink,  con una “No cars go” a la que varían su tempo natural con alguna marcha de más y que supone el único recuerdo a su primer EP. Regine toma las riendas en “Electric blue” y, pese a que sube un par de notas por encima de la versión de estudio sonando a una especie de Alvin y las ardillas, deja en buen lugar el toque discotequero a lo Bee Gees/Abba de la última hornada; algo que no ocurre con “Put your money on me”, de la que sólo destaca el vídeo de acompañamiento, lleno de anuncios chorras (los mismos que emiten antes de comenzar el show), y su mensaje de sorna a la absurda compra compulsiva al alcance de un click que nos rodea.

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Hasta aquí, el curso de los acontecimientos es correcto, aunque los exclusivistas tienen un punto a su favor jugando con el argumento de que han travestido su esencia de directo sin artificios y puramente musical a favor de un frío espectáculo visual milimetrado. Sigue impactando ver a una decena de tipos encima de las tablas que combinan y se intercambian los instrumentos acostumbrados con mandolinas, acordeones, tambores, piano, etcétera, donde Win Butler se permite ir de la guinda que desee (ese sombrero que luce durante la primera parte le da un aire a Pete Doherty, acicalado y bien nutrido, eso sí) y el entretenimiento  recae en la hiperactividad común y la locura de su hermano Will, pero pesa el haber dejado escapar la entrada para Razzmatazz en julio de 2016, acontecimiento histórico a la vista del estatus alcanzado y del conciertazo que dieron (por una vez me remito a las pruebas que rondan la red). Nada más lejos.

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“Neon bible” y “My body is a cage” oxigenan el ambiente y dan un pequeño respiro al show para conducirnos sin regreso hacia un clímax final que no se presagia. “Keep the car running” enciende de nuevo los coros de la grada y “(Antichrist televisión blues)” cierra en modo folk la representación del disco bíblico y el apartado de sorpresas en el repertorio, de modo que reservo la nickcaveniana “Ocean of noise” para una lista de deseos futura. Entre “Neighborhood #1 (Tunnels)” y “Neighborhood #3 (Power out)”, interpretadas con una intensidad que pocos grandes firman a día de hoy y a pesar de que Win muta las estrofas en un discurso para esquivar las notas altas, tocan por orden la sección de “The suburbs” y de “Reflektor”. De la primera, en formato siamés obligado la homónima (impecable, de no llorar por vergüenza) y “Ready to start” (insurrecta y posiblemente la más rockera del set) desembocan en “Sprawl II (Mountains beyond mountains)”, con las bolas de espejos iluminando el pabellón y Regine soberbia a la voz (ahora sí). De la segunda, se marcan un mini show dance que transforma aquello en una fiesta, con Regine bailando junto a las primeras filas, de la mano de “Reflektor” (recuerdo efímero en imágenes a Bowie, otro de sus valedores)  y “Afterlife”. Después, sorprendente “Creature comfort”, potente en el cara a cara y cuya línea de bajo dibuja similar a la de Clayton en “Mofo” (vuelta a los irlandeses). Carne de directo, se destapó como la mejor superviviente para giras venideras.

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La delicada “We don’t deserve love” inaugura los bises. Aunque creo que es la única del álbum que no naufraga al lado de sus precursoras, resulta demasiado intimista y hace las veces de “If you wear that velvet dress” (ambas, delicatessen destinadas al cajón). Los miembros de la Preservation Hall Jazz Band, que momentos antes han amenizado la velada, toman el escenario (que da poco más de sí por la cantidad de músicos que alberga) para dar color al reprise de “Everything now” y que rápidamente enlazan con el “Wake up” más largo y catártico que con toda seguridad llegue a vivir en primera persona. No requiere de aditivos en crudo, pero con el aderezo de la jazz band, la comunión absoluta audiencia-grupo a estas alturas y la salida triunfal abriéndose paso entre la multitud, el himno se eterniza al coro de trece mil y pico gargantas pletóricas que no se cansan. Quince minutos inolvidables.

Luego, la comidilla mediática del miércoles, convirtieron los aledaños del Palacio en una improvisada charanga por las calles de Nueva Orleans. Capaces de transportarnos a idénticas sensaciones en recintos de cualquier dimensión, continúan firmes por el carril de adelantamiento pese a quien pese y trabajo de promoción que toque. Al hilo del párrafo de arranque, va a ser cierto lo de “now that I’m older / my heart’s colder /and I can see that is a lie”.

J. A. Puerta

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