MAD COOL FESTIVAL 2019 – Recinto Ferial IFEMA Valdebebas (Madrid), Jueves 11 de Julio de 2019

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Reza el dicho que a la tercera (añado, seguida sin sobresaltos) va la vencida. Salvo un susto días antes de la celebración del festival en el que la organización anunciaba que no habilitaría el párking privado de IFEMA para coches particulares, mal augurio que no trascendió más allá de las redes sociales y que puso en alerta a todos los asistentes para solventar el trámite del transporte sobre la bocina, todo transcurrió como la seda. Junto a la (pésima) experiencia de la jornada de estreno en la edición de 2018, de la que claramente aprendieron, mucho tuvo que ver la menor afluencia de público, lo que el jueves permitió examinar a fondo el recinto, olvidar las esperas interminables para nutrirse, hidratarse o asearse y acceder a los distintos escenarios sin sortear mareas humanas ni espacios elitistas que restringiesen proximidad y visibilidad. Analizado a posteriori, la masificación que acarrean apellidos ilustres del calibre de Vedder o Grohl, pesos pesados garantes de mayores ingresos, pierde en el cómputo global si el cartel equilibra equitativamente la propuesta, como finalmente ha ocurrido en esta ocasión. La amplia representación de estilos, edades y geografías era incuestionable, gustos particulares a un lado, y la calidad de sonido y de montaje, principal virtud de antaño, permaneció intacta, de modo que la senda a seguir es clara e invita a repetir.

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Explorado el terreno y establecido contacto obligado con las barras (apelando a la lucidez crítica tyrioniana), las apuestas del día comenzaban con el dúo británico LET’S EAT GRANDMA, protagonista de uno de los álbumes del año en su tierra natal, “I’m all ears”. Apenas un centenar de personas se congregó en el Mondo Sonoro, que se convirtió en una especie de sala resort exclusiva para quienes sabíamos de antemano qué nos encontraríamos. Con dos sintetizadores al frente y una batería al uso de apoyo, decidieron archivar su carta de presentación en sociedad, “Deep six textbook”, o los aires de la primera BJÖRK de “Eat shitake mushrooms”, ambos de “I, Gemini”, para desgranar siete de los once cortes que componen su segundo trabajo. Las contagiosas “It’s not just me” y “I will be waiting” nos recordaron al debut de CHVRCHES, con quienes han compartido tramo de gira recientemente, y la redonda “Falling into me” puso todo patas arriba. “Ava” fue contrapunto íntimo y enlace perfecto con una “Donnie Darko” cuya intensidad ganó todavía más puntos en vivo. En ésta lograron recrear un viaje que empezó con miradas absortas contemplando las tablas y acabó como una gran fiesta a la que Jenny Hollingworth se unió, mezclándose y bailando con las primeras filas; si se inventase la etiqueta prog-synth-pop, básicamente vendría siendo esto. Las de Norwich derrocharon honestidad, inocencia y diversión; lo mismo se arrancaban con una coreo a la Macarena en la parte dance de “Falling into me” que ejecutaban su peculiar performance desde el suelo al inicio de “Donnie Darko”. Rosa Walton se colgó la guitarra eléctrica en alguna parte y Jenny Hollingworth sacó a relucir el saxo en otro instante para dar la pincelada de sobriedad que envuelve su música. El abrazo cómplice del combo en señal de victoria que pudimos entrever tras las bambalinas y la posterior visita al foso para fotografiarse y departir con sus seguidores nativos y algún foráneo convertido a la causa confirmó la sensación de naturalidad y autenticidad. A veces con muy poco se transmite mucho y afortunadamente los Coachella, Primavera, Glastonbury y sucedáneos no siempre son sinónimo de pretenciosidad ni autobombo frívolo. Dos Aryas.

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De la juventud a la veteranía, de la actualidad a la nostalgia, la muchedumbre que se acercó al Madrid te abraza obvió el significado de HIGH FLYING BIRDS para asistir entre indiferente e impaciente por inmortalizar en su móvil el momento “Wonderwall” a una primera mitad del show monopolizado por “Who built the moon?” y la homónima del EP “Black star dancing”, estrenado apenas semanas antes. La presencia de YSEÉ y Jessica Greenfield a las voces para dotar de empaque y fidelidad a los temas mató cualquier esperanza de electricidad “parka monkey” y sació el apetito de quienes reconocemos en NOEL GALLAGHER a un aspirante a su admirado PAUL WELLER (el parecido físico de Gem Archer con Grandpa es casual, aunque certero), si bien le separa una distancia considerable de ese propósito a fecha de hoy. Optar por interpretar “Fort Knox” en lugar de reproducirla enlatada a modo de intro fue un acierto y sustituyó en la retina el arranque eufórico de “Fuckin’ in the bushes” al que recuerda en estudio por el orgánico de “The swamp song”. A renglón seguido, en estricta secuencia réplica del disco hasta “She taught me how to fly”, fue cayendo cada canción. A diferencia de otros conciertos de la presente gira de festivales, no se acompañó de los vídeos e imágenes proyectadas que añaden un aspecto visual no explotado en el pasado; otra vez será. Curiosamente, fue “Dead in the water” la que brilló con luz propia en esta parte del set. Acústica al hombro y tan sólo flanqueado por Mike Rowe al teclado, es de la escuela de “Sad song”, “Talk tonight” y las más recientes “Alone in the rope” y “The dying of the light”: sentimiento en estado puro, Noel en esencia, allá donde Liam jamás llegaría en diez vidas.

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Ahora sí, tiró de recetario Oasis para regocijo popular, a excepción de una parada aislada en su primer álbum de la mano de “AKA… What a life!”, que trasladada al directo padece de idéntica falta de punch en la base rítmica que “It’s a beautiful world”. Se atrevió con “Stop crying your heart out”, el caramelo de este tour, y repasó “The importance of being idle”, “Little by little” y “Half the world away”, acogidas con más júbilo por sus compatriotas debido a su condición de himnos menores en el Norte. Lo cierto es que observar el lateral derecho del escenario traía consigo cierta melancolía porque, con la incorporación del enérgico Chris Sharrock a las baquetas y el citado Archer a esta etapa de los HFB, dos tercios de la banda madre estaban delante nuestra (Andy Bell sigue junto a los renacidos RIDE y Liam ultima su segundo lanzamiento en solitario).

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Debería replantearse sentar en el banquillo a “Wonderwall” por una temporada o retomarla al desnudo. Quizá el precio a pagar sea demasiado elevado y prefiera contentar a un sector numeroso que desea ver jugar a los titulares sin entrar a juzgar su estado de forma. Igualmente, acabamos con la garganta en carne viva, se tratase de turista ocasional o socio habitual; el sofá no es tribuna válida para jactarse en vano, haber ido. “Don’t look back in anger”, sin embargo, sigue siendo emocionante. Cedió los versos del estribillo y probablemente no se cantó nada tan alto en Valdebebas a lo largo de todo el fin de semana. Camisetas y banderas del Manchester City, como la que presidía sobre uno de los altavoces, ondeaban mientras mostraban sus respetos, con saludo militar incluido, hacia una “All you need is love” sin adulterar un ápice y que hermanó a las miles de almas presentes. Irónico que en el seno de la familia no funcione la fórmula, aunque ya sabemos que a los Lanister les suele ir mejor por distintos derroteros.

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El escenario principal Mad Cool estaba listo para acoger a VAMPIRE WEEKEND, cabezas de cartel de facto si comparamos el grado de entusiasmo y convocatoria con que fueron recibidos frente a BON IVER. Siendo un grupo que me caía poco más que simpático, he de reconocer que acabaron convenciendo y ahora miro con otros ojos su cuarto engendro, “Father of the bride”, con sólo dos meses de vida en el mercado. De entrada, los emparentaría lejanamente con BELLE & SEBASTIAN: imagen informal, estilo atemporal e incluso a ratos ñoño y anacrónico o un frontman peculiar como Ezra Koenig, con sus modos oldies y su inseparable Epiphone. En cualquier caso, la popularidad de la que gozan los neoyorkinos es un caso digno de estudio dado lo singular de su oferta, en la que mezclan elementos variopintos como ska (“A-punk” y “Cousins”) o música africana (“Cape Cod Kwassa Kwassa”, White sky” y “Horchata”), siempre envueltos en una capa de pop elegante-optimista-buenrollero muy acorde a esta época estival.

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Especialmente celebradas y coreadas, pese al cansancio acumulado, fueron “Unbelievers”, “Diane Young”, “Ya hey”, “Harmony hall” y “Walcott” (de nuevo deja-vu de B&S). Koenig desvió los focos en un par de ocasiones hacia el guitarrista Brian Robert Jones, que tras sonar “Sunflower” se enzarzó en un solo y más adelante en una jam hardrockera bastante alejadas de la tónica general. Jones se batía en duelo con Koenig en los pasajes menos convencionales de “Sympathy” y aquello sonaba impecable, lo que no es sencillo teniendo en cuenta que son siete músicos en escena. Esa nitidez de sonido y la ejecución impoluta de los temas nos mantenían en vilo, al igual que el montaje, consistente en un globo terráqueo giratorio suspendido sobre la cabeza del batería Chris Tomson que creaba efectos ópticos muy vistosos junto a las imágenes de fondo que se iban sucediendo.

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Para el que suscribe, supuso el cierre de sesión, concisa y concentrada pero con poso de tres winners y ganas de regresar (¡així, sí!). A la ex-FUGEES MS. LAURYN HILL pude disfrutarla a retazos al marcarse un Axl Rose de manual y los descartes como IGGY POP o THE HIVES fueron inevitables por los típicos solapamientos. ¿El final de la historia? Qué pregunta: muere Meñique.

J. A. Puerta

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