THE CULT – Sala Riviera (Madrid), miércoles 21 de Agosto de 2019

El anuncio del concierto en la capital en las semanas previas fue como maná caído del cielo para sobrellevar la reciente orfandad de vacaciones. Bajar a tirar la basura un miércoles estival y plantarte en apenas media hora y sin tráfico en los aledaños de la Riviera es un privilegio. Como tener a The Cult en el vestíbulo de casa, ante una sala abarrotada cual lata de sardinas (agotaron localidades horas antes) y con el añadido de una acústica nítida y potente (ésta no es la Riviera que yo conocía).

Quince minutos sobre la hora salía de los altavoces “Angel” de Massive Attack y, acto seguido, empezaba el espectáculo. Con una puesta en escena espartana, “Sun king” sirvió de calentamiento y resultó más desangelada de lo previsto. Astbury bajó las revoluciones de la canción a conciencia y salió comedido para no quemar naves, algo que agradeceríamos más adelante. A estas alturas a nadie se le escapa que la garganta del cantante es como una escopeta de feria: jamás acierta la diana, a lo sumo la roza si toca noche buena; y eso fue lo que ocurrió. Que es incapaz de hilvanar tres estrofas sin tomar oxígeno no es novedad, pero se notó que venía fresco (un mes de descanso de por medio) y que lleva la lección aprendida (… por viejo que por diablo). Clavó los tonos graves con gran intensidad y supo dosificar convenientemente las subidas hasta el punto de que había que frotarse los oídos en “The phoenix” y “She sells sanctuary” para creerse lo que estábamos presenciando. Por otro lado, quedó atestiguado lo que ya sabíamos: que Billy Duffy es el rock personificado y que a John Tempesta le sobra una extremidad para tocar el cancionero de los británicos. El grupo sonó absolutamente sólido y compacto, de diez.

El set siguió al dedillo el guión de la gira americana y la cita vitoriana en el Azkena. No hay duda de que la excusa del enésimo aniversario de “Sonic temple” vende, pero nuestro reclamo se alimentaba de “New York City”, “American horse”, “Automatic blues” y “Soul asylum”. Con gusto hubiese canjeado “Nico”, “The saint” o “Speed of light” (en resumidas cuentas, cualquiera de “Beyond good and evil”) o un simple guiño a alguna de sus tres últimas obras por otras tantas trilladas, aunque las circunstancias mandaban y ni ellos mismos están por encima de su legado. Regresando a la tanda de “Beyond…”, la fija “Rise” levantó los ánimos del quinteto y de parte de la pista y “American gothic”, la flor de loto de esta tournée, vio cómo Astbury naufragaba en su estribillo y entraba en modo Danzig por segundos. A partir de ese punto, “Spiritwalker” y un bloque final comandado por “Love” y “Electric” convirtió el bolo en una auténtica fiesta. Ante “Wild flower”, “Rain” y “Love removal machine” sucumbimos al unísono sin rechistar, saltando, levantando puños al aire y berreando como si nos fuese la vida en ello.

Duffy se despedía por uno de los micros y recibía la debida pleitesía, mientras Astbury nos miraba a los ojos ya sin gafas de sol, riéndose de su propio protocolo de rock star. Lo de soportar hora y media de show en pleno agosto sudando la gota gorda con las gafas puestas y una cazadora bomber bien apretada (muy Calamaro-Bunbury, ¿o era al revés?) pareció una promesa de costalero trianero. A base de bailes, jugueteos constantes con el pie de micro y acrobacias varias con la pandereta dignas del Circo del Sol nos acabó magnetizando igualmente. Al fin y al cabo, le sigue rodeando ese aura especial que siempre le ha acompañado, aun en tiempos peores. Acudiendo a su cosecha, sería algo así: ‘We are gathered here in a sacred place / Ceremony / Rock’n’roll music got you good, now children’. ¡Larga vida a Zandig!

J. A. Puerta

LEYENDAS DEL ROCK 2019 – Polideportivo municipal de Villena (Alicante), sábado 10 de agosto de 2019

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La decimocuarta edición del Leyendas ha pasado por ser una de las más flojas (por no decir mediocre) de los últimos tiempos. Si ya con el cartel completo viendo todos los logos de las bandas al móntón quedaba la incómoda sensación de cojera, fue poner el petardo en el zurullo y difuminarse por completo las ganas de acudir a todo el festival. Con una primera jornada de miércoles repleta de repetidores, un jueves con unos requete-reformados ‘Thin Lizzy’ que si acaso son dignos de rellenar más que de encabezar (Scott Travis ya es demasié pal cuerpé, hasta para los fans de Judas Priest y Thin Lizzy) y unos Airbourne el viernes que ni fu ni fa, el sorteo tocó en sábado, jornada que aprovecharíamos para quitarnos un par de asignaturas pendientes (Metal Church, Deicide), repasar otras (Candlemass, Rata Blanca) y ver de paso lo que se nos cruzó por el camino.

 

Después de trastearnos unos pinchos y unas jarras de cebada en la otra punta de Villena, desde la que nos trasladó al Festi en su coche particular una gitana de nombre Conchi, que se compadeció de los presentes y tuvo a bien acercarnos con la compra recién hecha (aún queda gente buena en el Mundo, damas y caballeros), accedíamos al recinto con los gélidos Saratoga enfriando el bochorno de esas horas. Lejos quedan ya los tiempos rockeros de Fortu en la banda, los de Gabi Boente e incluso los primeros pasos de Leo en la formación (“Vientos de Guerra” me sigue pareciendo un discazo), tantas idas y venidas les han pasado factura, y a día de hoy ya me interesan más bien poco. A ver si a Jero le da por reunirse con miembros de Santa o de Ñu y nos regala algún concierto realmente ‘legendario’, porque lo de Saratoga no creo que dé para mucho más y ya se le está pasando la rosca.

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Lo de Metal Church fue pura racanería, lo tengo claro. Tenían los medios, un repertorio que (si se te antoja) quita er sentío y a un Mike Howe en estado de gracia, llegando a las notas más altas, pero se anduvieron por las ramas y aburrieron por momentos. Que no se me malinterprete, tocaron a un alto nivel y los temas interpretados no hubieran sobrado en su gira, pero esto era un festival, y con un timing tan acotado es mejor no especular. De la era Wayne apenas si sonaron unos tímidos “Beyond The Black” y “Start The Fire”, que si bien se agradecieron parece que toquen por obligación, centrándose básicamente en la época Howe, con cosas imprescindibles como “Badlands” o “Fake Healer”, esta última ya en los bises, y con un montón de cosas en el durante que me sobraron y donde tampoco voy a reparar. Mucho instrumental, las rítmicas de Vanderhoof comiéndose los solos (¿conscientemente?) de su compadre, y una sensación final de haber podido presenciar algo mucho más grande un tanto desagradable. El que da lo que puede no está obligado a más, pero me temo que éste no fue el caso.

Sin hablar, como dijo mi colega René (qué risas nos pasamos, joer), y con las últimas notas de Metal Church sonando a las espaldas, corrimos raudos y veloces a ver los últimos temas de Hitten en el escenario Mark Reale, de los que pudimos ver el último cuarto de hora de actuación aproximadamente. “In The Heat Of The Night” y “State Of Shock” si mal no recuerdo, mucho feeling por el escenario, con la colaboración del ex vocalista Aitor en los bises, la peña totalmente volcada con la banda (prácticamente es como si jugaran en casa) y un sonido que les hizo justicia es lo que os puedo contar de lo poco que vi de su actuación, en la que me consta que no se dejaron ninguna bala en la recámara, sólo había que ver las caras de grupo y público. A ver si consiguen afincarse en la línea que pretenden, aunque por su estilo y a estas alturas de evolución musical dudo que puedan escalar mucho más. Who cares?

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Gloryhammer y Badana nos los pasamos rodando la secuela de Heavy Metal Parking Lot, aquel mítico film metalero grabado íntegramente en un parking de Maryland en 1986, antes de un concierto de Judas Priest. Birras, muchas risas con René, Raúl, Csilla y Laura (y los que nos encontramos por el camino, como el Jabo o Vincent Beherit) y reset para proseguir la jornada con Hammerfall.

Lo comentaba con los presentes, yo soy de los Hammerfall de Jesper Strömblad (“Glory To The Brave”, 1997), en una época donde pasaba justo al contrario que ahora, la contraria la llevaban ellos. A partir de “Renegade” (2000) ya empezó a llover sobre el mar y me tiré del barco, pero como ya comenté en la reseña del año pasado de este mismo festival*, siguen mereciendo mis respetos por lo que supusieron en su momento, todo un anticoagulante del Heavy Metal de corte más clásico, y siempre son disfrutables sus directos, aunque sean más básicos que el mecanismo un botijo. “Let The Hammer Fall”, “Templars Of Steel” o “Hearts On Fire” nos levantaron el puño, y los refrescantes chupitos de Johhny Walker con hielo y naranja nos refrescaron el gaznate. A todo esto, a falta de Oscar Dronjak siempre nos quedará nuestro Raúl Valero como reserva.

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A partir de aquí ya empezamos a desvariar, es decir, de Nervosa vimos la parte final (brutales, como el año pasado*, espero que esta vez no les robasen nada), nos asomamos a ver algo de Apocalyptica (curiosa estampa ver a toda la peña tirada en el césped escuchando el “Orion” de Metallica sin pestañear), para volver al Reale a ver a los suecos Candlemass del renacido Johan Längqvist, que grabara aquel mítico debut “Epicus Doomicus Metallicus” (1986), todo un referente en lo que a Epic Heavy / Doom se refiere, y del que nunca más se supo. La banda sonó a trueno, gorda y cristalina, y los míticos “The Well Of Souls”, “Solitude” o “Crystal Ball” recuperaron de golpe su crudeza original, sin menospreciar en ningún momento la faceta más operística de Messiah Marcolin y su contribución a la banda a partir de “Nightfall” (1987), así como la puesta al día del sonido del combo con el más reciente vocalista Mats Levén, que por mucho que se empeñen algunos medios profesionales, a veces Wikipedia está desactualizada. Gran descarga de la banda de Leif Edling, como era de esperar, una formación de las que cada vez nos quedan menos a nivel de calidad, originalidad y funcionalidad. Sobresalientes.


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Avantasia, la banda-capricho del histriónico Tobias Sammet (le aguanté los debuts de Edguy y Avantasia, respectivamente, y para de contar), hacía aparición a la hora que dispusimos para el avituallamiento, así que esta vez, a diferencia de otras muchas donde esquivamos a la banda como pudimos, nos la tragamos prácticamente enterita, no con pocas dosis de ketchup y mostaza, eso sí. Por el escenario fueron pasando Eric Martin, Bob Catley, Jorn Lande (bastante mejor que la única vez que pude verlo en directo con su anterior banda, Masterplan) y hasta el bueno de Geoff Tate (sorpresón), todo un desperdicio de vocalistas al servicio del mico este, pero que al menos hicieron más llevadera la velada. Conté los minutos y los segundos de la actuación, como en un día de resaca en el trabajo, hasta que cayó la fast-food y caímos en la cuenta que había otro escenario más arriba. Tobías, déjalo estar ya. Suficiente. Sin rencor.

Decapitated atronaban aún el Mark Reale a nuestra llegada, pero poco pudimos ver de su actuación, cuando quisimos coger bebida y ponernos cómodos ya estaban terminando la susodicha. Los siguientes en aparecer en el pequeño de los escenarios del Leyendas eran los metaleros alemanes Brainstorm, pero dada su coincidencia con Deicide tuvimos que declinar la oferta, despidiéndonos de nuestros compañeros de jornada René, Raúl y Csilla hasta la próxima batalla (un placer como siempre, grandes).

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Recuerdo que Glenn Benton y sus huestes me hacían mucha gracia en su momento, aquello del suicidio a los 33 y esas letras tan explícitamente anticristianas me sobrepasaban por completo, pero la música está ahí, y doy fe de que la ejecutan en directo a la perfección. “Dead By Dawn”, “Once Upon The Cross”, “In The Minds Of Evil”, “Scars Of The Crucifix”, “Serpents Of The Light”, “Kill The Christian” o “Lunatic Of God’s Creation” fueron cayendo como losas sobre los cerebros allí congragados, con Benton escupiendo guturales y berridos histéricos como si estuviera poseído (pos eso), y la batería de Steve Asheim salpicando con ese perenne doble pedal cual Igor Cavalera totalmente encabronao. Riffs incendiarios, histeria colectiva en forma de mosh-pit y descarga brutal en líneas generales, sin duda de lo mejor de la jornada, aunque buena parte del respetable no lo pudiera o supiera apreciar. Satán os castigará con una buena cagalera veraniega.

Y lo de Rata Blanca fue la decepción que confirma la regla: no des nunca nada por sentado. A esas horas las fuerzas ya brillaban por su ausencia, con lo que necesitábamos una inyección de energía para aguantar. En lugar de eso, la banda se dejó lo mejor para el final, la pena es que para entonces ya no estábamos en el lugar. Temas correctos pero perfectamente sustituibles (algo así como lo de Metal Church pero a lo bestia) y un medley insulso que nos empujó a abandonar definitivamente el polideportivo de Villena hasta más ver. Sin duda la peor vez que les he visto, malas elecciones en general y un cansancio ya de cojones en particular.

 

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Y hasta aquí las impresiones de un servidor a grandes trazos (y pelotazos), finalmente mereció la pena la visita a Villena, este año no tanto por lo musical como por el factor humano y lo personal, sin duda de lo mejor del festival. A ver si nos vemos el año que viene, que por lo que nos dijo la Conchi ya han firmado por otras cuantas temporadas. Hasta el infinito… y más allá!

* Fe de erratas: Nervosa y Hammerfall no estuvieron en la edición del año pasado sino en la anterior, es lo que tiene cuando se asiste a todas las ediciones y se tira de memoria, ustedes disculpen 😉.

Bubbath

King Diamond, in his darkest hour…

 

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KING DIAMOND “The Puppet Master” (2003)

Cada adquisición discográfica de King Diamond es como un sorteo de Lotería, nunca sabes cuándo vas a salir premiado, y es que el bueno de King es de esos artistas de los que se puede sonsacar sobre todo irregularidad. En esta ocasión podría decirse que ha tocado la pedrea, porque pese al desconcertante título (¿no había otra forma de agradecerle a Ulrich los favores?) y a la pésima portada, “The Puppet Master” supone un trabajo más que digno.

Tras la bochornosa continuación del mítico “Abigail”, parece que King y Andy han optado de nuevo por la modestia, y aparte de dejarse de innecesarias secuelas que no hacen sino empañar a sus predecesoras, vuelven a ofrecernos puro y duro Heavy Metal del de siempre, sin renunciar al toque progresivo que siempre les ha caracterizado, pero sin llegar a perderse en el invento.

Lo primero que llama la atención del trabajo es la nitidez de la producción (Diamond, LaRocque, J. T. Longoria), así como la precisa y contundente base rítmica, conformada actualmente por Matt Thompson a los parches y el más conocido Hal Patino al bajo. Pero la palma se la llevan los guitarras: Mike Wead y sobre todo Andy LaRocque (este hombre se merece un reconocimiento mayor del que tiene) están descomunales. Por su parte, Mr. Diamond está más comedido de lo normal en cuanto a falsetes histriónicos se refiere, y nos deleita y ameniza con voces más planas y realistas -en esta ocasión saca a relucir su voz más ‘llorosa’-, y la verdad es que sale ganando todo el mundo (no es mejor uso el hacer abuso).

En cuanto a los temas, podríamos destacar así por encima el hiper-heavy “Magic”, el cálido “Emerencia”, un medio tiempo acelerado con voz femenina incluida (Livia Zita), el épico “Blue Eyes”, con ese órgano eclesiástico tan característico de KD, el knockeante “The Ritual” (al loro con los riffs y el solo de Andy) o el desasosiego de “No More Me”, con una ambientación pesadillesca a base de teclas muy lograda. Mención aparte para “So Sad”, un tema lento de esos que King suelta con cuentagotas (el último “House Of God”, si mal no recuerdo) y que visto el resultado quizá debería prodigarse un poco más, así como “Christmas”, nuevamente con participación de la fémina al micro, esta vez deleitándonos con un fragmento de aquel “Tamborilero” que por aquí diera a conocer nuestro Raphael, ahí es nada. Ni que decir tiene que es otra de esas ‘puyitas’ tan características de su satánica majestad Mr. Diamond, tal como hiciera en su día con “No Presents For Christmas” (esas risas lo atestiguan).

Como bonus se incluye un DVD, que visto lo visto también se lo podían haber ahorrado. En él, King -postrado en un sillón- nos cuenta a modo de contextualización la historia/concepto del álbum por capítulos, o mejor dicho, por canciones. Por supuesto está sin subtitular, así que cuando llevas un rato oyéndole decir misa sin moverse del atril no puedes evitar pulsar stop y mandarle al carajo. A ver si la próxima se lo curran un poquito y ofrecen material interesante de verdad, que haberlo haylo.

En síntesis, un disco con bastante más acierto del esperado -al menos por el que suscribe-, y que devuelve un tanto la fe perdida en nuestro enmascarado. A ver hasta cuándo.

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KING DIAMOND “Deadly Lullabyes – Live” (2004)

Ay ay ay, que me huele a calisay… solía decir un profesor de primaria de un humilde servidor cuando la cosa pintaba turbia o simplemente no pintaba. ¿Que a qué viene eso? Pues a que “Deadly Lullabyes”, como toda historia de King Diamond, rezuma misterio por los cuatro costados. Pero como en dichas historias, vayamos por partes…

Lo primero que llama la atención, cómo no, es la cutre-portada que cubre el disco, con el bueno de King… sosteniendo un muñeco (!), claro que vista la que cubría su anterior “The Puppet Master” tampoco desentona tanto. Lo segundo y más curioso su título, máxime cuando no se recoge pieza alguna del disco al que hace referencia (“The Spider’s Lullabye”). Pues eso, misterios sin resolver.

Con todo y con eso se trata de una edición generosa, salta a la vista, doble digipack con fotos individuales y colectivas de los miembros del grupo, fechas del tour y demás tonterías para ir ojeando a la vez que escuchas los discos, en este caso. ¿Y qué es lo que escuchamos? Pues he aquí su contenido…

a) Cuantitativo: se da especial importancia tanto a la historia completa de “Abigail” (ambas partes están generosamente representadas con cuatro cortes de cada una) como al disco que presentan en gira, “The Puppet Master”, lo cual se reparte entre el primer y el segundo CD respectivamente. A continuación de ambos se suceden una serie de clásicos ineludibles (“Sleepless Nights”, “Welcome Home”, “The Invisible Guests”, “Halloween”, “No Presents For Christmas”) y otros que no lo son tanto y por ello se agradecen (“Eye Of The Witch”, “Burn”), así como se obvian directamente trabajos como “The Graveyard”, “Voodoo” (lógicamente…), “House Of God” o el citado “Spider’s…” (…o sin sentido). Ya se sabe, nunca llueve a gusto de todos.

b) Cualitativo: simplemente perfecto (that’s the question). Ni un solo fallo, sonido cristalino, voces dobladas de King (!?)… y ni un solo detalle de dónde se registró cada tema. ¡Que llamen a Colombo! Y es que hasta las presentaciones de la banda (“Introductions”) suenan asépticas, ensayadas…

Pues eso es lo que hay. Como suele decirse en estos casos sólo ‘ellos’ sabrán qué hay de verídico en este disco. Por nuestra parte y como meros ‘oyentes’ podemos afirmar rotundamente que el trabajo suena que atruena. Si además es cierto que todo es en riguroso directo me atrevería a decir que es de lo mejor que he escuchado en muchísimo tiempo.

Bubbath

(Publicado originalmente en THE SENTINEL WEB MAG durante el primer lustro de la era 2000)

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King Diamond – Sala Heineken (Madrid), miércoles 31 de mayo de 2006

Menudo viaje, jamás se imagina uno lo que le depara el destino, o mejor dicho, el clima. Sales de Alicante, atrapado en una tormenta peor que la que pudieran sufrir en carnes propias Jonathan y Miriam mientras se acercaban a la famosa mansión de la colina, y te topas con cinco camiones volcados en la cuneta en menos de veinte kilómetros, además de unas colas horrorosas. Esta clase de terror poco o nada tiene que ver con el que un rato más tarde nos obsequiaría King Diamond, pero, al contrario que en sus relatos, a nosotros nos esperaba un final feliz.

Aún llegábamos a tiempo en medio de un sol envidiable que iluminaba la capital… y se hizo la noche. Y con ella, el concierto más deseado por un servidor, fiel de la desigual pero constante, quizá demasiado, carrera del danés desde tiempo ha, también quizá demasiado. Este sueño juvenil no materializado en la gira de «Conspiracy» parecía llegar a destiempo porque, como bien es sabido, en la última década King se ha convertido en un Woody Allen de menor regularidad en número y calidad y sus fans, aún con alegrías esporádicas («House of God» o «9»), hemos realizado más de un acto de fe para continuar a su lado. Todas nuestras sospechas acerca de la autenticidad de su última obra en directo, medio disipadas después de ver un video que rondaba por la red (en Montreal y perteneciente a la misma gira, para ser precisos), acabaron por desaparecer. King no sólo superó cualquier expectativa optimista que pudiéramos albergar, sino que apenas le bastaron noventa minutos para ganarse toda nuestra admiración.

Sin grandes alardes (la antigua Arena no es el lugar más adecuado para montajes) y enfrentándose a un sonido mediocre (también típico de la sala), el show no se movió un ápice de los que ofrece en esta gira europea: repertorio cerrado, con los números teatrales estudiados (las rejas que ambientan ambos «Abigail», la estantería llena de frascos con los ojos de las víctimas de «The puppet master», la silla de ruedas de «Them» y la actriz que interpreta los distintos personajes de estas obras), y en general prácticamente idéntico a lo que venían haciendo en la gira de hace dos años (apenas la inclusión de «Come to the Sabbath» y «Evil» de Mercyful Fate a cambio de «Spirits», «The puppet master», «Burn» y «No presents for Christmas»). De hecho, no había un fundamento de peso para acercarse a Europa más que la propia viabilidad del proyecto, ya que el nuevo disco se encuentra en pleno proceso de grabación y la teoría de aprovechar este paseo transoceánico para financiar parte del mismo no es del todo descabellada.

Lo previsible, por llevar la lección aprendida de casa, se materializó en las figuras del venerado Andy LaRocque, con esa postura encorvada que acostumbra, Mike Wead, que se atribuye más solos de los que se presupone por ser el segundo en discordia, y el siempre activo Hal Patino. Lo sorprendente vino de la mano de un Matt Thompson que por fin parece haber superado la etapa de fan incrédulo de tocar junto a su ídolo y que dotaba de cierto aspecto pueril a esta formación que cumple ya cuatro años. Lo fascinante lo aportó un King Diamond que se encargó de borrar toda burla fácil preconcebida desde el cómodo sillón de nuestros hogares. El cantante fue más allá de la pose clásica (haciendo air guitar con la cruz de huesos que soporta el micrófono) y las presentaciones autómatas. Aparte de un carisma apabullante (de esos que únicamente se captan a escasos metros de distancia), destapó su lado natural y rompió la rigidez que envolvía la performance con gestos como la patada en el trasero a Grandma, imitando a un niño travieso, durante el transcurso de «The invisible guests» o la agresividad inusitada que mostró en «Eye of the witch», lanzando la copa de vino hacia atrás con más rabia que de costumbre, y la parte central de «Evil» (‘And when you’re down / beyond the ground…’), en la que cedió la voz al público para encargarse él de la mímica y las obscenidades.

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Lo reprochable no correspondió a la banda, sino a un sector del público, más numeroso de lo deseable, que fue al concierto a observar el espectáculo con los brazos cruzados y la boca cerrada en posición de estatua esperando que nadie le rozara. Los análisis se realizan ex – post, cuando la información es asimilada, contrastada y procesada. Algo que ciertos neointelectuales del metal, ultradefensores de «el heavy no es violencia» y blackers de diseño que se quedan en la apariencia parecen no entender.

J. A. Puerta

(Publicado originalmente en el fanzine número 1 de ROCKSCALEXTRIC, diciembre 2006)

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XX Aniversario Battle Hymns #3

Hace 20 años que debió salir el tercer número del Battle Hymns ‘zine, pasatiempo de aquel entonces de los que por aquí escribimos, y que por determinados motivos o circunstancias finalmente no vio la luz, o lo que es lo mismo, del cual no se llegaron a imprimir copias.

 

Antes de Battle Hymns ya hubo otras aventuras ‘fanzinerosas’ (benditos Erukto ‘zine y Crawl ‘zine, este último gran referente en lo que a Metal extremo se refiere en la época), y posteriormente dimos el paso lógico a las nuevas tecnologías con la llegada de internet (The Sentinel Web Mag se nos fue hasta de las manos, y con Rockscalextric dimos rienda suelta a nuestra locura particular, para morir en la orilla con el blog que nos ocupa y que estás leyendo en estos momentos), así que este número del Battle Hymns supuso un punto de inflexión en nuestra particular carrera fanzinera.

Evidentemente las entrevistas son anacrónicas, las críticas de discos están obsoletas y las reseñas de conciertos parecen un extracto de Regreso al Futuro, pero el viaje sigue siendo interesante, sobre todo para los que lo vivimos, nosotros y vosotros. Esperamos sea de vuestro agrado.

Battle Hymns ‘zine #3

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