At The Gates – Slaughter Of The Soul (1995)

Hablar de At The Gates es hacerlo de los verdaderos padres del sonido Gotemburgo, uséase, la evolución lógica y más melódica del Death Metal sueco original, proveniente de bandas de una generación inmediatamente anterior, tales como Entombed, Grave, Unleashed o Dismember.

De las cenizas de bandas como Liers In Wait, Grotesque o Infestation, At the Gates se presentaron al respetable con la demo Gardens Of Grief (1991), grabada en los conocidos estudios Sunlight de Estocolmo y con una gran acogida en el underground de la época, a la que rápidamente siguieron un primer larga duración llamado The Red In The Sky Is Ours (1992), que no registraron (para mal) en los mismos estudios, y que sí hicieron con el siguiente With Fear I Kiss the Burning Darkness (1993), con el que ya se empezaban a desmarcar claramente de sus compatriotas, tanto por imagen (el logotipo inicial de la banda pasó a mejor vida) como por sonido, cada vez más técnico y progresivo. Con Terminal Spirit Disease (1994), camuflado como long-play cuando realmente era un EP con 3 temas en directo de aderezo, darían el salto definitivo, con un sonido ya plenamente actualizado y mucho más presentable en la controvertida década de los noventa, pasando de los estudios Sunlight a los Fredman de Fredrik Nordström, que sin duda dejó su particular sello en el sonido del grupo y vaticinó lo que sería esa obra maestra llamada Slaughter Of The Soul (1995).

De la independiente Peaceville Records pasan a Earache, sello de conocido prestigio en lo que a Metal extremo / industrial se refiere con un catálogo incomparable por aquel entonces (Napalm Death, Carcass, Morbid Angel, Cathedral, Godflesh, etc.), y entre eso, la mencionada puesta al día de la banda en cuanto a sonido y sobre todo una colección de temas incontestable, At The Gates pasa del underground a primera línea en un visto y no visto, gracias todo sea dicho a numerosos samples del sello (aquí en España recuerdo por ejemplo el CD incluido en la revista Rock De Lux o el Scorchio! en cassette distribuido por la revista Metal Hammer, ambos que aún conservo), y también al video-single “Blinded By Fear”, que sin duda lo petó en su momento (con la boca abierta nos quedamos tras los 3 minutos y 12 segundos que dura el tema).

El artwork general tanto de logo como de portada corre a cargo del afamado Kristian Wahlin (Bathory, Emperor, Disseccion, King Diamond, Mercyful Fate… ¿sigo?), y hace olvidar de un plumazo el sinsentido que cubría Terminal Spirit Disease. La banda la conforma toda una alineación de lujo: Tomas ‘Tomba’ Lindberg a las voces, los hermanos Anders y Jonas Björler a la guitarra y bajo respectivamente, el multiusos Adrian Erlandsson a los parches (posteriormente en bandas de reconocido prestigio como Brujería, Cradle Of Filth o Paradise Lost, mismamente), y Martin Larsson a la segunda guitarra, a los que Fredrik Nordström dirige con mano firme y buena batuta, exprimiendo lo mejor de cada uno en no pocas sesiones de grabación (y sin cortes). El sufrimiento valió la pena.

Nada más abrir el libreto te das cuenta de que no vas a escuchar otro disco más de metal extremo con los tópicos de siempre, esas armas automáticas de fondo y esos títulos en los temas denotan un existencialismo poco habitual en bandas de este tipo; nihilismo, ansiedad, miedo, muerte y redención presiden la temática con una naturalidad que asusta, cortesía claro está de Tomas Lindberg, contrastada brutalmente por la música de los hermanos Björler, que efectivamente suena a tiro.

“Blinded By Fear” es la carta de presentación perfecta para el disco: directo, cortante, hiriente y conciso. Lo bueno… ya sabéis. Los ritmos sincopados entre batería y guitarras crean escuela desde el minuto uno, con “Slaughter Of The Soul” a la cabeza (que se lo digan a los propios In Flames), la cual sintetiza muy bien el negror del disco letrísticamente hablando. “Cold” sigue la tónica y la temática del anterior (“22 years of pain… only the dead are smiling…”, ¡esa juventud alegre!), con el maestro Andy LaRocque como guitarrista invitado por si fuera poco con el tema, y la mastodóntica “Under A Serpent Sun” nos deleita con una colección de riffs decadentes que quitan el hipo y congelan el ambiente. La instrumental “Into The Dead Sky” cierra la cara A al compás de arpegios agridulces prototípicamente escandinavos, y la cara que se te queda en la primera escucha es de haber sido arrollado por el AVE a velocidad punta.

La cara B puede parecer un bajón a simple vista (la colección de himnos de la otra cara no resiste comparación, y quizá en ese sentido podrían haber repartido mejor las cartas), pero mejor tomárselo como una única pista: “Suicide Nation” prosigue con la temática nihilista, esta vez de forma totalmente explícita (que se note que Suecia va en suicidios a la cabeza), mientras que “World Of Lies”, “Unto Others” y “Nausea” parecen una, con Lindberg escupiendo lo que piensa de este bendito mundo. “Need” y la instrumental “The Flames Of The End” parecen un guiño a sus compatriotas In Flames y Tiamat, respectivamente, con los que compartieron charlas musicales y cervezas en los primeros días, y de esta forma se cierra el disco, con un minutaje total de 34:15, algo así como una puesta al día de Reign In Blood o Master Of Puppets en formato futurista.

Lamentablemente Slaugher Of The Soul no tuvo continuación, los excesos propios de juventud, la quemazón de la propia gira y el conflicto de intereses entre los miembros de la banda dio al traste con el proyecto mucho antes de lo deseado y esperado, tanto por fans como por el propio grupo, pero como no hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo resista, tras varios proyectos posteriores y que aún tienen continuidad (The Haunted, Disfear), la banda se reunió con la formación del disco que nos ocupa en 2007, dejando de nuevo grandes trabajos como At War with Reality (2014) o el más reciente To Drink from the Night Itself (2018), con la misma calidad pero siempre a la sombra de lo que significó la obra capital de la banda y que es objeto de esta reseña. Si a día de hoy aún no te la has echado a la oreja no sé a qué cojones esperas.

Bubbath