Metallica – Master Of Puppets (1986)

Al echar la vista atrás en el tiempo y analizar qué discos han sido cruciales para entender como lo hacemos hoy el Heavy Metal en toda su extensión, no cabe duda de que este ya lejano tercer larga duración de los por entonces aún jóvenes Metallica ocupa un lugar privilegiado. Y decimos esto porque, si bien la prensa metálica en su día se empeñó en encasillarlos dentro de un género que acabó desvirtuándose por sí mismo, siempre fue obvio que Hetfield, Ulrich, Burton y Hammet iban un paso por delante del rebaño, marcando el camino a seguir y demostrando que el conservadurismo y el miedo a la evolución sólo conllevan estancamiento, aunque esto mismo, junto a una pizca de prepotencia y pretenciosidad, fuera lo que les echara a perder precisamente.

Tras uno de los mejores debuts que el menda se haya echado a la oreja, no tanto por las formas como por el contenido y el contexto del momento, accidentalmente tildado “Kill’em All” (a saber lo que habría vendido si finalmente hubiera aparecido el water con el cuchillo asomando y el sugerente título “Metal Up Your Ass”), y un consecuente y en línea brutalmente ascendente “Ride The Lightning”, los reyes de la Bay Area ampliaron horizontes hasta el infinito con esta obra de magno calibre y eternas ventas llamada “Master Of Puppets”, sin lugar a dudas de lo más jugoso y completo del catálogo del grupo.

Nuevamente con el conocido Flemming Rasmussen tras los mandos (parece ser que la experiencia anterior fue fructífera), los de San Francisco regresaban con un disco de portada tan sencilla como impactante, y lo más importante, con un contenido que sobrepasaba cualquier expectativa por grande que fuese, y que hacía replantearse al resto de competidores el abandonar todo intento de ganar la carrera con tan serio competidor. Y es que mientras la citada competencia iba paso a paso, las zancadas del cada vez más gigante Metallica tiraban por tierra cualquier deseo de ocupar el podium del Thrash Metal en particular, y a la postre del Metal en general.

Y lo cierto es que el grupo siempre quiso desvincularse de dicho término, si no totalmente sí en parte. Según palabras de la propia banda, la velocidad de la que pretendían hacer gala muchos de sus coetáneos ya no les atraía, pues no dejaba espacio a la sutileza, la destreza ni el crecimiento. Era tiempo de evolucionar y demostrar que la fuerza no está reñida con la melodía, y es innegable que dieron en el clavo.

En el plástico había tiempo para todo, desde la sutileza de la guitarra acústica de “Battery” y el consiguiente arranque thrashico hasta la caña porque sí de “Damage Inc.”, todo un muro sonoro. Como reconocía James, gustaban tanto de ser melódicos como de dejar de serlo; podían bajar el pie del acelerador para centrarse en la intensidad de las guitarras en “The Thing That Should Not Be” o “Leper Messiah” (lo que habrá mamado de aquí toda la generación Panteriana) o volver a meter la quinta con un cañonazo como el antimilitar “Disposable Heroes”. Y me reservo lo mejor para el final: a ver quién es el majo que no se ha desgañitado más de una vez con “Master Of Puppets”, un tema que sin duda es ya todo un himno generacional, con un interludio en el que Hetfield y Hammet, con más inteligencia que habilidad, nos ponen los pelos como escarpias con un crescendo de antología. O con la exquisita “Welcome Home (Sanitarium)”, medio balada medio trallazo, que daba buena muestra de que, como decíamos al principio, habría que correr mucho para pillar al combo yankee. Y cómo olvidarnos de la instrumental “Orion”, para el que suscribe bastante más atractiva que su antecesora “The Call Of Ktulu”, y con un descanso a cargo de Mr. Burton que encoge cada vez que la escucho (descanse en paz, maestro).

Lo dicho, un álbum grande, de gran sonido y de grandes himnos. Porque si se me permite, lo que componían Metallica en sus años de esplendor (en el sentido creativo) no eran temas, sino himnos. Y eso es precisamente lo que añoramos muchos de sus seguidores. Una banda que lo tenía todo, discos redondos, actitud e imagen y el público entero a sus pies, y que, de la noche a la mañana, decidió que era hora de cambiar y tirar por tierra una carrera intachable como pocas. Puede que muchos estéis en desacuerdo con servidor y sigáis disfrutando con el grupo en la actualidad igual que antes, pero de lo que estoy seguro es que no seréis tantos los que sintáis la misma sensación al reproducir un “Master Of Puppets” que un “Fuel”. ¿Me equivoco? No me engañéis…

Bubba

(Publicado originalmente en THE SENTINEL WEB MAG durante el primer lustro de la era 2000)