Horarios Leyendas del Rock 2018

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Horarios Leyendas del Rock 2018

Más info en: http://www.leyendasdelrockfestival.com

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Pantera – Vulgar Display Of Power (1992)

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Ahora que finalmente han decidido dar carpetazo a la historia y que Phil Anselmo parece haber encontrado su banda definitiva en Superjoint Ritual, no está de más repasar lo que es sin duda uno de los capítulos ineludibles de estos vaqueros de Texas.

La década de los 90 acababa de entrar en acción, y con ella una oleada de nuevos grupos -con Nirvana, Pearl Jam, Alice In Chains y Soundgarden a la cabeza- amenazando desde una diminuta Seattle a toda una generación de headbangers a lo largo y ancho del globo (al final se quedaría en eso, una simple amenaza). Lo cierto es que el Heavy Metal de toda la vida ya no sorprendía como antaño (una década da para mucho), y el Thrash, bastante más opaco que su hermano mayor, tan pronto como vino arrasando acabó por cansar al más acérrimo. Era el momento idóneo para que unos tejanos, fanáticos hasta la médula de Kiss y Black Sabbath, optasen por cambiar el rumbo a su carrera (hasta la fecha muy dirigida por sus citadas influencias) y asombrasen a medio mundo con el letal “Cowboys From Hell” (1990).

Pero fue “Vulgar Display Of Power”, si se me permite el ‘epicentro’ de su carrera, el que demostró que tenían bastante que decir en esto del rock duro y que “Cowboys From Hell” no había sido un espejismo ni un mero accidente (no en vano fue disco de oro en los States al poco tiempo de editarse). No se presentaban ni con la anquilosada por entonces etiqueta ‘heavy metal’ ni con los marginales sellos ‘thrash’ o ‘death’ (pese a que su sonido no tuviese nada que envidiar a la brutalidad de éstos). Eran metal, y punto. Y desde luego una simple etiqueta no les iba a impedir llegar a unas cotas de popularidad jamás vistas hasta la fecha en una banda de metal extremo.

Pantera eran el lógico relevo generacional, con un sonido puesto al día y una producción aplastante (Terry Date, para más señas), asombrosamente pulcra y de resultado devastador. La guitarra de Diamond “Dimebag” Darrell se bastaba por sí sola para servir de piedra angular del sonido del grupo, con una distorsión más propia de una guillotina que de un instrumento de cuerda, y la base rítmica conformada por el bajista Rex Rocker y el hermano de Dimebag, Vinnie Paul, se las arreglaba para quitarnos de la cabeza la necesidad de una segunda guitarra (un auténtico puñetazo en toda la cara, como bien muestra la portada). Por su parte, Anselmo era de todo menos políticamente correcto: sin pelos en la lengua (ni en la azotea), escupía como un demonio todas y cada una de las letras, ya de por sí viperinas (y encima se le entendía).

El trabajo era redondo de principio a fin, pero desde luego el brutal comienzo con “Mouth For War”, “A New Level”, el martilleante “Walk” o el rapidísimo “Fucking Hostile” ya sobraban para echarse las manos a la cabeza. Si a éstos le añadimos un impresionante y arpegiado “This Love”, con Anselmo entonando cual Layney Staley, unos furiosos “Rise” y “By Demons Be Driven” o el agridulce final con “Hollow”, ya tenemos los ingredientes necesarios para considerarlo plato exquisito (aunque para paladares no muy finos).

Lamentablemente, aunque el espectacular “Far Beyond Driven” mantuvo el listón incluso subiendo el nivel de brutalidad (por aquel entonces aparecían hasta en Los 40, paradojas de la vida), trabajos posteriores como “The Great Southern Trendkill” o el más reciente “Reinventing The Steel” no gozaron del mismo nivel de creatividad y consiguientemente de ventas, y un resignado “Reinventing Hell” ha servido para poner punto y aparte a una carrera envidiable como pocas antes de que fuera demasiado tarde. Ahora sólo queda aguardar pacientemente a que dentro de unos años les invada la nostalgia y regresen de donde estén, ya sea Texas o el mismísimo infierno.

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(Publicado originalmente en THE SENTINEL WEB MAG durante el primer lustro de la era 2000)

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GARAGE SOUND FESTIVAL 2018 – Auditorio Miguel Ríos, Rivas (Madrid), viernes 8 y sábado 9 de junio de 2018

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Tras saber la misma semana que este humilde (y puñetero) medio estaba acreditado para cubrir by the grace of god el Festival más motorizado del año, a pesar de que en un principio sólo íbamos a asistir a la jornada del sábado por motivos económico-prácticos, árduos y veloces nos dispusimos al cambio de planes (y trenes) de última hora para poder asistir también a la jornada del viernes, no sin antes cumplir con nuestras respectivas jornadas laborales. Que no se diga.

Viernes 8

De esta forma, mi colega en mil batallas J. A. Puerta y servidor nos plantábamos en el recinto con la actuación de los ya semi-clásicos suecos HARDCORE SUPERSTAR a punto de concluir, si bien nos dio para apreciar sus buenas formas Sleazy, a medio camino entre los Mötley Crüe de “Dr. Feelgood” y los Poison de “Look What The Cat Dragged In”, pasados eso sí por un tunel de lavado visual más propio de coetáneos suyos como Hellacopters o Backyard Babies que de los mencionados reyes del Glam Rock de mitad de los 80. Actitud encima de las tablas, Rock & Roll en estado puro y un sonido que ya se presagiaba algo falto de… algo, valga la redundancia.

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En el descanso, y como ya se apuntaba en la programación, tuvimos una espectacular demotración de saltos de Motocross Free Style o FMX, con el catalán Marc Pinyol a la cabeza. Como bien comentó el speaker, la cosa empezó suave, ya que los pilotos no habían tenido apenas tiempo de entrar en pista, pero una vez calentaron como es debido pudimos disfrutar de auténticos saltos acrobáticos sobrevolando nuestras cabezas. Top-all.

Tras una vuelta de reconocimiento por la zona, donde podías ver desde Mustangs clásicos hasta cabinas de camión, pasando por todo-terrenos o motos de alta cilindrada, así como el inevitable tenderete de discos (al final se nos quedaron los singles de Rosalie y Fool For Your Loving, cachis) y numerosas barras para adquirir bebida (no así comida, para lo que únicamente había una única barra y cola, que más bien parecía un embudo al que mejor llegar sin hambre), nos dispusimos a engullir el criollo más deprisa de lo normal para poder presenciar íntegramente la actuación de los angelinos BUCKCHERRY.

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Y de postre decepción. Y gorda. En honor a la verdad, aparte del debut homónimo de la banda allá por 1999 y de su exitoso single “Lit Up”, con uno de los estribillos más explícitos de la época (sí, aquel I love the cocaine, I love the cocaine, que era lo que todos los grupos del palo pensaban y sólo uno se atrevió a pronunciar), poco o más bien nada supimos más de la banda del hiper-tatuado Josh Todd. Con todo y con eso, había ganas de ver el estado de forma de la misma, y el chasco fue de los que marcan época. Ni el mencionado “Lit Up”, ni un desafortunado medley con “Crazy Bitch”, “Jungle Fever” y “Proud Mary” (¿tenían que destrozarla?), que ni las Nancys Rubias habrían hecho peor, ni un fin de ‘fiesta’ con el clásico “Roadhouse Blues” arrastrado por los suelos (si Jimbo levantara la cabeza… o el mismo Astbury sin levantarla del sofá, si me apuras) salvaron la actuación de la quema, con una banda sonando floja y sin fuelle (de esto no tuvieron del todo la culpa), y con un Todd que a duras penas si acertó un par de notas en todo el concierto (de esto sí la tuvieron, sobre todo (br)uno). Pero en fin, c’est la vie. Siempre recordaré a este grupo porque le regalé su primer disco a mi mejor colega, en paz descanse (él y por ende el grupo).

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Chupitos de cata de Johnny Walker Black Label por aquí y DJ’s obsesionados con Tobias Forge por allá (sin duda de lo mejor del festival, hasta que se le ocurrió pinchar BABYMETAL y pinchó, además en hueso) nos condujeron sin más dilación a lo mejor de la jornada con diferencia, la actuación de los canadienses DANKO JONES. A pesar de que el sonido siguió adoleciendo de la nitidez y potencia mínimamente exigibles en este tipo de citas, la banda del guitarrista / vocalista de mismo nombre descargó su set como procedía, con entrega, tablas y un feedback con el respetable digno de elogio (sí, todavía se ve en la obligación de hacer la puta broma en España de su apellido, como si se tratara de BENITO KAMELAS o cualquier otra costrada al uso). Danko no paró de destripar riffs con su SG blanca y de moverse por el escenario como pez en el agua, interactuando constantemente con el público para que no se durmiera, algo difícil de conseguir a priori tras el transilium en vena que nos chutó el bueno de Todd, pero que doy fe que consiguió con creces. Con “Lovercall” nos vinimos todos arriba y así seguimos hasta el final. Notable actuación con todos los contras de cara (jornada laboral, altas horas de la mañana, sonido mejorable y actuación previa lamentable) que nos dejó sentados de culo.

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Y con esto y un bizcocho nos fuimos a reponer fuerzas para la jornada del sábado, que se prometía larga y sobre todo dura.

Sábado 9

Tras un acceso al segundo día de festival algo accidentado (que si sobran entradas, que si no, que si los niños no pagan, que si a lo mejor…) nos topamos ya en la puerta con el gran Nicke Andersson (Nick Royale para los amigos), algo que le alegra a uno definitivamente el día. Tras una merecida vuelta de re-reconocimiento con nuestros nuevos compañeros de fatigas (hail to Rachel, David, Saints In Hell and Sinner After Sin!), en la que pudimos disfrutar de unas vueltas al circuito de las futuras promesas junior, tanto de Motocross como de Velocidad (algun@s eran realmente pequeñ@s, rondando los 6 años de edad), nos dispusimos a recoger los primeros minis de cebada para soliviantar el incipiente calor y a escoger sitio para presenciar nuestra primera actuación del día, que no la de la jornada (disculpen ustedes la omisión de la información, pero también comemos y de vez en cuando descansamos).

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No conocía de DEWOLFF nada más allá del nombre, lo típico de verlo en revistas, flyers y demás, pero bastaron unos breves acordes para que los neófitos en el grupo como yo de por allí nos plantásemos seriamente a ver la actuación de los holandeses (o como diablos se llamen ahora la gente de los Países Bajos). Su estilo, a medio camino entre el Southern Rock de clásicos como Lynyrd Skynyrd o Allman Brothers y la psicodelia Hard-Rockera de grandes como Led Zeppelin, Black Sabbath o Uriah Heep, en esa franja horaria de café-copa-y-puro nos entró de maravilla, y tema a tema nos fueron ganando hasta el punto de ser ovacionados por todo el personal (para servidor desde luego fueron los grandes triunfadores del festival). Tres tíos bastaron para animar el cotarro, Pablo y Luka van de Poel, hermanos y guitarra/voz y batería, respectivamente, y el teclista Robin Piso, que con su Hammond arropó hasta en las frecuencias bajas sorprendentemente (aunque esté feo decirlo, en esta ocasión ni tan siquiera echamos de menos la labor del bajo). Pasajes de Blues-Rock psicodélico perfectamente engrasado, coordinación espectacular y niveles incluso de virtuosismo fue lo que nos ofreció el combo holandés, algo que a duras penas os podemos trasladar en unas pocas palabras, y que desde luego toca vivir en directo, en este caso con mayor motivo. Si quieres hacerte una idea de lo que presenciamos los pocos agraciados que vimos su actuación, te recomiendo encarecidamente que te hagas con su reciente “Thrust”, pero ya te digo que lo mejor es que te los eches a la oreja en vivo.

Bubbath

Haberlos visto en 2012. Vaya por delante que considero a GRAVEYARD una de las mejores bandas de Rock – Hard Rock de los últimos diez años, pero tal vez por eso creo que el nivel que mostraron en el festival estuvo muy por debajo de sus posibilidades, habida cuenta de los conciertos que no hace tanto se marcaban. Es cierto que el sonido desde la posición en la que me encontraba era malo -ni la voz ni la guitarra de Joakim se escuchaban decentemente-, lo cual no ayudó, y que tampoco lo hizo parte del público, más preocupado en comentar la jugada que del propio concierto (castigo bíblico se queda corto para definir el intentar disfrutar de un concierto pero escuchar más a los de al lado que a la propia banda). Y si el contexto no era propicio, lamentablemente la banda no supo revertir la situación en gran parte del concierto, ya que comenzaron aparentemente bastante desganados, sin la intensidad que desprendían unos años atrás; si bien hay que ser justos y poco a poco mejoraron para terminar haciendo un concierto, simplemente, correcto.

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Y es que es muy difícil que esta gente, con el nivel que tienen, hagan conciertos malos, pero creo que si quieren dar un paso adelante para recuperar el tiempo perdido tras su parón de hace un par de años (y tienen papeletas para poder llegar a romperlo definitivamente: calidad, temazos, y sobre todo, camaleónica capacidad musical para llegar a un público muy amplio) deben recuperar la intensidad perdida, pues ya me dieron una impresión similar hace unos meses en Madrid (noviembre de 2017). Joakim -por centrarme en el que es el líder indiscutible de la banda, para bien y para mal- sigue lejos de su mejor nivel vocal, aunque es cierto que mejoró lo visto en el mencionado concierto madrileño, donde al menos la primera mitad del show estaba directamente para cantar en los actuales Whitesnake.

En cuanto al repertorio, dieron casi la misma cancha al último disco que a su celebrado Hisingen Blues (destacando para mi gusto “Bird Of Paradise” del primero a pesar de no escuchar casi la voz del bajista -regla general de todo el festival, los problemas en las voces- y la ya clásica “The Siren” del segundo) pasando por el Lights Out con las habituales que suelen tocar de éste (una pena que obvien las que para mí son las mejores, “20/20” y “Fool In The End”) y un par de guiños al Innocence And Decadence, quedando algo deslucida por los factores arriba comentados ese temazo lleno de sensibilidad llamado “Too Much Is Not Enough”. Del primero, por desgracia, mus.

En resumen: bien, pero se esperaba mucho, mucho más.

Sin After Sinner

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BLACK STAR RIDERS merecían haber encabezado la jornada del viernes. A cambio, tocó conformarse con una visita que supo a merienda escasa aunque deliciosa. Primera cita desde que finiquitaran gira americana con Saxon y Judas Priest, Warwick salió a por sangre, la misma que no se había olido en el festival ni encima ni debajo de las tablas, y logró contagiar esa energía en las obligadas versiones de “Jailbreak” y “The Boys Are Back In Town” (primer momento Rock FM de la velada). En este formato se pierden la solemnidad y profundidad que les vimos en Apolo allá por 2011, pero es curioso que Ricky acometa los cortes de Lizzy con más fuerza y convicción que los de cosecha propia, como si Lynott lo observase desde lo alto vigilante de su legado. Unido a la idolatría que salta a la vista siente por Gorham, nadie podrá achacarles falta de honestidad. Cayó una selección justa de “All Hell Breaks Loose” y “The Killer Instinct” e insuficiente de “Heavy Fire” (tema título y basta), uno de los discos de 2017. A excepción del sonido, deficiente para no variar la tónica general (las guitarras dobladas sonaron en nuestra imaginación), me quedo con media hora vespertina de Scott Gorham luciendo clase a hora y pico insufrible de torso tatuado de Josh Todd.

J. A. Puerta

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Definitivamente GLENN HUGHES no es humano, lo tengo claro. Que a sus 66 castañas se pegue un repaso al repertorio de Deep Purple como si fuera 1975 tiene delito, máxime si además les pega un repaso al resto de bandas del festival (con permiso de DEWOLFF y lo que les permitieron a BLACK STAR RIDERS, para el que suscribe). En esta ocasión no venía acompañado de sus ya clásicos BLACK COUNTRY COMMUNION, sino de una banda joven que le acompaña como procede para el CLASSIC DEEP PURPLE LIVE (el batería llevaba literalmente dos bolos con la banda, y lo clavó), set especial que se ha permitido como homenaje a los ya desaparecidos Jon Lord y Tommy Bolin, y por qué no, para sacarnos a los fans algunos cuartos (y oye, con mucho gusto). Con todo y con esto, si el sonido acompaña (de lo mejorcito del festival, siempre enmarcado entre lo indecente y lo meramente correcto) y la gente lo añora, un set-list como el que sigue hace el resto:

Stormbringer

Might Just Take Your Life

Sail Away

Mistreated

You Fool No One

Smoke On The Water / Georgia On My Mind

Highway Star

Burn

No había cotilleado el repertorio a priori, de hecho a día de hoy no suelo hacerlo ya nunca, e incluso rara vez repaso los discos antes del concierto del artista (en ambos casos implica cargarte el factor sorpresa del show, sobre todo en el primero), y gracias a ello disfruté como un enano de la descarga del tío Glenn, dejándonos la vida en cada copla como merecía la ocasión. Concierto de los que hacen afición, si no llega a ser por el coitus interruptus nos habríamos corrido de gusto.

Bubbath

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Lo de GUN es una pena. Tanta ida y venida de personal, Alex Dickson incluido, aquel que fuese escudero de Dickinson en “Skunkworks”, ha acabado con el fundador Dante Gizzi como cantante y cara visible de los escoceses, cuando calzar esas botas le viene claramente grande. Rememorar “Steal Your Fire”, “Better Days”, “Welcome To The Real World” O “Don’t Say It’s Over” en boca del otrora bajista del combo, con vestimenta y ademanes propios de un cantante de karaoke (y dejémoslo ahí), fue más un ejercicio de nostalgia que otra cosa y encomendarse a “Taking On The World” Y “Word Up” (ni el mínimo resquicio de rabia y lascivia, por orden), un acto de fe. Incluso pudiendo apoyarse en los cortes de su última obra, “Favourite Pleasures”, optaron por incluir una solitaria “She Knows” al inicio y esquivar su presente. Los pecados de juventud no se redimieron esta vez, por lo que continuaré recordando aquel accidentado concierto en el Monsters of Rock de Las Ventas de 1992 como la oportunidad perdida.

J. A. Puerta

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Y lo que pudo haber sido una de las mejores descargas del festi, la de los suecos IMPERIAL STATE ELECTRIC, se quedó en un quiero y no puedo por causas ajenas a su voluntad. Guitarras saturadas, voces inaudibles, a altas horas de la mañana y tras dos días de festival a cuestas pesaron demasiado, y ni el Nicke más activo pudo hacer frente a todo eso. “Deja Vu”, “A Holiday From My Vacation” o “Just Let Me Know” se atisbaron entre la debacle sonora (creo que fue el grupo que peor sonó, con diferencia), pero la suerte estaba echada y disfrutamos como pudimos de lo que pudimos. Unos últimos chupitos de José Cuervo intentaron tapar las carencias (lo del sonido y lo de agotarse el Jack Daniel’s antes de hora), pero el daño ya estaba hecho. En cualquier caso un hurra por el bueno de Nick, sus descargas pasadas con Hellacopters e incluso Imperial State Electric fueron memorables, y nada de esto empaña aquellos gratos e irreemplazables recuerdos.

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Y esto fue lo que dio de sí para este pequeño grupo de forajidos el GARAGE SOUND FESTIVAL 2018 en su segunda edición, un encuentro mejorable en lo técnico (sonido, avituallamiento comestible) pero insuperable en lo humano, donde nuevamente vivimos momentos irrepetibles y por los que merece la pena hacer esfuerzos en determinados momentos e incluso pasar clamurias. Rivas, nos venom el año que viene. Anthrax pronto!

Bubbath

Ghost – Prequelle (2018)

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Wow! Quizá esta onomatopeya -aquí ya no funcionan las palabras- resume a la perfección lo que es el nuevo disco de Ghost. Y es que, lejos de ponerse un techo, la banda sigue creciendo, ¡y de qué manera!

Nueva maravilla de portada, presentándonos al Cardinal Copia sobre su nuevo trono, después de suceder de una manera un tanto violenta al Papa Emeritus III. La contraportada no le va a la zaga, se trata de una ilustración en un tríptico abierto con imágenes “religiosas”, entiéndase por “religiosas” el mundo de Ghost. En la parte superior tenemos a los Papas Emeritus I, II y III, al Cardenal Copia y a los jefes del cotarro: la Sister Imperator y el Papa Emeritus Nihil, ¡ahí es nada! Y en la parte inferior unos feligreses adorándoles.

Musicalmente el disco es una auténtica joya, donde la melodía y los teclados tienen un predominio no vistos antes en Ghost, dejando a un lado la faceta más oscura, sobre todo de los dos primeros discos. Pero no os engañéis, sigue siendo Ghost y además sonando como nunca, pues la producción a cargo de Tom Dalgety y las mezclas a cargo de Andy Wallace son impecables, sonando cada instrumento como tiene y debe de sonar. Aquí también voy a destacar la forma de cantar de Tobias Forge, pues ha dado un salto cualitativo muy grande.

El disco se abre con una introducción llamada “Ashes”, cantada por la hija de Tobias Forge, muy de canción de peli de terror, a mí me ha venido a la mente la canción que cantaban las niñas saltando a la comba en “Pesadilla en Elm Street” (friki que es uno). Inmediatamente la batería nos introduce al tema más heavy del disco -y de la banda- , la ya conocida “Rats”. Quizá con “Faith” se haya hecho un guiño a la oscuridad de sus primeros discos, un tema con un riff muy machacón, muy de la escuela de Black Sabbath, y estos dos primeros temas son los más heavys del álbum.

Con “See The Light” abrimos el apartado de temas melódicos, una preciosidad de canción con un teclado/piano predominante. Si con “See The Light” abríamos el apartado de temas melódicos, con “Miasma” abrimos el de instrumentales, pues en el disco nos encontramos con dos instrumentales de muy alto nivel: “Miasma” y “Helvetesfönster” se llaman. “Miasma” va en un in crescendo fascinante, con solos de todo tipo, y lo mejor es que, cuando crees que no se puede mejorar y en su parte más dura, aparece un saxofón y la eleva a los altares del maligno. “Helvetesfönster” es más tranquila, y de nuevo tenemos las teclas de un piano sobresaliendo, su parte final me recuerda mucho a Mike Olfield de la época “Voyager”, pues tiene una parte de atmósfera de las que hechizan.

“Dance Macabre” abre la cara B -sí señores, lo tengo en vinilo-, un tema muy pegadizo, sobre todo el estribillo, donde se te viene a la mente la mejor época de los germanos Scorpions, pero no es la única canción que me recuerda a los Scorpions, pues en “Witch Image” también me podría imaginar a Klaus Meine con pandereta en mano en el estribillo, no es tan bailonga como “Dance Macabre”, pero la escuela de los Scorpions está ahí.

Me dejo para el final los dos temas que más me han sorprendido del disco. “Pro Memoria” es todo un temazo, de nuevo con unas líneas vocales muy buenas. Cuando crees que con “He is” han tocado techo como balada maligna, de pronto se sacan un “Pro Memoria”, de nuevo con protagonismo de teclado/piano y con una letra de las que dan que pensar. El disco lo cierra “Life Eternal”, otra prodigiosa balada, de letra preciosa a la par que inquietante. Sin duda la oscuridad sigue estando muy presente en las letras.

Ghost se vuelven a superar, aparte de currárselo en los discos (ninguna canción de relleno), tienen detrás una faceta teatral/marketing brutal, con varios vídeos de promoción de la llegada del Cardinal Copia, que no hacía otra cosa que ponernos los dientes largos esperando la salida del disco. Supongo que los vídeos seguirán, y harán Papa al Cardinal, pero no adelantemos acontecimientos, pues es sólo una impresión mía. De momento disfrutemos del disco, pues merece y mucho la pena.

Laguless

KRISTONFEST 2018 – Sala La Riviera (Madrid), sábado 12 de mayo de 2018

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Impresionante edición se han marcado esta gente en lo que ha significado la segunda cita anual consecutiva en la madrileña sala La Riviera, ya que las anteriores se venían realizando en la localidad de Bilbao, concretamente en la sala Santana, donde tuvieron lugar las cinco ediciones anteriores (2012-2016).

Para el que no lo conozca, se trata de un festival orientado especialmente hacia sonoridades Stoner / Doom / Sludge, con margen para la psicodelia y el progresivo, por el que han pasado bandas como Wolfmother, COC, Gojira, Buckcherry, John García & Band, Orange Goblin o Clutch, y que se ha convertido en cita obligada para los amantes de ese tipo de sonidos en particular, y por supuesto para los que degustamos del Rock Duro en líneas generales.

Para este 2018 nos tenían reservada cita para un único día, pero qué día, ni más ni menos que con Monster Magnet a la cabeza, con lo que nos quitamos tanto la asignatura pendiente de ver a la banda de Wyndorf como la de asistir por primera vez al festival.

Al módico precio de 40 € + gastos de distribución, en una sala como La Riviera, un emplazamiento ideal y con todas las comodidades de una sala de primer nivel, la opción de salir y entrar en cualquier momento, y unos precios hasta lógicos (es La Riviera), visto lo que hay por ahí actualmente y los precios que se manejan no se me ocurre mejor cita rockandrollera que la que nos ocupa, a lo sumo similar.

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Con un lleno cómodo desde el comienzo de las actuaciones y un público aparentemente extraído de un ARF endurecido, salían a escena con puntualidad británica CONAN, no sé si tendría que ver algo el hecho de que sean de Liverpool (no nos ganaréis!). La banda de Jon Davis (voz, guitarra), Chris Fielding (bajo, guturales) y Johnny King (batería) descargaron sin miramientos su set-list de corte Doom/Sludge, directo y sin aditivos. Jon y Chris se alternan las voces rasgadas y directamente guturales respectivamente, predominando eso sí las primeras, y esto junto a la pegada de King, alumno aventajado de Chuck Biscuits (Danzig, Black Flag), supone una descarga de lo más seco y compacto que te puedas echar a la oreja. Tras la misma, con una puesta en escena hierática pero tremendamente efectiva, nos quedamos mirándonos como si efectivamente el Rey Cimerio nos hubiera pasado por encima. Seguramente lo más salvaje de la velada. Brutal.

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ELDER por su parte supusieron el contrapunto soft del festi, con ese toque progresivo maestro que atesoran y con el que nos deleitaron a todos los allí presentes, y es que dudo que alguien saliera defraudado de su actuación (para el que suscribe fueron los grandes triunfadores del Kristonfest 2018). Cambios de tempo ultradinámicos (esta banda juega con los tiempos con una facilidad pasmosa), solos vertiginosos, melodías de carne de gallina y, en general, unas composiciones de bellísima factura y calidad, que en su versión de directo ganan si cabe con respecto a las de estudio. La banda de Boston campó a sus anchas por el escenario del Kristonfest (no en vano repetían edición), sobre todo su bajista Jack Donovan, que con su Rickenbaker no paró de animar el cotarro, generando ovaciones y aplausos unánimes por parte del respetable. Repertorio infalible (no dejéis pasar su reciente Reflections Of A Floating World de 2017) y la sensación de haber visto una descarga realmente especial, desde luego bastante por encima de la media. Dioses.

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Tras una salida breve y concisa para recargar pilas en el bar más cercano (toda una bendición por parte de la organización, gracias y enhorabuena a pachas), con HIGH ON FIRE volvimos a la carga Doom/Sludge, aunque de corte definitivamente más Heavy que propuestas como la de CONAN. La banda del ex Sleep Matt Pike (guitarra, voz) lleva ya dos décadas en activo (lejos queda aquel sorprendente debut denominado The Art Of Self Defense de 2000), y si bien empezaron algo fríos y destartalados, la cosa fue ganando enteros por minutos, cuajando finalmente otra actuación para recordar de esta edición del Kristonfest. Pike no paró de moverse, de interactuar con el público, de masturbar el mástil de su Les Paul y de beberse lo que encontró por encima de los amplis (no diremos nada de su actual estado de forma), con ese timbre aguardentoso que gasta, a medio camino entre el de Rolf Kasparek y el de Chris Boltendahl, y ese conglomerado musical nieto de Venom, y la banda en general (trío) fue de menos a más, ejecutando ese Heavy/Doom de pasajes progresivos a la perfección, para deleite tanto del respetable como del resto de bandas, que se amontonaban entre bambalinas para presenciar in situ a los ya considerados unos clásicos del género. Gran actuación in crescendo y aproximación a las barras, que había que rellenar líquidos para afrontar la recta final con garantías.

Lo de MONSTER MAGNET era una asignatura pendiente desde hacía tiempo, y qué mejor momento que pillar a Dave Wyndorf en un buen momento, valga la redundancia. Mindfucker los ha devuelto a primera línea de nuevo, otro gran disco de corte Hard Rock clásico, muy en la onda Powertrip / Monolithic Baby, sin renunciar a ese toque Stoner de siempre, aunque ya muy lejos de esas primeras andanadas lisérgicas de los comienzos.

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Es evidente que Wyndorf acapara todas las miradas desde el principio hasta el final del concierto, es su banda y esto va por delante ya de entrada; poco importa que apenas si extraiga un par de notas de su SG por tema cuando se le ve en forma de nuevo, no para de arengar al público brazos en alto, su voz está en óptimas condiciones otra vez y la banda acompaña como procede (sobre todo Phil Caivano, que hace las veces de guitar hero). Con todo esto y un par de chupitos de Fireball en el cuerpo nada puede salir mal! Si además el show comienza con “Dopes To Infinity” y el sonido es el esperado, el orgasmo es asegurado.

Los temas de Mindfucker empastan perfectamente con el resto, y da la sensación por momentos de que suene lo que suene lo vamos a aceptar de buen agrado. La banda suena compacta y potente, su entrega es total y la nuestra por ende también. “Soul”, “Mindfucker” y “Radiation Day” me gustan especialmente, y “Space Lord” la aprovecho para ir a por el último mini de cebada, que utilizamos para regar el festero “Ejection”, “End Of Time” y el indispensable “Powertrip”, todo un himno generacional de un disco que simplemente hizo historia.

Por poner algún pero, nos faltaron temas de Monolithic Baby y algún corte más de Powertrip, sobre todo en los bises, pero ya se sabe cómo va esto, siempre falta algo para alguien en algún momento. Por lo demás, todo fueron pros. Asignatura aprobada con nota, y una alegría enorme de ver al bueno de Dave otra vez saludable y haciendo bolazos, que es lo que toca y mejor sabe hacer.

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Y cuando todo parecía abocado a ir cuesta abajo, la banda de Tatsu Mikami lo puso todo de nuevo patas arriba con su Doom/Stoner heredero directo de Black Sabbath y Pentagram. Con ese sonido retrotal y esas letras de asesinos en serie a lo “Ted Bundy” o “Charles Manson”, la banda japonesa nos insufló el último halo de la noche en formato mórbido, acabando con un bis improvisado a petición del personal (si no recuerdo mal fue el único de la noche). Un broche perfecto para un festi pluscuamperfecto, ya estamos deseando repetir en la próxima edición de 2019. Baroness, Mastodon, Kylessa, Witchcraft, At The Gates, Trouble, una reunión de los míticos Cathedral… organización, hacedme feliz!

Bubbath

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Arcade Fire – Wizink Center (Madrid), martes 24 de abril de 2018

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Pocas noches quedan retenidas en las mentes adultas (que no maduras) con bagaje (las que escurrimos la basura con distinta intermitencia). Por ello, si al cabo de unos días y digerido el efecto “todo ya” del consumismo informativo inmediato de corto alcance, la emoción del recuerdo se acrecienta y firmarías una excedencia para completar el tour con tal de repetir en bucle, puedes considerarte afortunado.

Los paralelismos entre los U2 de “Pop” y sus apadrinados Arcade Fire en la actualidad son sutiles y a diferente escala (sin limones, se sobreentiende). No me refiero sólo a que su última entrega comparta con aquél el exceso de autocomplacencia y el consiguiente levantamiento de ampollas (primer bache en un currículum impoluto). Como Bono antaño, Regine Chassagne, ataviada cual púgil encapuchado, se dirige hacia el cuadrilátero central junto a sus compañeros entre el gentío de pista, con presentación de speaker incluida e imágenes de cada miembro en las pantallas que coronan el escenario. La reacción hacia “Everything now” en el arranque se difumina según transcurre, pero rápidamente tiran de épica con “Rebellion (Lies)” para recuperar el pulso y vaciar pulmones en el primer corte que cae de “Funeral”. Toca vuelta al tono pachanguero-caribeño de “Here comes the night time”, que pasa un tanto desapercibida, aunque de nuevo recurren a su manual de insalvables para aunar en una sola voz a todo el Wizink,  con una “No cars go” a la que varían su tempo natural con alguna marcha de más y que supone el único recuerdo a su primer EP. Regine toma las riendas en “Electric blue” y, pese a que sube un par de notas por encima de la versión de estudio sonando a una especie de Alvin y las ardillas, deja en buen lugar el toque discotequero a lo Bee Gees/Abba de la última hornada; algo que no ocurre con “Put your money on me”, de la que sólo destaca el vídeo de acompañamiento, lleno de anuncios chorras (los mismos que emiten antes de comenzar el show), y su mensaje de sorna a la absurda compra compulsiva al alcance de un click que nos rodea.

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Hasta aquí, el curso de los acontecimientos es correcto, aunque los exclusivistas tienen un punto a su favor jugando con el argumento de que han travestido su esencia de directo sin artificios y puramente musical a favor de un frío espectáculo visual milimetrado. Sigue impactando ver a una decena de tipos encima de las tablas que combinan y se intercambian los instrumentos acostumbrados con mandolinas, acordeones, tambores, piano, etcétera, donde Win Butler se permite ir de la guinda que desee (ese sombrero que luce durante la primera parte le da un aire a Pete Doherty, acicalado y bien nutrido, eso sí) y el entretenimiento  recae en la hiperactividad común y la locura de su hermano Will, pero pesa el haber dejado escapar la entrada para Razzmatazz en julio de 2016, acontecimiento histórico a la vista del estatus alcanzado y del conciertazo que dieron (por una vez me remito a las pruebas que rondan la red). Nada más lejos.

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“Neon bible” y “My body is a cage” oxigenan el ambiente y dan un pequeño respiro al show para conducirnos sin regreso hacia un clímax final que no se presagia. “Keep the car running” enciende de nuevo los coros de la grada y “(Antichrist televisión blues)” cierra en modo folk la representación del disco bíblico y el apartado de sorpresas en el repertorio, de modo que reservo la nickcaveniana “Ocean of noise” para una lista de deseos futura. Entre “Neighborhood #1 (Tunnels)” y “Neighborhood #3 (Power out)”, interpretadas con una intensidad que pocos grandes firman a día de hoy y a pesar de que Win muta las estrofas en un discurso para esquivar las notas altas, tocan por orden la sección de “The suburbs” y de “Reflektor”. De la primera, en formato siamés obligado la homónima (impecable, de no llorar por vergüenza) y “Ready to start” (insurrecta y posiblemente la más rockera del set) desembocan en “Sprawl II (Mountains beyond mountains)”, con las bolas de espejos iluminando el pabellón y Regine soberbia a la voz (ahora sí). De la segunda, se marcan un mini show dance que transforma aquello en una fiesta, con Regine bailando junto a las primeras filas, de la mano de “Reflektor” (recuerdo efímero en imágenes a Bowie, otro de sus valedores)  y “Afterlife”. Después, sorprendente “Creature comfort”, potente en el cara a cara y cuya línea de bajo dibuja similar a la de Clayton en “Mofo” (vuelta a los irlandeses). Carne de directo, se destapó como la mejor superviviente para giras venideras.

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La delicada “We don’t deserve love” inaugura los bises. Aunque creo que es la única del álbum que no naufraga al lado de sus precursoras, resulta demasiado intimista y hace las veces de “If you wear that velvet dress” (ambas, delicatessen destinadas al cajón). Los miembros de la Preservation Hall Jazz Band, que momentos antes han amenizado la velada, toman el escenario (que da poco más de sí por la cantidad de músicos que alberga) para dar color al reprise de “Everything now” y que rápidamente enlazan con el “Wake up” más largo y catártico que con toda seguridad llegue a vivir en primera persona. No requiere de aditivos en crudo, pero con el aderezo de la jazz band, la comunión absoluta audiencia-grupo a estas alturas y la salida triunfal abriéndose paso entre la multitud, el himno se eterniza al coro de trece mil y pico gargantas pletóricas que no se cansan. Quince minutos inolvidables.

Luego, la comidilla mediática del miércoles, convirtieron los aledaños del Palacio en una improvisada charanga por las calles de Nueva Orleans. Capaces de transportarnos a idénticas sensaciones en recintos de cualquier dimensión, continúan firmes por el carril de adelantamiento pese a quien pese y trabajo de promoción que toque. Al hilo del párrafo de arranque, va a ser cierto lo de “now that I’m older / my heart’s colder /and I can see that is a lie”.

J. A. Puerta