UNAS BAQUETAS CONTARÁN MI HISTORIA (José Martos Arellano y Santi Fernández Galán, Serial Ediciones, 2019)

Este verano cayó en mis manos el libro que nos ocupa, cortesía de mi buen amigo J. Alfonso Puerta, colega de sonoridades desde la década de los 90 y compañero de episodios fanzinerosos varios desde entonces, a sabiendas de mi afición por el Heavy Rock español en general y por el instrumento del protagonista del libro en particular, José Martos Arellano, baterista que ha militado en diversas bandas punteras del mencionado estilo, tales como Tritón, Niágara, Barón Rojo, Atlas, Topo o Asfalto.

El libro no es otra cosa que una autobiografía de José Martos contada a pachas con Santi Fernández, o mejor dicho, revisada y arreglada por este último, o al menos eso es lo que se extrae de las notas del propio libro. De su coautor, actual responsable de la web TheSentinel.es, decir que fue compañero de fatigas de la citada web cuando aún se denominaba TheSentinelWebMag, una página que iniciamos en la costa levantina unos cuantos forajidos y que pronto absorbió tanto nuestro tiempo que tuvimos que ir levando anclas de uno en uno, hasta convertirse en otra cosa algo distinta (ni mejor ni peor, sino todo lo contrario). En cualquier caso decir que es un logro admirable que perdure la web después de tantos años, le/s mandamos un saludo afectuoso desde la acera de enfrente, donde se ven las cosas con cierta perspectiva, sin presiones de ningún tipo, y en general se vive bastante mejor, todo sea dicho.

A la hora de abordar una (auto)biografía de este calibre, creo que hablo en nombre de todos los que consumimos este tipo de lectura musical de manera habitual cuando digo que aquí lo que prima es el ritmo narrativo, el anecdotario personal y, en este caso concreto, el detalle técnico propio del músico en cuestión, en este caso de la batería y del baterista. Es fundamental que todo ello se conjugue de la mejor manera posible, sin estridencias en ninguna de las facetas, o de lo contrario te puede quedar un manual técnico instrumental, un compendio de chistes chungos o directamente un ladrillo.

En ese sentido me gustaría decir en primer lugar que el libro es de fácil lectura, con una narrativa muy sencilla, con lo que te despacharás el asunto en apenas tres apalanques de sofá. Esto sería ideal si en los apartados técnico y anecdótico hubiera bastante chicha que roer, pero ahí es donde para mi gusto el libro hace más aguas, ya que ni suele pararse a contar historietas en demasía (como la del queso de Cabrales de los De Castro en el Chrysler, mismamente), ni se detiene a detallar tanto la formación del músico como los instrumentos utilizados por éste en el tiempo (apenas algo de su etapa con la marca valenciana Santafe y poco más), limitándose a resumir de pasada tanto vivencias como periodos de actividad, tanto es así que puede apreciarse algún salto de años incluso en determinados momentos del libro. Quizá la parte más entretenida en ese sentido son los primeros años del protagonista, y justo cuando comienza su actividad en las bandas de más reconocido prestigio es precisamente cuando se pisa el acelerador y se empieza a echar en falta todo lujo de detalles.

Tampoco quiero hacer sangre de la obra, vaya por delante que el libro es de agradable lectura, que el autor se desnuda ante el lector, contando ‘su historia’ como quiere y sabe (me consta que tanto él como Santi Fernández eran neófitos en la materia), pero como digo más arriba se echan en falta más trapos sucios, que con gente como los hermanos De Castro seguro que haberlos haylos. Con todo y con eso, la historia se cuenta de forma ordenada y por etapas, que en la mayoría de ocasiones se hacen coincidir con su estancia en las diferentes bandas, así como otros episodios vitales varios, tales como su salida al extranjero o determinadas épocas de transición. Un aspecto que llama mucho la atención es que el autor, aun teniendo una inmejorable ocasión, omite todo tipo de crítica a sus ex-compañeros de profesión, algo digno de elogio pero bastante raro tratándose del país en el que vivimos, quedando esa extraña sensación de haber intentado ser políticamente correcto, y con ello haber sacrificado una magnífica oportunidad de airear unas cuantas vergüenzas ajenas, que nunca está de más.

Unas baquetas contarán mi historia quizá adolece un tanto de la picaresca de otras biografías patrias, como la de un tal José Carlos Molina (No te dejes Ganar, Pedro Giner, Ediciones Vosa, 1995), o del detalle técnico de obras de tintes similares, de las que bien podría haberse dejado influenciar (John Bonham, El Rugido del Oso, Chris Welch y Geoff Nicholls, 2001), pero en cualquiera de los casos sigue siendo interesante para todo aquel que guste del Rock Duro en español y de las biografías musicales. Si además de eso tienes en tu discografía cosas como Tritón, Now Or Never o Arma Secreta, tendrás que echarle una ojeada cuando tengas un hueco, aunque sólo sea por mera curiosidad.

Bubbath

STREETS OF RAGE 4 (Dotemu, 2020)

Una de las pocas alegrías que me ha dado lo que llevamos de este extraño, pandémico y casi apocalíptico 2020, es la vuelta de uno de los buques insignia de la compañía japonesa Sega después de la friolera de 26 añazos. Esa maravilla lúdica es el grandísimo y carismático Streets of Rage.

Sega en los 90 estaba en una lucha sin cuartel con Nintendo a ver quién era el rey del entretenimiento doméstico, con el duelo de la Megadrive vs Super Nes como capítulo más destacado. Los creadores de joyazas como “Shinobi”, “Out Run” o “Golden Axe” no tenían suficiente con reinar en las salas de máquinas e iban al asalto de los hogares, dejando un duelo entre las dos potencias niponas bastante interesante.

Pero ahora Sega no es la de antes y se dedica más a trabajar para las demás que para sí misma. Malas decisiones y algo de mala suerte le apearon de la pole del vicio, por lo que su situación en el mundo de los videojuegos es ya en un segundo plano.

Streets of Rage es un juego “Beat em up” o un “Yo contra el barrio”, concepto donde uno de los abuelos es el vetusto y mega clásico “Double Dragon” de Tecmo, aunque su principal influencia es el también mitiquísimo “Final Fight” de Capcom. Todo el mundo que hemos tenido una infancia ochentera y que hemos estado gastándonos las monedas de “cinco duros” en las salas de máquinas de la época conocemos estos artefactos de pe a pa.

El concepto de “Street of Rage” es simple y efectivo como un puñetazo en la boca: mueves un tipet y te lías a mamporros con todo lo que le sale por el camino, tanto con puños, patadas, como con objetos diversos que vas encontrándote por el camino. De esta nueva versión curiosamente no se encarga Sega, sino que se la ha licenciado o le ha dejado la faena a la compañía francesa Dotemu. Los Gabachos son todo unos especialistas en reconvertir o hacer un lavado de cara a juegos clásicos, donde entre sus trabajos están los remakes de clásicos como el Pang, Windjammers  o Wonder Boy the Dragons trap.

Yendo al grano, o duro y a la encía, como la canción de Def Con Dos, es un juego de jugabilidad muy vieja escuela con unos gráficos 2D muy detallados y unas animaciones dignas de película de animación, se mueve muy bien y no te deja respiro, que no te aburrirás de darle a los botoncitos constantemente. También los homenajes y guiños de la saga son constantes, desde personajes principales, enemigos -sobre todo algunos jefes- y obviamente los golpes y combos. Hay también que remarcar que esta saga a nivel argumental ha seguido de una forma continuista, ya que la trama y los personajes los mueven en el tiempo 10 años después de lo que ocurrió en la tercera parte.

Al principio de todo empiezas con cuatro personajes -dos de ellos clásicos de la saga-, que según vamos avanzando las fases vamos acumulando unos puntos que nos desbloquean personajes nuevos, galerías de personajes y algún modo nuevo de juego.  

También en la banda sonora participan en algún tema Yuzo Koshiro y Motohiro Kawashima, creadores de la banda sonora de los juegos antiguos, aunque el que lleva la batuta de la música del juego es el francés Olivier Deriviere. También en el aspecto sonoro, Dotemu ha reciclado o tomado prestados sonidos de sagas anteriores, dejando el toque nostálgico más evidente. El experimento funciona y se fusiona bien con el aspecto moderno del juego.

Como vivimos en un mundo en el que se cataloga toda cosa material e intangible, Street of Rage 4 está ubicado en lo que denominaría “El nuevo retro”, juegos de estilo vieja escuela con un estilo 2D en los sprites o monigotes que manejamos pero con la tecnología de ahora, con los fondos en 3D, dando un toque más moderno y artístico. No todo el mundo del videojuego son los Sandbox o el Fornite. Los viejunos jugones aún tenemos cabida en esto.

Saints in Hell

Helloween – The Time Of The Oath (1996)

Pongámonos en situación: después del nefasto Chameleon (1993), Helloween, o mejor dicho, Weikath y Großkopf, deciden que Kiske no siga en la banda por el cariz que ésta estaba adquiriendo musicalmente, a causa del mismo Kiske. Su reemplazo fue Andi Deris, hasta entonces vocalista de Pink Cream 69, y con Deris ya como vocalista grabaron un genial Master Of The Rings (1994), editado justo un año después de Chamaleon.

Master Of The Rings fue un disco sorpresivo e inesperado, ya que nos devolvió la fe a los que por aquel entonces ya no apostábamos un duro -todavía contábamos en pesetas- por Helloween, recuerdo haber escuchado “Sole Survivor” en la radio, seguramente en La Emisión Pirata, y al día siguiente bajar a la tienda de discos y comprarlo. Pero este no es el disco que nos atañe.

Así que en 1996, ya con Andi Deris consolidado en las filas de Helloween, nos deleitan con otro genial disco de nombre The Time Of The Oath. La formación de ese disco fue el propio Deris a las voces, Weikath y Roland Grapow a las guitarras, Großkopf al bajo y Uli Kusch a la batería. Como productor tenemos al clásico productor de la banda Tommy Hansen.

La portada ya daba pistas de por dónde venían los tiros, ya que en ella se halla el ‘Keeper’ y dentro de su cara vemos los anillos de la portada del Master Of The Rings. O sea, tiraban hacia atrás buscando el sonido de los Keepers e incluso del Walls Of Jericho, pero sin dejar de lado su versión más actual y renovada del Master Of The Rings. Por cierto, la versión que yo tengo venía con un póster de la portada que estuvo bastantes años colgada en una pared de mi antigua habitación.

El disco, según palabras de Deris, es un disco conceptual basado en profecías de Nostradamus. Además, fue dedicado a la memoria de su exbatería (fallecido el año anterior) Ingo Swichtenberg.

Pasemos a los temas. Un silbidito da paso a “We Burn”, todo un cañonazo. ¿He nombrado antes el Walls Of Jericho? En esa onda de trallazos también tenemos a “Before The War”.

Con “Steel Tormentor” y “Kings Will Be Kings” bajamos un pelín la velocidad y apreciamos que Uli Kusch no está manco precisamente. Otra de ese estilo es “A Million To One”, que perfectamente podía haber estado en el anterior disco Master Of The Rings.

En el cd también nos encontramos con una cachonda “Anything My Mama Don’t Like”, de esas que a Helloween les gusta nombrar como ‘Happy Metal’, con un estribillo bastante empalagoso, la verdad, y es la que menos me gusta del disco.

Damos paso a las canciones épicas del disco, y que probablemente sean mis favoritas: “Mission Motherland” es un temazo de 9 minutos con un riff inicial de los que enamoran a primera escucha, es un tema complejo con bastantes cambios de ritmo durante todo el desarrollo, es un tema para escuchar muchas veces, ya que igual a la primera no entra. El tema que da título al disco The Time Of The Oath es más oscura, aquí notamos la escuela de Black Sabbath, los coros en latín aún le dan un toque más épico si cabe, también es un tema largo de casi 8 minutos, pero éste entra mejor que “Mission Motherland”.

Cómo no, este disco no está exento de baladas; “Forever And One (Neverland)”, con ese toque de teclas y con un Deris cantando de una manera sobresaliente, es una balada con mucho feeling, y en mi opinión la mejor balada de la era Deris, no en vano en la gira de reunión ‘Pumpkins United’ fue la balada elegida de Deris. “If I Knew” también es una gran balada, y también tiene mucho feeling, pero personalmente me gusta más “Forever And One (Neverland)”, cuestión de gustos.

Y para el final me dejo “Power”, a mi juicio es el “I Want Out” de la época Deris, una canción pegadiza, melódica y de estribillo fácil de corear, con unos coros que ponen patas arriba cualquier sala o pabellón. Durante mucho tiempo en sus directos estuvieron haciendo el juego de dividir al público en parte derecha e izquierda y Deris iba jugando pidiendo cantar a la parte derecha, luego la izquierda y luego todos juntos. Quedaba muy bien, la verdad.

Y poco más que contar, a mi juicio, tanto el anterior Master Of The Rings como este The Time Of The Oath supusieron una segunda juventud para los de la calabaza, captada perfectamente en el directo de la gira llamado High Live.

Laguless

El amo de los anillos…

Recuerdo exactamente el día que me hice con el cassette de Master Of The Rings (1994). Para ser sincero, tras descubrir a la banda de la calabaza a finales de los 80 con sus hits del momento, con aquel video-clip de “I Want Out” a la cabeza, una copia en cassette del azucarado y anodino Pink Bubbles Go Ape (1991) nos diría más bien poco (con el tiempo le extrajimos todo el jugo posible), tanto que Chamaleon (1993) nos pasó directamente de largo, y no fue hasta la reconciliación con la banda que lo retomamos curiosamente (ni bien ni mal, sino todo lo contrario).

El caso es que como bien dice mi colega Laguless, un par de adelantos de La Emisión Pirata (“Sole Survivor” y “Where The Rain Grows”) nos abrieron las orejas de par en par, y no tardamos mucho en bajar a la tienda de turno (discos Hendrix, para más señas) para hacernos con lo que a la postre se convertiría en una de las gemas del grupo, al menos para el que suscribe.

Porque aunque el disco pareciera un accidente, de título un tanto absurdo (¿El Señor de los Anillos versión Beta?) y de formación por testear, con un batiburrillo de temas de estructuras varias y sin excesivo apego al sonido clásico de la banda, la producción era sólida como el pene de Peter Steele (cortesía de Tommy Hansen), y a pesar del acentuado tono nasal del ex-vocalista de Pink Cream 69, nada que ver con el de su predecesor, a la tercera o cuarta escucha ya te habías vuelto a hacer amigo de Weikath y cía, y después de 26 largos años y unas cuantas escuchas más, podemos afirmar sin despeinarnos que Master Of The Rings es el trabajo que mejor ha envejecido de la banda, tanto que suena igual de fresco o más que cualquier entrega posterior al susodicho.

Podría estar piropeando el disco un rato largo, tanto por la ejecución de sus compositores (la entrada rítmica de “Sole Survivor” no tiene nada que envidiar a la de un “Where Eagles Dare” o un “Painkiller” de turno), como por el acierto en las propias composiciones, con trallazos de la talla de “Where The Rain Grows” o “Still We Go”, lo más parecido por entonces a su época clásica, medios tiempos míticos y electrizantes como “Why?”, “Mr. Ego (Take Me Down)”, “Perfect Gentleman” o “Secret Alibi”, caminando entre el Pop, el Prog, el AOR y el Heavy Metal más tradicional como Pedro por su casa, o ese temón de comienzo acústico llamado “In The Middle Of A Heartbeat”, probablemente su balada más fresca y vigente a día de hoy, un corte que puedes pinchar sin riesgo de empacho, algo que se puede decir de “Stairway To Heaven” y de dos o tres baladas más. De no ser por las simplemente correctas “The Game Is On” y “Take Me Home”, mera diversión en onda “Rise And Fall” para amenizar el disco, seguramente estaríamos hablando del mejor trabajo de Helloween, quedando de esta forma un capítulo de los comúnmente llamados de transición, pero un capítulo ineludible sin el cual jamás comprenderás debidamente la historia del grupo.

Bubbath

ANGELUS APATRIDA – Nits del Primavera, Parc del Fòrum (Barcelona), miércoles 5 de agosto de 2020

No las tenía todas conmigo cuando me enteré del bolo en modo Covid-19 de los albaceteños Angelus Apatrida en el Parc del Fòrum de Barcelona, son muchos meses ya de pandemia y consiguientemente de sequía conciertil, y ya empezaba a parecer una modalidad de ocio del pasado, una suerte de entretenimiento tribal propio de una era pasada, algo obsoleto a enterrar en aras de una nueva normalidad donde todo es cibernético y telemático, reina el meme y aflora la verdadera esencia del ser humano: la nueva subnormalidad. Afortunadamente lo del show era cierto y no otro bolo más en streaming, lo cual hizo cambiar planes y billetes y aprovechar la ocasión, quién sabe si nos van a volver a confinar de nuevo y hasta cuándo.

A un precio razonable (19,80 €) y con las medidas de seguridad necesarias dada la situación (dispensadores de gel hidroalcohólico, mascarilla obligatoria, distancia de seguridad tanto en pista como en grada, así como en colas de bar y aseos), a pesar de las mismas la cita se tornaba de lo más atractiva, en un emplazamiento idílico como el Fòrum (y a pesar también del aroma a estiércol tan característico de la zona) y con una compañía inmejorable (Laura, Joaquín, Raúl, Pablo… I salute you!). Si a eso le añades un “Black Funeral” de Mercyful Fate como bienvenida poco más se puede pedir. O sí, según se mire.

Y es que hemos visto muchos bolos sentados dependiendo de las circunstancias (tipo de grupo, de festival, por simple cansancio…), pero el mero hecho de que te acorralen a la fuerza y además lo hagan con un grupo como el que nos ocupa, no sé, es como cuando te prohibían algo de pequeño, sólo por eso ya te apetecía más todavía. Una cosa estaba clara: esta noche no habría pogo, mosh y mucho menos un wall of death como manda Satán, pero nada nos impidió llenar el tanque de cerveza y hacer air guitar y headbanging sin parar.

El grupo dio un bolo al uso, esto es, no se diferenció en nada a un bolo pre-pandemia, si bien es cierto que a Guillermo Izquierdo le pesó un tanto ese parón pandémico, las paradas fueron varias y las charlas cual Joey DeMaio frecuentes, aunque en su caso más que para ensalzar el Metal fue para cagarse en el monarca emérito y en cualquier tipo de fascismo, para anunciarnos próximos bolos cibernéticos o el merchandising disponible, lo cual es totalmente lícito, pero al igual que me sucede con Manowar sigo prefiriendo que suenen temas.

El sonido fue óptimo y la ejecución como de costumbre, todo un ejercicio crossover-thrash-hardcore de alumnos aventajados de gente como Nuclear Assault, Testament, DRI, Exodus y compañía, y muy del estilo de otros foráneos coetáneos suyos como Iron Reagan, una lástima verlos en las condiciones que comentamos dada la naturaleza de su música. Con todo y con eso intentamos disfrutar al máximo de la descarga, con cortes como “Sharpen The Guillotine”, “One Of Us”, “Give’em War”, “Thrash Attack” o “You Are Next”, que cerró la velada, y por supuesto con ese cover del “The Antichrist” de Slayer que ya han hecho suyo, en el que Guillermo lamentó no haber tenido el placer de conocer personalmente al malogrado Jeff Hanneman (hubo guiño a “Rainning Blood”, pero no hubo cojones suficientes a intentarla). Bastante interacción con el público dada la particularidad del show, buen rollismo y resignanción a pachas, y emplazamientos de cara a un futuro mejor, donde grupo y respetable podamos volver a volar con total libertal.

La gente en líneas generales se comportó (alguno que otro no pudo evitar soltar silla y mascarilla), el ambiente fue cordial y de resignación, como ya digo, pero esto es lo que hay ahora mismo al fin y al cabo, y hay que aceptarlo. A ver si empezamos a ser conscientes de una puñetera vez de que el problema no está en bares o eventos, sino en personas y comportamientos, y eso afecta a todas las facetas de la vida, no sólo al ocio nocturno. Cuando todos (sobre todo las autoridades) tengamos claro eso habremos ganado una gran batalla frente a la puta crisis de la COVID-19.

Bubbath

WACKEN WORLD WIDE 2020

Fue a finales de Abril cuando oficialmente los organizadores del W:O:A cancelaron la edición del festival de 2020 debido a la pandemia. Pero no por ello se quedaron de brazos cruzados, sino que se pusieron manos a la obra, y sorprendentemente a mediados de Julio nos hacían llegar la información de la celebración de un nuevo invento por parte de los organizadores llamado Wacken World Wide, celebrándose los mismos días que se hubiera celebrado el festival, con el lema de que si no puedes ir a Wacken, Wacken va a ti.

Y así fue, cuando lo fácil hubiese sido tirar de archivo y ponernos varios conciertos (será por archivo…), que fue una de las opciones, también había 2 opciones más que interesantes, una era un directo desde una sala habilitada para la ocasión sin más, con el propio escenario como fondo y si acaso algún telón del grupo como si de un ensayo se tratase. Y la otra opción era igual que la anterior, pero con un escenario virtual que simulaba estar en el mismo festival de Wacken. Y todo ello a precio 0 para el consumidor. Bien es cierto que desde la web oficial de Wacken o la creada para la ocasión te podías comprar alguna camiseta conmemorativa del W:W:W o la pulsera del festival a modo de apoyo.

Y así pasamos el fin de semana, los grupos que vi pues fueron:

Doro en un concierto reciente en un autocine, qué curioso eso de estar en el coche viendo un concierto, no sé, debe ser bastante raro, aunque supongo que una vez entras en materia lo puedes llegar a disfrutar bastante.

Eskimo Callboy, un grupo que no conocía y que derrocha una energía enorme, y eso que estaba en el salón de casa, en directo tienen que ser un cañonazo. Por cierto, era el primer concierto con su nuevo cantante.

Alice Cooper, se trataba de un concierto de archivo de W:O:A 2013. Aquí hay poco que decir, Alice Cooper en estado puro con toda su parafernalia.

Blind Guardian, en escenario virtual, fue el primer concierto que vi en este formato y me gustó bastante. Ahora, no sé cómo se deben sentir cuando dan las gracias y saludan al público, pero bueno, me gustaron mucho y no se me hicieron tan aburridos como las últimas veces que les he visto en directo real.

Ross The Boss, para mí fue el mejor concierto del Wacken World Wide, sólo media hora, pero superintensa con los clásicos de Manowar y un par de canciones de cosecha propia. Decir que al vocalista Marc Lopes le vi menos chillón que las 2 veces que les he visto, diría que ha mejorado muchísimo vocalmente.

Kreator, tocaron también en escenario virtual durante una hora, y fue otro derroche de energía, Mille y sus huestes no fallan, presentaron en directo su nueva canción “666-World Divided” y sí, “Satan is Real”, of course!

Motörhead, concierto de archivo de W:O:A  del que no recuerdo el año, con la aparición del Bomber sobrevolando el escenario, otro cañonazo infalible.

Lordi, con un reportaje de Mr. Lordi mostrándonos curiosidades de Laponia, y un concierto en un bar de 3 canciones, fue lo que menos me gustó.

Y esto es lo que yo vi, pero grupos había muchísimos más, entre ellos Iron Maiden con un concierto de archivo de la gira del  “Book Of Souls”, Judas Priest con otro concierto de archivo de la gira de “Nostradamus”, Powerwolf, Heaven Shall Burn, In Flames, Anthrax, Sabaton, Crisix, etc, etc.

También había multitud de entrevistas y nos presentaron el tráiler del W:O:A 2021 y las primeras bandas anunciadas.

En fin, una grandísima idea por parte de los organizadores, que consiguieron quitarnos algo el mono de Wacken. El futuro está en el aire visto lo visto y hasta que la COVID no se controle veo inviable este tipo de eventos, del cual sinceramente no soy muy optimista a medio plazo. No descarto que se haga otra edición el año que viene, sólo el tiempo dirá. Yo, lo he disfrutado.

Por cierto, los conciertos los retransmitían tanto la web de Wacken World Wide como la de Magenta Musik 360, en esta última aún podéis ver algunos conciertos online.

Laguless

Bunbury – Posible (2020)

En el epicentro de una pandemia, como si de la banda sonora de un escenario postnuclear se tratase, el décimo álbum de estudio de Bunbury ha venido a encajar como un guante en su discografía y en la discoteca de muchos, como en el caso del que suscribe.

Posible es el décimo trabajo de Enrique, al margen de directos y demás proyectos, que son tantos o más que los de estudio, y diez son los temas que lo componen, como si se pretendiera alcanzar lo perfecto, y si no lo consigue quiero pensar que lo acaricia al menos.

El caso es que en la discografía del artista, y siempre desde un prisma estrictamente personal, claro está (de eso van las críticas con firma), si bien todo es aprovechable en líneas generales, salvo con el gran Pequeño (1999) habría recortado aquí y pegado allá en la mayoría de sus trabajos, algo que (por fin) no me ha sucedido con Posible, que como bien indica su nombre tampoco es tan difícil.

Lo cierto es que con un artista que ha bebido de influencias tan variopintas como el techno, el hard rock o el tango no siempre es fácil coincidir en todo, aunque tampoco se trata de eso: la música es algo etéreo y atemporal, a poco que el emisor esté acertado con las notas y el oyente esté predispuesto a escucharlas sin prejuicios, hay un terreno ganado más vasto que Siberia.

Y ahí es donde acierta Posible. A menos que seas un purista de género de condiciones sine qua non, esta colección de canciones te tocarán la fibra sí o sí, porque están diseñadas para ello y porque son piezas musicales minimalistas en las que se recogen los mismos nutrientes que mamaste de pequeño, al margen de si los ingredientes son o no manufacturados (por mucho plug-in que haya ese sonido de caja es totalmente realista). Si ahora la onda va más enfocada en Depeche Mode, Kraftwerk o New Order que en Led Zeppelin, Tom Waits o la cumbia bienvenida es, en cualquiera de los casos es una cuestión meramente anecdótica y formalista, aquí lo que prima es el guiso y no el recipiente, y ahí están (de nuevo) la métrica, las rimas, esas letras cada vez más autobiográficas y objetivas, y sobre todo un buen puñado de hermosas melodías, sea cual sea su envoltorio.

Sin relleno que valga, el disco se deja escuchar (auriculares, aviso) del tirón ya en una primera toma, y en sucesivas entregas te irá ganando hasta convertirse en uno de tus favoritos del artista, opinión personal, insisto. Y no, no voy a dar la chapa esta vez con una descripción gráfica de lo que suponen los temas en cuestión de uno en uno, desde el homenaje particular a Gahan y Gore con ‘Cualquiera en su sano juicio (se habría vuelto loco por ti)’ hasta la alacena actualizada que supone ‘Los términos de mi rendición’, un final idílico y emotivo como pocos, todo el contenido de Posible es más que apetecible, con momentos que a día de hoy ya parecían improbables (‘Indeciso o no’), y que ponen la piel de gallina como cuando eras un neófito en esto de la música y cualquier cosa te enervaba. Feeling en estado puro.

1. Cualquiera en su sano juicio (se habría vuelto loco por ti)
2. Hombre de mundo
3. Deseos de usar y tirar
4. Mis posibilidades (Interstellar)
5. Las palabras
6. Arte de vanguardia
7. Mariachi sin cabeza
8. Como un millón de dólares
9. Indeciso o no
10. Los términos de mi rendición

Las fotografías de Jose Girl (cómo no) y el diseño de Álvaro Pérez-Fajardo encajan perfectamente con la oscuridad intimista del plástico interior, si bien no se puede alegar en ningún momento que se trate de un trabajo pesimista, todo lo contrario, las sensaciones que despierta son mayormente de optimismo y melancolía, y en ese sentido es un disco que se deja pinchar una y otra vez, máxime en estados de reclusión total. Un disco que firmaría el propio Nick Cave, y del que seguramente estaría orgulloso el mismísimo David Bowie.

Bubbath

Riot – Thundersteel (1988)

A la hora de hablar de grupos malditos o de esos mal llamados ‘de segunda fila’, no hay duda de que Riot pueden encasillarse muy a gusto dentro de dicha etiqueta. Y ello no deja de ser curioso, ya que si bien la mayoría de los eternos aspirantes a la fama suelen arrojar la toalla tarde o temprano, estos norteamericanos pueden presumir de llevar editando discos la friolera de cinco décadas (Rock City, 1977, se dice pronto), aunque también es cierto que el bueno de Mark Reale (guitarra) ha sido el único superviviente de aquella primigénea formación hasta su fallecimiento en 2012, momento en el cual el resto de la banda decide proseguir con el legado de Reale ya como Riot V, todo un detalle tanto por la idea de mantener viva la llama como por el hecho de no querer adueñarse de una franquicia que tuvo a las claras un administrador único.  

Tras cinco discos de estudio y uno en directo, de los que cabría destacar un inspiradísimo Fire Down Under (1981), probablemente su trabajo más clásico de la primera época (seguido de cerca por Narita, 1979), dada la escasa repercusión de su quinto Born In America (1983) y el consiguiente desánimo de Reale, se abre un período de sequía discográfica de cuatro años comprendido entre 1984 y 1988 y consiguientemente de inactividad del grupo en directo; tras el paréntesis, Reale reestructura la banda, bien secundado por Tony Moore (voz), Don Van Stavern (bajo) y el gran Bobby Jarzombek (batería), y juntos dan a luz lo que es ya todo un clásico y eterna fuente de inspiración de una incontable legión de speed/power-metaleros al uso que reinan en la escena metálica actual.

Y es que Thundersteel es a Riot algo así como Painkiller a Judas Priest, esto es, la esencia del grupo pasada por el filtro y elevada al cubo en lo que a revoluciones se refiere. No en vano sólo hace falta escuchar el inicio con el homónimo del disco, todo un trallazo hiperacelerado, de riffs vertiginosos, doble bombo atronador y agudos por doquier (todo un clásico destroza-cogotes en las discos heavies de turno). Pues eso, Power Metal de libro. “Fight Or Fall”, aunque de poderosos riffs, era algo más dinámico, decelerando en el estribillo y demostrando que en el power/speed metal también se puede jugar con la voz y resultar atractivo.

“Sign Of The Crimson Storm” hacía las veces de medio tiempo, con un Tony Moore que nos muestra su registro real por momentos y que sube tonos en el chorus como mandan los cánones. Y vuelta a la caña con “Flight Of The Warrior”, donde Bobby Jarzombek maneja los pedales a su antojo, Mark Reale se saca de la manga unas rítmicas y un solo difíciles de olvidar y Mr. Moore te pone el vello bien de punta con sus modulaciones. Después de esto es cuando, en líneas generales, viene el bajón. No es este el caso. “On Wings Of Eagles” está diseñada y estudiada para que te dejes las cuerdas vocales intentando emular los alaridos estallacristales de Moore (pues eso, intentando). Y a continuación otra de mis favoritas (¿quién dijo relleno?), “Johnny’s Back”, de riff cabalgo-destripante a cargo de Reale y con otro de esos estribillos para cantar en compañía.

Como descanso auditivo tenemos “Bloodstreets”, con un comienzo de acústicas que rápidamente rompe un riff distorsionado aunque controlado a cargo de Reale, de tempo lento y recreándose en la melodía vocal (temón). “Run For Your Life” retoma la caña del comienzo, con un Tony Moore esta vez más agresivo que chillón y otro de esos solos marca reale. Y la traca se cierra con “Buried Alive (Tell Tale Heart)”, algo más ambicioso que el resto (más extenso y detallista), y que curiosamente, al igual que sucede con el inicio del disco, me recuerda al cierre del que fuera el legado de Halford en Judas, “One Shot At Glory”, en plan colofón final (y digo curiosamente porque “Painkiller” estaba por llegar).

Grabado y mezclado en los Greene Street Recording estudios de Nueva York por el habitual Rod Hui, el disco suena que atruena, pulcro, brillante y contundente. Su portada sin embargo no corrió la misma suerte, con una ilustración (más bien boceto) a cargo de Kevin Kall bastante cómica, si bien mejora incluso la tónica general de las portadas del grupo, un aspecto a mi modo de ver bastante descuidado por la banda y tan básico en una época en la que ilustraciones, logotipos y demás atrezzo incidían directamente en el fan de turno, y que coetáneos como Judas Priest, Saxon o Iron Maiden sí supieron exprimir al máximo.

Thundersteel tendría su continuación con el gran The Privilege Of Power (1990), un trabajo sin duda mucho más arriesgado y rompedor que su predecesor, similar en calidad pero de esquemas bastante más eclécticos (Queensrÿche lo estaban petando, recordemos), y entre eso y nuevos cambios de formación en el siguiente Nightbreaker (1993), en el que Moore da el relevo a Mike DiMeo y con ello al sonido del grupo (AOR puede sonar demasiado drástico, pero desde luego eso ya no era Power Metal), el combo regresó de nuevo a esa un tanto incómoda segunda fila que decía al principio, quedando el trabajo que nos ocupa en una especie de limbo discográfico, un oásis en el desierto al que acudir en estados anímicos bajos o cuando el poder del Heavy Metal llama a tu puerta.

La formación que registró Thundersteel regresaría por sus fueros en 2011, fecha en la que editarían el esperadísimo Immortal Soul, álbum que amalgama prácticamente todas las facetas y vertientes sonoras de Riot, pero que lamentablemente no podría presentar su mentor, dado su fallecimiento a los pocos meses por complicaciones con esa dichosa y todavía enigmática enfermedad de Crohn.

Si no estás familiarizado con el material de la banda, como en toda historia que se precie creo que deberías empezar por el principio. Si por algún motivo no dispones del tiempo ni de las ganas necesarias, entonces te recomiendo que vayas directo a por este Thundersteel, sin duda una de las gemas del Heavy Metal clásico, aunque te aviso: todo lo que venga después te sabrá a poco.

Bubba

(Publicado originalmente en THE SENTINEL WEB MAG durante el primer lustro de la era 2000, revisado y editado en abril de 2020)

Metallica – Master Of Puppets (1986)

Al echar la vista atrás en el tiempo y analizar qué discos han sido cruciales para entender como lo hacemos hoy el Heavy Metal en toda su extensión, no cabe duda de que este ya lejano tercer larga duración de los por entonces aún jóvenes Metallica ocupa un lugar privilegiado. Y decimos esto porque, si bien la prensa metálica en su día se empeñó en encasillarlos dentro de un género que acabó desvirtuándose por sí mismo, siempre fue obvio que Hetfield, Ulrich, Burton y Hammet iban un paso por delante del rebaño, marcando el camino a seguir y demostrando que el conservadurismo y el miedo a la evolución sólo conllevan estancamiento, aunque esto mismo, junto a una pizca de prepotencia y pretenciosidad, fuera lo que les echara a perder precisamente.

Tras uno de los mejores debuts que el menda se haya echado a la oreja, no tanto por las formas como por el contenido y el contexto del momento, accidentalmente tildado “Kill’em All” (a saber lo que habría vendido si finalmente hubiera aparecido el water con el cuchillo asomando y el sugerente título “Metal Up Your Ass”), y un consecuente y en línea brutalmente ascendente “Ride The Lightning”, los reyes de la Bay Area ampliaron horizontes hasta el infinito con esta obra de magno calibre y eternas ventas llamada “Master Of Puppets”, sin lugar a dudas de lo más jugoso y completo del catálogo del grupo.

Nuevamente con el conocido Flemming Rasmussen tras los mandos (parece ser que la experiencia anterior fue fructífera), los de San Francisco regresaban con un disco de portada tan sencilla como impactante, y lo más importante, con un contenido que sobrepasaba cualquier expectativa por grande que fuese, y que hacía replantearse al resto de competidores el abandonar todo intento de ganar la carrera con tan serio competidor. Y es que mientras la citada competencia iba paso a paso, las zancadas del cada vez más gigante Metallica tiraban por tierra cualquier deseo de ocupar el podium del Thrash Metal en particular, y a la postre del Metal en general.

Y lo cierto es que el grupo siempre quiso desvincularse de dicho término, si no totalmente sí en parte. Según palabras de la propia banda, la velocidad de la que pretendían hacer gala muchos de sus coetáneos ya no les atraía, pues no dejaba espacio a la sutileza, la destreza ni el crecimiento. Era tiempo de evolucionar y demostrar que la fuerza no está reñida con la melodía, y es innegable que dieron en el clavo.

En el plástico había tiempo para todo, desde la sutileza de la guitarra acústica de “Battery” y el consiguiente arranque thrashico hasta la caña porque sí de “Damage Inc.”, todo un muro sonoro. Como reconocía James, gustaban tanto de ser melódicos como de dejar de serlo; podían bajar el pie del acelerador para centrarse en la intensidad de las guitarras en “The Thing That Should Not Be” o “Leper Messiah” (lo que habrá mamado de aquí toda la generación Panteriana) o volver a meter la quinta con un cañonazo como el antimilitar “Disposable Heroes”. Y me reservo lo mejor para el final: a ver quién es el majo que no se ha desgañitado más de una vez con “Master Of Puppets”, un tema que sin duda es ya todo un himno generacional, con un interludio en el que Hetfield y Hammet, con más inteligencia que habilidad, nos ponen los pelos como escarpias con un crescendo de antología. O con la exquisita “Welcome Home (Sanitarium)”, medio balada medio trallazo, que daba buena muestra de que, como decíamos al principio, habría que correr mucho para pillar al combo yankee. Y cómo olvidarnos de la instrumental “Orion”, para el que suscribe bastante más atractiva que su antecesora “The Call Of Ktulu”, y con un descanso a cargo de Mr. Burton que encoge cada vez que la escucho (descanse en paz, maestro).

Lo dicho, un álbum grande, de gran sonido y de grandes himnos. Porque si se me permite, lo que componían Metallica en sus años de esplendor (en el sentido creativo) no eran temas, sino himnos. Y eso es precisamente lo que añoramos muchos de sus seguidores. Una banda que lo tenía todo, discos redondos, actitud e imagen y el público entero a sus pies, y que, de la noche a la mañana, decidió que era hora de cambiar y tirar por tierra una carrera intachable como pocas. Puede que muchos estéis en desacuerdo con servidor y sigáis disfrutando con el grupo en la actualidad igual que antes, pero de lo que estoy seguro es que no seréis tantos los que sintáis la misma sensación al reproducir un “Master Of Puppets” que un “Fuel”. ¿Me equivoco? No me engañéis…

Bubba

(Publicado originalmente en THE SENTINEL WEB MAG durante el primer lustro de la era 2000)

Héroes del Silencio – El Mar No Cesa (1988)

A la hora de abordar la escueta pero prolífica carrera de los zaragozanos Héroes del Silencio es fácil caer en los tópicos de siempre (máxime si proviene de la prensa especializada), esto es, reconocer los méritos de Senderos De Traición (1990), alabar la evolución y eclecticismo rockero de El Espíritu Del Vino (1993) y ensalzar el endurecimiento supuestamente maduro de Avalancha (1995), quedando el debut de la banda como una especie de error iniciático de factura Pop, del cual sólo cabe acordarse en modo nostálgico y casi pidiendo disculpas, empezando por el propio grupo. Pues bien, haremos de abogados del diablo y trataremos de equiparar El Mar No Cesa al resto de la discografía de HDS, el trabajo que lo empezó todo y, producciones al margen, con algunas de las piezas musicales más bellas del combo maño.

Tampoco hay que ser tan duros con Enrique, Juan, Pedro y Joaquín. Si Lennon, McCartney y compañía necesitaron prácticamente una década para editar un tema de Hard Rock / Proto Metal como “Helter Skelter”, y aun así son considerados padres indiscutibles del Rock moderno y contemporáneo, les podemos consentir perfectamente a nuestros héroes nacionales una carta de presentación tan cálida e inocente como la que nos ocupa. A los controles de producción estuvo el mismísimo Gustavo Montesano (Olé Olé), con eso y la inexperiencia previa en estudio de nuestros protagonistas poco más se puede pedir.

Situémonos. Debía correr finales de 1988 o principios de 1989 cuando vi en televisión el video-clip de “Mar Adentro”. Por aquel entonces ya tenía constancia y registro de lo que era el Hard Rock y el Heavy Metal, pero lo que vi y escuché en ese momento me impactó, tanto por imagen como por sonido, y ya me acompañó en el resto de mi viaje musical particular para los restos: negro riguroso, botas vaqueras, base rítmica contundente contrastada claramente con unos arpegios limpios propios de bandas como The Cure, U2 o The Smiths (estos últimos se dejan ver especialmente en el tema), cortesía del limitado e inimitable Juan Valdivia (pobre muñeca derecha), y una voz de tenor dramático cual Raphael o Nino Bravo proveniente de una especie de junkhead llamado todavía Enrique Ortiz de Landázuri, que ponía la guinda a un pastel que no se había comido nuestra bendita patria hasta la fecha. Por lo demás, el corte hablaba de guarreridas españolas, cortesía del Bunbury más lascivo. A día de hoy lo sigo pudiendo escuchar como el primer día, cosa que no me sucede con otros muchos de la banda, algo debe tener.

Además del video-single de marras, el disco alberga un puñado de temas memorables: “Hace Tiempo” es un medio tiempo escuela Larry Mullen Jr. (el maestro a las claras de Pedro Andreu, junto a Ringo Starr, por supuesto), de aire nostálgico y grandes desarrollos por parte de Valdivia, que pasa del arpegio con Detune (primo-hermano del Chorus) al Overdrive como sólo él sabe. Épico, si se me permite. “Fuente Esperanza” es sin duda de mis favoritas de la banda, evocadora como pocas y con una letra que los desmarcaba directamente del rebaño. Juan se sale de nuevo, en esta ocasión con un punteo made-in-spain muy característico y que, al igual que las letras de Enrique, le va desmarcando de sus claras influencias algosajonas. “No Más Lágrimas” es otra pieza de hermosa factura que mejoraron En Directo al año siguiente, y “La Lluvia Gris” repetía con respecto al Ep, sin duda de los puntos más flojos del plástico, debido a su escaso aporte y al desfase temporal con el resto.

La cara B se abría magistralmente con “Flor Venenosa”, toda una apología encubierta al desenfreno etílico y que la madre de Enrique prefiere no escuchar. “Agosto” se erigía como otra de las favoritas del disco, de corte existencial e irreligioso y de gusto exquisito, mientras que “El Estanque”, utilizada para abrir sus directos, aquí se ubica entre medias y empasta con la misma gracia. Guitarras acústicas se entremezclan con arpegios limpios de manera ideal, y el mar, presente en la portada y en casi todo el trabajo, se derrama de nuevo ahogándonos. Tiene su gracia que el título de El Mar No Cesa viniera de un simple error de Enrique al mentar a la banda post-punk Mar Otra Vez…

“La Isla De Las Iguanas” es una suerte instrumental de corte surfero-gótico, una excentricidad propia de Robert Smith y sus secuaces, mientras que “…16” denota juventud y despertares a pachas, con Enrique vociferando por momentos y enlazando frases aparentemente inconexas, y como de costumbre sujetas a múltiples interpretaciones personales. Con “Héroe de Leyenda” se cierra el trabajo, otro corte rescatado del Ep y que, al igual que sucede con “La Lluvia Gris”, aporta poco al conjunto, lo cual no le desmerece para nada su condición de himno generacional y que dio nombre al propio grupo. Mención aparte merecen los bonus tracks “Olvidado” y “La Visión De Vuestras Almas”, incluidos únicamente en la edición en CD y que no aparecen en la versión Lp, la primera de aires pre-Senderos De Traición pese a su fecha de creación (ya estaba en la maqueta), y la segunda desechada a última hora del vinilo y rescatada para En Directo (1989), al igual que “Olvidado”.

Es una obviedad que El Mar No Cesa adolece de una producción demasiado light y de unas formas excesivamente parametrizadas, con un aire gótico / post-punk pero pasado por un filtro pop (Gustavo Montesano, recuerden) que, visto con perspectiva, parece desfasado y manido a día de hoy. Ese es el error. El Mar No Cesa debe contextualizarse en aquel momento concreto de la Historia musical de España, no en la actual, ya habría tiempo de realizar los ajustes necesarios, y no habría que esperar mucho, como decía al principio. Para algunos como el que suscribe, el primer trabajo de Héroes del Silencio supone una foto musical de un momento concreto de nuestras vidas en el que todo parecía novedoso, aunque fuese cogiendo de aquí y de allá (quien esté libre de pecado…), y nos abría un abanico de sonoridades alternativas (Bowie, Sisters Of Mercy, The Mission, New Model Army, Paradise Lost y un sinfín de generaciones más) que nos han acompañado hasta la fecha, y que sin duda han marcado y ampliado nuestro gusto musical. Por todo ello le estaré siempre más que agradecido.

Bubbath

King Diamond – The Spider’s Lullabye (1995)

Ha pasado un cuarto de siglo desde la publicación del sexto álbum de estudio de King Diamond, y si bien no es comparable a todo lo anterior hecho por él mismo hasta esa fecha (cualquier parecido de las circunstancias que lo rodearon con las de anteriores trabajos es mera coincidencia), creo que ya va siendo hora de hacerle justicia y ponerle en el sitio que le corresponde.

El escaso apoyo de Roadrunner tanto a The Eye (1990) como a su correspondiente gira hizo partir peras a la banda, con lo que el sello aprovechó para barrer la discografía de Mercyful Fate y King Diamond hasta la fecha (A Dangerous Meeting, 1992), mientras que la banda prosiguió en silencio con la gestación de su siguiente disco a la par que con la búsqueda de nueva compañía discográfica, que a la postre sería el sello independiente alemán Massacre, con bandas en alza por aquel entonces como Crematory, Theatre of Tragedy, Atrocity o Hybernoid, o clásicos a la baja como Pretty Maids o Helstar (aún conservo un recopilatorio del sello llamado In Your Face que recopila todo esa amalgama de sabores), evidentemente con menos medios que Roadrunner, pero sin duda con una predisposición hacia el grupo muchísimo mayor que la del sello que les dio la fama.

Pero no sería hasta 1995 que The Spider’s Lullabye vio la luz. Mr. Bendix aprovechó la coyuntura para reunirse mientras tanto con sus viejos colegas de Mercyful Fate (In The Shadows, Time), tras lo cual finalmente LaRocque y nuestro maestro de ceremonias encontraron el hueco para editar lo que aparentemente ya tenían planeado y casi guisado, con una formación ad hoc con Herb Simonsen como segundo guitarra, Chris Estes al bajo (ambos hasta Voodoo, 1998) y Darrin Anthony a la batería (hasta el siguiente The Graveyard, 1996), o mejor dicho, a la programación de ésta, aunque en cualquier caso da el pego mucho mejor que la de Snowy Shaw en The Eye, toda una falta de respeto hacia el instrumento.

El disco vuelve al formato simplista de Fatal Portrait (1986), y si bien en éste la trilogía “The Candle”, “The Jonah” y “The Portrait” abría el plástico de manera conceptual, en Spider’s la cierra la historia del pobre Harry, un hombre que sufre de aracnofobia y que es ingresado en un sanatorio mental con un desenlace fatal. Pero dejemos eso para el final.

Cuando escuché el estreno de “From The Other Side” en su día en la Emisión Pirata (parecerá una tontería, pero antes escuchábamos así las novedades) flipé en colores, o mejor dicho, en blanco y sobre todo negro. Las atmósferas no tenían nada que envidiar a las prototípicas del Black Metal, en aquel momento en todo lo gordo, y la temática del corte era asquerosamente atractiva: una experiencia extracorpórea en la que, para más inri, el sujeto (¿King?) avanza hacia la luz, mientras ve como su cuerpo es tomado mientras tanto por el mismísimo demonio. King… ¡despierta!

“Killer” es un corte machacón en la más pura onda Pantera / Metallica, los reyes de la escena en aquel momento, y la letra, cortesía del King más realista, narra los últimos momentos de vida de un asesino en serie, que se replantea su miserable existencia antes de que lo frían vivo en la silla eléctrica. ¿De qué me suena a mí todo eso?

“Poltergeist” es otro puñetero himno en el que King narra de nuevo sus experiencias con los fantasmas (confesado por él mismo), en el que hace de ventrílocuo con esa voz semi-gutural que utiliza para representar demonios u otros seres del más allá. I don’t like most of those you invite… get them out! (Gollum! Gollum!), a lo que King responde con una invitación a hospedarse en casa para siempre. Qué hospitalario.

“Dreams” saca a pasear la vena más progresiva del grupo, así como los mejores estribillos de Mr. Bendix. Cuando crees haber escuchado todo en el tema, viene eso de rainbows and waterfalls… y se te pone la gallina de piel. “Moonlight” es otro himno (y van…), en esta ocasión en homenaje al film clásico El Pueblo de los Malditos (1960), y por ende a la novela que lo inspiró (Los Cuclillos de Midwich, 1957), en el que LaRocque hace prácticamente lo que quiere con su B.C. Rich del momento, y por supuesto con el oyente.

“Six Feet Under” es un cañonazo de riffs a mansalva y de letra agónica (¿quién no ha pensado alguna vez qué sería de él si lo enterrasen vivo?), en el que es inevitable viajar en el tiempo hasta los días de Them (1988) y Conspiracy (1989), no en vano hay un claro guiño en la letra. Y con ella enlazamos directamente con el cuarteto conceptual final, donde tanto el protagonista como los secundarios recuerdan igualmente a la historia de King, Missy, Grandma y el Dr. Landau, esta vez con una temática más acotada y discreta que entonces.

“The Spider’s Lullabye” es un corte Doom, como si quisieran homenajear en cierta medida a sus vecinos y antiguos compañeros de gira Candlemass, en la que se presenta de entrada la fobia-locura de Harry con las arañas, y que Andy teje espectacularmente a modo punteos con su guitarra. “Eastmann’s Cure” es rápida y progresiva, con un tufo (por fin) a sus obras clásicas que tumba, y prosigue tanto con la historia de Harry como con los guiños al pasado. No more sleepless nights… “Room 17” es la habitación designada para Harry, donde pasará la peor noche de su vida, un corte de progresividad clásica y horror actualizado, mientras que “To The Morgue” cierra la suite con Harry despidiéndose de este mundo y el Prog made in Diamond de nuevo en ristre.

Lamentablemente The Spider’s Lullabye no tuvo la gira merecida (apenas si consta algún tema suelto en los directos de la década como “From The Other Side” y el tema homónimo del disco), al año siguiente King Diamond se volvió a reunir con Mercyful Fate para registrar otro gran trabajo (Into The Unknown, 1996), el cual sí tuvo su promoción y gira correspondiente, quedando relegado el disco que nos ocupa casi como una mera anécdota, y para algunos como el que suscribe como una auténtica obra de culto.

Puede que King Diamond durante los 90 no signifique para el Heavy Metal más clásico el revulsivo y anticoagulante que sí supusieron bandas como Blind Guardian, Iced Earth, Gamma Ray o Stratovarius, por citar algún ejemplo, pero si tenemos en cuenta lo que significó durante la década anterior, tanto para el respetable como para dichas bandas, creo que como mínimo se merece tenerlo siempre omnipresente, y si es con trabajos como este grandísimo The Spider’s Lullabye con mayor motivo.

Bubbath