EN MI REFUGIO INTERIOR (Pedro Andreu, EFE EME, 2020)

Cuando me enteré por una reciente entrevista del guitarrista Jorge Salán al ex baterista de Héroes del Silencio Pedro Andreu de que este último acababa de editar un libro autobiográfico, denominado como aquella rareza instrumental de mismo título registrada en el mítico El Espíritu del Vino, tardé lo justo y menos en hacer mi correspondiente pedido a Amazon, deseoso de leer las vivencias en primera persona de uno de mis ídolos de juventud, y en gran parte culpable de que servidor se decidiera acercar a la batería como elección instrumental personal.

No quisiera extenderme mucho ni tampoco conducir a engaño (no olvidemos que esto es un blog independiente y no le debemos nada a nadie), pero lo cierto es que lo que podría haber sido una especie de Diván: Conversaciones con Enrique Bunbury (Javier Losilla, ZONA DE OBRAS, 2000), un tratado breve y conciso pero bien aprovechado y de valiosa información, se ha quedado en un divagar del autor sin rumbo fijo, sin orden alguno y, lo que es peor, de escaso contenido informativo.

El libro lo componen cincuenta y dos capítulos breves (tanto que alguno está compuesto de una única frase), prólogo e introducción, lo cual me parece muy bien estilísticamente hablando, ya que le da un aire distinto y bastante agilidad a la lectura, lo que ya no me lo parece tanto es que las frases apunten a algo donde no se pretenda ir, o que ni tan siquiera se comprendan por el lector. En muchas ocasiones, prácticamente la mayoría, la narración parece una suerte de charla introspectiva, un yo sé lo que me digo, y eso puede ser válido en una conversación con un amigo, pero no en una edición literaria de coste pecuniario y con las expectativas del fan en juego.

Por sacarle algo de provecho, además del estilo desenfadado con el que se presenta la obra, decir que hay aportaciones de amigos del artista que hablan por él en modo cita (serían los únicos casos donde aparece una narrativa real y coherente), algunas anécdotas que seguramente desconozcas (Valdivia vomitando por costumbre antes de salir a escena o Enrique y Pedro corriendo delante de una manada de skinheads) y un puñado de fotos inéditas exclusivamente del autor bastante agradecidas, además de la cita de sus influencias personales (Matt Cameron, Ringo Starr, Larry Mullen, Charlie Watts y Phil Rudd) y muy vagamente alguna cuestión técnica que agradecemos los aprendices de su instrumento, pero todo eso inmerso en un caos narrativo sin orden establecido y con la molesta sensación de estar cubriendo el expediente por momentos.

Poco más que añadir. Vaya por delante mi admiración hacia el músico que contribuyó con sacos de arena a ese sonido preciso y contundente que hizo de HDS uno de los referentes musicales del Rock en castellano, esto que tengo en mis manos y que se lee en escasas horas (literalmente hablando) no puedo ni debo recomendárselo a nadie que estime su tiempo y su dinero, que seguramente estén mejor invertidos en una buena siesta o en un buen disco. Por lo demás, mucha suerte en todo, señor Andreu. Se la merece.

Bubbath

Bunbury – Curso de Levitación Intensivo (2020)

El desastre en cadena que está suponiendo este 2020 tras la pandemia a todos los niveles, ya no sólo sanitarios, sino políticos, económicos, sociales y culturales, parece que está sirviendo de fuente de inspiración a artistas como el que nos ocupa, que a falta de embarcarse en una gira mundial tras una nueva edición discográfica, como suele ser habitual en él, ha parido en el mismo curso un segundo trabajo en estudio, algo que quizá era hasta normal en los 70, pero que no lo es para nada en los tiempos en que vivimos, y mucho menos en formato long-play.

Pero así es, Curso de Levitación Intensivo ha visto la luz apenas siete meses después de Posible, con una línea parcialmente continuista, pero desmarcándose un tanto de los sonidos programáticos de aquella obra (maestra), y apostando más por la naturalidad y el concepto de banda, en esta ocasión rozando el jazz-fusion-prog-pop por momentos, aunque sin prescindir totalmente del plug-in que predominó en el anterior trabajo, en esta ocasión bastante más desapercibido.

Con la oscuridad más romántica de nuevo por bandera (esa portada a medio camino entre El Exorcista y cualquier film de Christopher Nolan así lo atestiguan), Levitación, como ya lo están abreviando tanto la prensa como el propio artista, vuelve a girar en torno tanto a la visión que el autor tiene del mundo como a la que este último tiene de él, un todojunto pasado por ese prisma de negacionista reaccionario amante del debate per se y detractor de los postulados de fe inamovibles, y que ya nos suena un tanto a los que seguimos sus pasos desde los tiempos de su banda madre.

De esta guisa, el siniestro ‘N.O.M.’ (Nuevo Orden Mudial) abre de manera ideal el plástico (la cara A del vinilo, en mi caso), quizá de los temas del disco mejor conectados con Posible, y que pega un repaso a todo un sistema establecido y a sus dirigentes políticos en unos escasos cinco minutos. ‘El Día De Mañana’ es un tema de transición de aire fatalista-costumbrista con la ironía en primer plano (y el saxo en segundo), mientras que ‘El Precio Que Hay Que Pagar’ se presenta como el primer single de cara a la galería, con la banda muy presente, haciendo Rock and Roll de género (esos bajos, timbales y de nuevo el saxo le dan un aire jazzy bastante cool) y conectando con los temas más radiables registrados en Posible.

El redundante ‘El Momento De Aprovechar El Momento’, mi favorito como lo fue aquel maravilloso capítulo de Posible llamado ‘Indeciso O No’, rezuma a la banda de Robert Smith en su vena más poppy que da gusto, de cadencia lenta y de tintes post-góticos new school, y sobre todo de puentes enervantes y estribillos memorables: Dentro de una pecera nos bebemos todo el mar, como en un pozo sin fondo sin saber nadar… Cuando llegues a esa parte, con un Bunbury entonando como nunca, si hay algo en ese corazoncito verás cómo se te eriza el vello y de repente empiezas a levitar en tu habitación, tal y como te adelanta la portada.

‘Malditos Charlatanes’ cierra sutil y elegantemente la primera cara del disco, con unos timbres musicales que recuerdan muy mucho a la madurez de su idolatrado Nick Cave, y con una letra que hace las veces de ‘N.O.M’, pero en esta ocasión dedicada a ese sector de la prensa con animadversión predefinida hacia el artista, a los que sacude de lo lindo con guante de seda.

‘Tsunami’ abre de manera potente la cara B, un tema de corte clásico y quizá hasta predecible en lo que a la trayectoria del propio artista se refiere, a la que sigue una más sorprendente ‘El Pálido Punto Azul’, una suerte de jazz-prog a golpe de saxo la mar de interesante que bien podría haber formado en la BSO de Interstellar (Nolan, claro que sí). En la carpeta se cita literalmente Basada en el libro de Carl Sagan ‘Un Punto Azul Pálido’, no vaya a ser que salga un segundo tomo del Método Bunbury (quien esté libre de influencias que tire la primera piedra, malditos charlatanes). A ‘Ezequiel Y Todo El Asunto del Big Bang’ la resume perfectamente su primera frase (Algunas cosas no hace falta entenderlas…), y ‘La Gran Estafa’ retoma ese nuevo estilo jazz-fusion popero que parece querer quedarse, que podría situarse entre lo más poético del trabajo letrísticamente hablando. El disco se cierra idílicamente con ‘Tenías Razón En Todo’, un tema aparentemente de redención tal y como lo fue ‘One’ para Bono y compañía, y que en este caso se sobreentiende que tiene más que ver con un tema de pareja que de terapia de grupo.

Desconozco qué repercusión tendrá en la carrera del artista Curso de Levitación Intensivo, si será recordado como el hermanito pequeño e inesperado de Posible, de rasgos más afeados que su antecesor pero seguramente algo más inteligente, o si ni tan siquiera se le tendrá en cuenta dentro de 20 años. Lo que tengo claro es que tanto si no te gustó el anterior trabajo de Bunbury o cualquier otro aquí tienes una nueva oportunidad, y ahí es donde considero que radica la grandeza del artista: su música sigue sin sujetarse a patrones concretos e inamovibles, sólo hay que dejarse llevar por la propuesta musical que te ofrezca en el momento, seguro que le sacas provecho a cualquiera de las paradas de ese crucero de oleaje tempestuoso llamado Bunbury.

Bubbath

Dark Tranquillity – Moment (2020)

No sé si el título del disco hace referencia al desconcertante momento de la Historia que nos ha tocado vivir, al momento actual que atraviesa la banda en general y Mikael Stanne como letrista en particular, o si realmente va todo un poco relacionado. La portada, cortesía del hasta la fecha guitarrista de la banda Niklas Sundin, que parece haber optado por seguir en la misma únicamente en lo que respecta a labores artísticas, refleja de manera ideal la individualidad en uno de esos momentos cruciales del ser humano en el que se replantea cosas, ya sea a nivel personal o incluso con carácter general, filosóficamente hablando.

Sea como fuere, la cuestión es que el nuevo trabajo de los suecos Dark Tranquillity ha llegado en el momento oportuno, parece que haberse tomado su tiempo desde Atoma (2016) y haber renovado ostensiblemente la plantilla, con Christopher Amott como special guest (ya sólo quedan Stanne al micro y el baterista y compositor Anders Jivarp de los inicios, con el teclista Martin Brändström siguiéndoles los talones), les ha hecho dar un salto cualitativo en su carrera musicalmente hablando. En ese sentido, lo que seguramente a gran parte de los die-hard fans de la banda les suponga un agravio en lo que a prostitución de su estilo más conservador se refiere, a muchos otros este paso adelante nos ha supuesto un motivo de alegría y satisfacción a pachas, ya que mientras las señas de identidad del grupo siguen intactas, la apuesta por una mayor dosis de melodía en las composiciones y la inclusión de voces limpias en mayor porcentaje que antaño deja entrever una madurez musical que ya se tornaba incluso necesaria para salir de la zona de confort, que es lo que a fin de cuentas necesita una banda para despuntar sobre las demás.

Moment está compuesto por 12 temas, y si bien puede decirse que algunos destacan notablemente, no hay atisbo de relleno durante todo el plástico, el cual se deja escuchar con sorpresa y agrado ya desde una primera toma, para poco a poco ir ganando en sucesivas escuchas hasta convertirse en uno de tus discos de cabecera en lo que a Metal se refiere en este miserable 2020, que a algunos artistas parece haberles sacado lo mejor de sí mismos, algo bueno tenía que hacer aflorar esta desolación que estamos padeciendo.

Si bien cortes como ‘Phantom Days’, que abre idóneamente el trabajo, ‘Identical To None’, ‘A Drawn Out Exit’, ‘Failstate’ o ‘Empires Lost To Time’ parecen proseguir una línea continuista con respecto a Atoma, aunque a mi modo de ver incluso de mayor nivel, el tarro de las esencias se destapa en cortes como ‘Transient’, ‘The Dark Unbroken’, ‘Remain In The Unknown’, ‘Standstill’ (que parece un reprise de aquel sorprendente ‘ThereIn’ de Projector) o los enervantes ‘Ego Deception’ y ‘Eyes Of The World’ (¿emulando a los mismísimos Editors?), que merecen una mención especial por sus memorables estribillos y sus grandes dosis de melodía y de melancolía nórdica, que sin duda es lo que mayor frescura aporta al trabajo, y que es lo que a la postre le otorga un plus de originalidad entre la innumerable marabunta de ediciones que a día de hoy puedes encontrar en el panorama metálico a base de caña sin más. Escucha si no el cierre con ‘In Truth Divided’, una pseudo-balada emo tan bella como decadente, y dime si no destaca entre tanta mediocridad actual.

Moment es sin duda un trabajo atrevido, uno de esos pasos que a veces cuesta echar, pero que una vez conseguido ya es imposible dar marcha atrás. Cadencias rítmicas propias del Prog, estribillos inolvidables, voces limpias cada vez más presentes (Mikael Stanne te pone el vello bien de punta por momentos), sin dejar de lado la guturalidad del pasado, y todo ello empastando de manera ideal con unas rítmicas aplastantes cortesía de la casa (Chris Amott, no olvidemos). Con permiso del aldabonazo que supuso en su día The Gallery (1995), que puedes ver reseñado por estas páginas, o la evolución de obras posteriores como Projector (1999) o Haven (2000), este Moment puede que sea el episodio más inspirado de los suecos en una buena pila de años, y nos pone los dientes muy largos de cara a lo que puedan ofrecernos en lo sucesivo. Ojalá que cumplan con todas nuestras expectativas.

Bubbath

UNAS BAQUETAS CONTARÁN MI HISTORIA (José Martos Arellano y Santi Fernández Galán, Serial Ediciones, 2019)

Este verano cayó en mis manos el libro que nos ocupa, cortesía de mi buen amigo J. Alfonso Puerta, colega de sonoridades desde la década de los 90 y compañero de episodios fanzinerosos varios desde entonces, a sabiendas de mi afición por el Heavy Rock español en general y por el instrumento del protagonista del libro en particular, José Martos Arellano, baterista que ha militado en diversas bandas punteras del mencionado estilo, tales como Tritón, Niágara, Barón Rojo, Atlas, Topo o Asfalto.

El libro no es otra cosa que una autobiografía de José Martos contada a pachas con Santi Fernández, o mejor dicho, revisada y arreglada por este último, o al menos eso es lo que se extrae de las notas del propio libro. De su coautor, actual responsable de la web TheSentinel.es, decir que fue compañero de fatigas de la citada web cuando aún se denominaba TheSentinelWebMag, una página que iniciamos en la costa levantina unos cuantos forajidos y que pronto absorbió tanto nuestro tiempo que tuvimos que ir levando anclas de uno en uno, hasta convertirse en otra cosa algo distinta (ni mejor ni peor, sino todo lo contrario). En cualquier caso decir que es un logro admirable que perdure la web después de tantos años, le/s mandamos un saludo afectuoso desde la acera de enfrente, donde se ven las cosas con cierta perspectiva, sin presiones de ningún tipo, y en general se vive bastante mejor, todo sea dicho.

A la hora de abordar una (auto)biografía de este calibre, creo que hablo en nombre de todos los que consumimos este tipo de lectura musical de manera habitual cuando digo que aquí lo que prima es el ritmo narrativo, el anecdotario personal y, en este caso concreto, el detalle técnico propio del músico en cuestión, en este caso de la batería y del baterista. Es fundamental que todo ello se conjugue de la mejor manera posible, sin estridencias en ninguna de las facetas, o de lo contrario te puede quedar un manual técnico instrumental, un compendio de chistes chungos o directamente un ladrillo.

En ese sentido me gustaría decir en primer lugar que el libro es de fácil lectura, con una narrativa muy sencilla, con lo que te despacharás el asunto en apenas tres apalanques de sofá. Esto sería ideal si en los apartados técnico y anecdótico hubiera bastante chicha que roer, pero ahí es donde para mi gusto el libro hace más aguas, ya que ni suele pararse a contar historietas en demasía (como la del queso de Cabrales de los De Castro en el Chrysler, mismamente), ni se detiene a detallar tanto la formación del músico como los instrumentos utilizados por éste en el tiempo (apenas algo de su etapa con la marca valenciana Santafe y poco más), limitándose a resumir de pasada tanto vivencias como periodos de actividad, tanto es así que puede apreciarse algún salto de años incluso en determinados momentos del libro. Quizá la parte más entretenida en ese sentido son los primeros años del protagonista, y justo cuando comienza su actividad en las bandas de más reconocido prestigio es precisamente cuando se pisa el acelerador y se empieza a echar en falta todo lujo de detalles.

Tampoco quiero hacer sangre de la obra, vaya por delante que el libro es de agradable lectura, que el autor se desnuda ante el lector, contando ‘su historia’ como quiere y sabe (me consta que tanto él como Santi Fernández eran neófitos en la materia), pero como digo más arriba se echan en falta más trapos sucios, que con gente como los hermanos De Castro seguro que haberlos haylos. Con todo y con eso, la historia se cuenta de forma ordenada y por etapas, que en la mayoría de ocasiones se hacen coincidir con su estancia en las diferentes bandas, así como otros episodios vitales varios, tales como su salida al extranjero o determinadas épocas de transición. Un aspecto que llama mucho la atención es que el autor, aun teniendo una inmejorable ocasión, omite todo tipo de crítica a sus ex-compañeros de profesión, algo digno de elogio pero bastante raro tratándose del país en el que vivimos, quedando esa extraña sensación de haber intentado ser políticamente correcto, y con ello haber sacrificado una magnífica oportunidad de airear unas cuantas vergüenzas ajenas, que nunca está de más.

Unas baquetas contarán mi historia quizá adolece un tanto de la picaresca de otras biografías patrias, como la de un tal José Carlos Molina (No te dejes Ganar, Pedro Giner, Ediciones Vosa, 1995), o del detalle técnico de obras de tintes similares, de las que bien podría haberse dejado influenciar (John Bonham, El Rugido del Oso, Chris Welch y Geoff Nicholls, 2001), pero en cualquiera de los casos sigue siendo interesante para todo aquel que guste del Rock Duro en español y de las biografías musicales. Si además de eso tienes en tu discografía cosas como Tritón, Now Or Never o Arma Secreta, tendrás que echarle una ojeada cuando tengas un hueco, aunque sólo sea por mera curiosidad.

Bubbath

STREETS OF RAGE 4 (Dotemu, 2020)

Una de las pocas alegrías que me ha dado lo que llevamos de este extraño, pandémico y casi apocalíptico 2020, es la vuelta de uno de los buques insignia de la compañía japonesa Sega después de la friolera de 26 añazos. Esa maravilla lúdica es el grandísimo y carismático Streets of Rage.

Sega en los 90 estaba en una lucha sin cuartel con Nintendo a ver quién era el rey del entretenimiento doméstico, con el duelo de la Megadrive vs Super Nes como capítulo más destacado. Los creadores de joyazas como “Shinobi”, “Out Run” o “Golden Axe” no tenían suficiente con reinar en las salas de máquinas e iban al asalto de los hogares, dejando un duelo entre las dos potencias niponas bastante interesante.

Pero ahora Sega no es la de antes y se dedica más a trabajar para las demás que para sí misma. Malas decisiones y algo de mala suerte le apearon de la pole del vicio, por lo que su situación en el mundo de los videojuegos es ya en un segundo plano.

Streets of Rage es un juego “Beat em up” o un “Yo contra el barrio”, concepto donde uno de los abuelos es el vetusto y mega clásico “Double Dragon” de Tecmo, aunque su principal influencia es el también mitiquísimo “Final Fight” de Capcom. Todo el mundo que hemos tenido una infancia ochentera y que hemos estado gastándonos las monedas de “cinco duros” en las salas de máquinas de la época conocemos estos artefactos de pe a pa.

El concepto de “Street of Rage” es simple y efectivo como un puñetazo en la boca: mueves un tipet y te lías a mamporros con todo lo que le sale por el camino, tanto con puños, patadas, como con objetos diversos que vas encontrándote por el camino. De esta nueva versión curiosamente no se encarga Sega, sino que se la ha licenciado o le ha dejado la faena a la compañía francesa Dotemu. Los Gabachos son todo unos especialistas en reconvertir o hacer un lavado de cara a juegos clásicos, donde entre sus trabajos están los remakes de clásicos como el Pang, Windjammers  o Wonder Boy the Dragons trap.

Yendo al grano, o duro y a la encía, como la canción de Def Con Dos, es un juego de jugabilidad muy vieja escuela con unos gráficos 2D muy detallados y unas animaciones dignas de película de animación, se mueve muy bien y no te deja respiro, que no te aburrirás de darle a los botoncitos constantemente. También los homenajes y guiños de la saga son constantes, desde personajes principales, enemigos -sobre todo algunos jefes- y obviamente los golpes y combos. Hay también que remarcar que esta saga a nivel argumental ha seguido de una forma continuista, ya que la trama y los personajes los mueven en el tiempo 10 años después de lo que ocurrió en la tercera parte.

Al principio de todo empiezas con cuatro personajes -dos de ellos clásicos de la saga-, que según vamos avanzando las fases vamos acumulando unos puntos que nos desbloquean personajes nuevos, galerías de personajes y algún modo nuevo de juego.  

También en la banda sonora participan en algún tema Yuzo Koshiro y Motohiro Kawashima, creadores de la banda sonora de los juegos antiguos, aunque el que lleva la batuta de la música del juego es el francés Olivier Deriviere. También en el aspecto sonoro, Dotemu ha reciclado o tomado prestados sonidos de sagas anteriores, dejando el toque nostálgico más evidente. El experimento funciona y se fusiona bien con el aspecto moderno del juego.

Como vivimos en un mundo en el que se cataloga toda cosa material e intangible, Street of Rage 4 está ubicado en lo que denominaría “El nuevo retro”, juegos de estilo vieja escuela con un estilo 2D en los sprites o monigotes que manejamos pero con la tecnología de ahora, con los fondos en 3D, dando un toque más moderno y artístico. No todo el mundo del videojuego son los Sandbox o el Fornite. Los viejunos jugones aún tenemos cabida en esto.

Saints in Hell

Helloween – The Time Of The Oath (1996)

Pongámonos en situación: después del nefasto Chameleon (1993), Helloween, o mejor dicho, Weikath y Großkopf, deciden que Kiske no siga en la banda por el cariz que ésta estaba adquiriendo musicalmente, a causa del mismo Kiske. Su reemplazo fue Andi Deris, hasta entonces vocalista de Pink Cream 69, y con Deris ya como vocalista grabaron un genial Master Of The Rings (1994), editado justo un año después de Chamaleon.

Master Of The Rings fue un disco sorpresivo e inesperado, ya que nos devolvió la fe a los que por aquel entonces ya no apostábamos un duro -todavía contábamos en pesetas- por Helloween, recuerdo haber escuchado “Sole Survivor” en la radio, seguramente en La Emisión Pirata, y al día siguiente bajar a la tienda de discos y comprarlo. Pero este no es el disco que nos atañe.

Así que en 1996, ya con Andi Deris consolidado en las filas de Helloween, nos deleitan con otro genial disco de nombre The Time Of The Oath. La formación de ese disco fue el propio Deris a las voces, Weikath y Roland Grapow a las guitarras, Großkopf al bajo y Uli Kusch a la batería. Como productor tenemos al clásico productor de la banda Tommy Hansen.

La portada ya daba pistas de por dónde venían los tiros, ya que en ella se halla el ‘Keeper’ y dentro de su cara vemos los anillos de la portada del Master Of The Rings. O sea, tiraban hacia atrás buscando el sonido de los Keepers e incluso del Walls Of Jericho, pero sin dejar de lado su versión más actual y renovada del Master Of The Rings. Por cierto, la versión que yo tengo venía con un póster de la portada que estuvo bastantes años colgada en una pared de mi antigua habitación.

El disco, según palabras de Deris, es un disco conceptual basado en profecías de Nostradamus. Además, fue dedicado a la memoria de su exbatería (fallecido el año anterior) Ingo Swichtenberg.

Pasemos a los temas. Un silbidito da paso a “We Burn”, todo un cañonazo. ¿He nombrado antes el Walls Of Jericho? En esa onda de trallazos también tenemos a “Before The War”.

Con “Steel Tormentor” y “Kings Will Be Kings” bajamos un pelín la velocidad y apreciamos que Uli Kusch no está manco precisamente. Otra de ese estilo es “A Million To One”, que perfectamente podía haber estado en el anterior disco Master Of The Rings.

En el cd también nos encontramos con una cachonda “Anything My Mama Don’t Like”, de esas que a Helloween les gusta nombrar como ‘Happy Metal’, con un estribillo bastante empalagoso, la verdad, y es la que menos me gusta del disco.

Damos paso a las canciones épicas del disco, y que probablemente sean mis favoritas: “Mission Motherland” es un temazo de 9 minutos con un riff inicial de los que enamoran a primera escucha, es un tema complejo con bastantes cambios de ritmo durante todo el desarrollo, es un tema para escuchar muchas veces, ya que igual a la primera no entra. El tema que da título al disco The Time Of The Oath es más oscura, aquí notamos la escuela de Black Sabbath, los coros en latín aún le dan un toque más épico si cabe, también es un tema largo de casi 8 minutos, pero éste entra mejor que “Mission Motherland”.

Cómo no, este disco no está exento de baladas; “Forever And One (Neverland)”, con ese toque de teclas y con un Deris cantando de una manera sobresaliente, es una balada con mucho feeling, y en mi opinión la mejor balada de la era Deris, no en vano en la gira de reunión ‘Pumpkins United’ fue la balada elegida de Deris. “If I Knew” también es una gran balada, y también tiene mucho feeling, pero personalmente me gusta más “Forever And One (Neverland)”, cuestión de gustos.

Y para el final me dejo “Power”, a mi juicio es el “I Want Out” de la época Deris, una canción pegadiza, melódica y de estribillo fácil de corear, con unos coros que ponen patas arriba cualquier sala o pabellón. Durante mucho tiempo en sus directos estuvieron haciendo el juego de dividir al público en parte derecha e izquierda y Deris iba jugando pidiendo cantar a la parte derecha, luego la izquierda y luego todos juntos. Quedaba muy bien, la verdad.

Y poco más que contar, a mi juicio, tanto el anterior Master Of The Rings como este The Time Of The Oath supusieron una segunda juventud para los de la calabaza, captada perfectamente en el directo de la gira llamado High Live.

Laguless

El amo de los anillos…

Recuerdo exactamente el día que me hice con el cassette de Master Of The Rings (1994). Para ser sincero, tras descubrir a la banda de la calabaza a finales de los 80 con sus hits del momento, con aquel video-clip de “I Want Out” a la cabeza, una copia en cassette del azucarado y anodino Pink Bubbles Go Ape (1991) nos diría más bien poco (con el tiempo le extrajimos todo el jugo posible), tanto que Chamaleon (1993) nos pasó directamente de largo, y no fue hasta la reconciliación con la banda que lo retomamos curiosamente (ni bien ni mal, sino todo lo contrario).

El caso es que como bien dice mi colega Laguless, un par de adelantos de La Emisión Pirata (“Sole Survivor” y “Where The Rain Grows”) nos abrieron las orejas de par en par, y no tardamos mucho en bajar a la tienda de turno (discos Hendrix, para más señas) para hacernos con lo que a la postre se convertiría en una de las gemas del grupo, al menos para el que suscribe.

Porque aunque el disco pareciera un accidente, de título un tanto absurdo (¿El Señor de los Anillos versión Beta?) y de formación por testear, con un batiburrillo de temas de estructuras varias y sin excesivo apego al sonido clásico de la banda, la producción era sólida como el pene de Peter Steele (cortesía de Tommy Hansen), y a pesar del acentuado tono nasal del ex-vocalista de Pink Cream 69, nada que ver con el de su predecesor, a la tercera o cuarta escucha ya te habías vuelto a hacer amigo de Weikath y cía, y después de 26 largos años y unas cuantas escuchas más, podemos afirmar sin despeinarnos que Master Of The Rings es el trabajo que mejor ha envejecido de la banda, tanto que suena igual de fresco o más que cualquier entrega posterior al susodicho.

Podría estar piropeando el disco un rato largo, tanto por la ejecución de sus compositores (la entrada rítmica de “Sole Survivor” no tiene nada que envidiar a la de un “Where Eagles Dare” o un “Painkiller” de turno), como por el acierto en las propias composiciones, con trallazos de la talla de “Where The Rain Grows” o “Still We Go”, lo más parecido por entonces a su época clásica, medios tiempos míticos y electrizantes como “Why?”, “Mr. Ego (Take Me Down)”, “Perfect Gentleman” o “Secret Alibi”, caminando entre el Pop, el Prog, el AOR y el Heavy Metal más tradicional como Pedro por su casa, o ese temón de comienzo acústico llamado “In The Middle Of A Heartbeat”, probablemente su balada más fresca y vigente a día de hoy, un corte que puedes pinchar sin riesgo de empacho, algo que se puede decir de “Stairway To Heaven” y de dos o tres baladas más. De no ser por las simplemente correctas “The Game Is On” y “Take Me Home”, mera diversión en onda “Rise And Fall” para amenizar el disco, seguramente estaríamos hablando del mejor trabajo de Helloween, quedando de esta forma un capítulo de los comúnmente llamados de transición, pero un capítulo ineludible sin el cual jamás comprenderás debidamente la historia del grupo.

Bubbath

ANGELUS APATRIDA – Nits del Primavera, Parc del Fòrum (Barcelona), miércoles 5 de agosto de 2020

No las tenía todas conmigo cuando me enteré del bolo en modo Covid-19 de los albaceteños Angelus Apatrida en el Parc del Fòrum de Barcelona, son muchos meses ya de pandemia y consiguientemente de sequía conciertil, y ya empezaba a parecer una modalidad de ocio del pasado, una suerte de entretenimiento tribal propio de una era pasada, algo obsoleto a enterrar en aras de una nueva normalidad donde todo es cibernético y telemático, reina el meme y aflora la verdadera esencia del ser humano: la nueva subnormalidad. Afortunadamente lo del show era cierto y no otro bolo más en streaming, lo cual hizo cambiar planes y billetes y aprovechar la ocasión, quién sabe si nos van a volver a confinar de nuevo y hasta cuándo.

A un precio razonable (19,80 €) y con las medidas de seguridad necesarias dada la situación (dispensadores de gel hidroalcohólico, mascarilla obligatoria, distancia de seguridad tanto en pista como en grada, así como en colas de bar y aseos), a pesar de las mismas la cita se tornaba de lo más atractiva, en un emplazamiento idílico como el Fòrum (y a pesar también del aroma a estiércol tan característico de la zona) y con una compañía inmejorable (Laura, Joaquín, Raúl, Pablo… I salute you!). Si a eso le añades un “Black Funeral” de Mercyful Fate como bienvenida poco más se puede pedir. O sí, según se mire.

Y es que hemos visto muchos bolos sentados dependiendo de las circunstancias (tipo de grupo, de festival, por simple cansancio…), pero el mero hecho de que te acorralen a la fuerza y además lo hagan con un grupo como el que nos ocupa, no sé, es como cuando te prohibían algo de pequeño, sólo por eso ya te apetecía más todavía. Una cosa estaba clara: esta noche no habría pogo, mosh y mucho menos un wall of death como manda Satán, pero nada nos impidió llenar el tanque de cerveza y hacer air guitar y headbanging sin parar.

El grupo dio un bolo al uso, esto es, no se diferenció en nada a un bolo pre-pandemia, si bien es cierto que a Guillermo Izquierdo le pesó un tanto ese parón pandémico, las paradas fueron varias y las charlas cual Joey DeMaio frecuentes, aunque en su caso más que para ensalzar el Metal fue para cagarse en el monarca emérito y en cualquier tipo de fascismo, para anunciarnos próximos bolos cibernéticos o el merchandising disponible, lo cual es totalmente lícito, pero al igual que me sucede con Manowar sigo prefiriendo que suenen temas.

El sonido fue óptimo y la ejecución como de costumbre, todo un ejercicio crossover-thrash-hardcore de alumnos aventajados de gente como Nuclear Assault, Testament, DRI, Exodus y compañía, y muy del estilo de otros foráneos coetáneos suyos como Iron Reagan, una lástima verlos en las condiciones que comentamos dada la naturaleza de su música. Con todo y con eso intentamos disfrutar al máximo de la descarga, con cortes como “Sharpen The Guillotine”, “One Of Us”, “Give’em War”, “Thrash Attack” o “You Are Next”, que cerró la velada, y por supuesto con ese cover del “The Antichrist” de Slayer que ya han hecho suyo, en el que Guillermo lamentó no haber tenido el placer de conocer personalmente al malogrado Jeff Hanneman (hubo guiño a “Rainning Blood”, pero no hubo cojones suficientes a intentarla). Bastante interacción con el público dada la particularidad del show, buen rollismo y resignanción a pachas, y emplazamientos de cara a un futuro mejor, donde grupo y respetable podamos volver a volar con total libertal.

La gente en líneas generales se comportó (alguno que otro no pudo evitar soltar silla y mascarilla), el ambiente fue cordial y de resignación, como ya digo, pero esto es lo que hay ahora mismo al fin y al cabo, y hay que aceptarlo. A ver si empezamos a ser conscientes de una puñetera vez de que el problema no está en bares o eventos, sino en personas y comportamientos, y eso afecta a todas las facetas de la vida, no sólo al ocio nocturno. Cuando todos (sobre todo las autoridades) tengamos claro eso habremos ganado una gran batalla frente a la puta crisis de la COVID-19.

Bubbath

WACKEN WORLD WIDE 2020

Fue a finales de Abril cuando oficialmente los organizadores del W:O:A cancelaron la edición del festival de 2020 debido a la pandemia. Pero no por ello se quedaron de brazos cruzados, sino que se pusieron manos a la obra, y sorprendentemente a mediados de Julio nos hacían llegar la información de la celebración de un nuevo invento por parte de los organizadores llamado Wacken World Wide, celebrándose los mismos días que se hubiera celebrado el festival, con el lema de que si no puedes ir a Wacken, Wacken va a ti.

Y así fue, cuando lo fácil hubiese sido tirar de archivo y ponernos varios conciertos (será por archivo…), que fue una de las opciones, también había 2 opciones más que interesantes, una era un directo desde una sala habilitada para la ocasión sin más, con el propio escenario como fondo y si acaso algún telón del grupo como si de un ensayo se tratase. Y la otra opción era igual que la anterior, pero con un escenario virtual que simulaba estar en el mismo festival de Wacken. Y todo ello a precio 0 para el consumidor. Bien es cierto que desde la web oficial de Wacken o la creada para la ocasión te podías comprar alguna camiseta conmemorativa del W:W:W o la pulsera del festival a modo de apoyo.

Y así pasamos el fin de semana, los grupos que vi pues fueron:

Doro en un concierto reciente en un autocine, qué curioso eso de estar en el coche viendo un concierto, no sé, debe ser bastante raro, aunque supongo que una vez entras en materia lo puedes llegar a disfrutar bastante.

Eskimo Callboy, un grupo que no conocía y que derrocha una energía enorme, y eso que estaba en el salón de casa, en directo tienen que ser un cañonazo. Por cierto, era el primer concierto con su nuevo cantante.

Alice Cooper, se trataba de un concierto de archivo de W:O:A 2013. Aquí hay poco que decir, Alice Cooper en estado puro con toda su parafernalia.

Blind Guardian, en escenario virtual, fue el primer concierto que vi en este formato y me gustó bastante. Ahora, no sé cómo se deben sentir cuando dan las gracias y saludan al público, pero bueno, me gustaron mucho y no se me hicieron tan aburridos como las últimas veces que les he visto en directo real.

Ross The Boss, para mí fue el mejor concierto del Wacken World Wide, sólo media hora, pero superintensa con los clásicos de Manowar y un par de canciones de cosecha propia. Decir que al vocalista Marc Lopes le vi menos chillón que las 2 veces que les he visto, diría que ha mejorado muchísimo vocalmente.

Kreator, tocaron también en escenario virtual durante una hora, y fue otro derroche de energía, Mille y sus huestes no fallan, presentaron en directo su nueva canción “666-World Divided” y sí, “Satan is Real”, of course!

Motörhead, concierto de archivo de W:O:A  del que no recuerdo el año, con la aparición del Bomber sobrevolando el escenario, otro cañonazo infalible.

Lordi, con un reportaje de Mr. Lordi mostrándonos curiosidades de Laponia, y un concierto en un bar de 3 canciones, fue lo que menos me gustó.

Y esto es lo que yo vi, pero grupos había muchísimos más, entre ellos Iron Maiden con un concierto de archivo de la gira del  “Book Of Souls”, Judas Priest con otro concierto de archivo de la gira de “Nostradamus”, Powerwolf, Heaven Shall Burn, In Flames, Anthrax, Sabaton, Crisix, etc, etc.

También había multitud de entrevistas y nos presentaron el tráiler del W:O:A 2021 y las primeras bandas anunciadas.

En fin, una grandísima idea por parte de los organizadores, que consiguieron quitarnos algo el mono de Wacken. El futuro está en el aire visto lo visto y hasta que la COVID no se controle veo inviable este tipo de eventos, del cual sinceramente no soy muy optimista a medio plazo. No descarto que se haga otra edición el año que viene, sólo el tiempo dirá. Yo, lo he disfrutado.

Por cierto, los conciertos los retransmitían tanto la web de Wacken World Wide como la de Magenta Musik 360, en esta última aún podéis ver algunos conciertos online.

Laguless

Bunbury – Posible (2020)

En el epicentro de una pandemia, como si de la banda sonora de un escenario postnuclear se tratase, el décimo álbum de estudio de Bunbury ha venido a encajar como un guante en su discografía y en la discoteca de muchos, como en el caso del que suscribe.

Posible es el décimo trabajo de Enrique, al margen de directos y demás proyectos, que son tantos o más que los de estudio, y diez son los temas que lo componen, como si se pretendiera alcanzar lo perfecto, y si no lo consigue quiero pensar que lo acaricia al menos.

El caso es que en la discografía del artista, y siempre desde un prisma estrictamente personal, claro está (de eso van las críticas con firma), si bien todo es aprovechable en líneas generales, salvo con el gran Pequeño (1999) habría recortado aquí y pegado allá en la mayoría de sus trabajos, algo que (por fin) no me ha sucedido con Posible, que como bien indica su nombre tampoco es tan difícil.

Lo cierto es que con un artista que ha bebido de influencias tan variopintas como el techno, el hard rock o el tango no siempre es fácil coincidir en todo, aunque tampoco se trata de eso: la música es algo etéreo y atemporal, a poco que el emisor esté acertado con las notas y el oyente esté predispuesto a escucharlas sin prejuicios, hay un terreno ganado más vasto que Siberia.

Y ahí es donde acierta Posible. A menos que seas un purista de género de condiciones sine qua non, esta colección de canciones te tocarán la fibra sí o sí, porque están diseñadas para ello y porque son piezas musicales minimalistas en las que se recogen los mismos nutrientes que mamaste de pequeño, al margen de si los ingredientes son o no manufacturados (por mucho plug-in que haya ese sonido de caja es totalmente realista). Si ahora la onda va más enfocada en Depeche Mode, Kraftwerk o New Order que en Led Zeppelin, Tom Waits o la cumbia bienvenida es, en cualquiera de los casos es una cuestión meramente anecdótica y formalista, aquí lo que prima es el guiso y no el recipiente, y ahí están (de nuevo) la métrica, las rimas, esas letras cada vez más autobiográficas y objetivas, y sobre todo un buen puñado de hermosas melodías, sea cual sea su envoltorio.

Sin relleno que valga, el disco se deja escuchar (auriculares, aviso) del tirón ya en una primera toma, y en sucesivas entregas te irá ganando hasta convertirse en uno de tus favoritos del artista, opinión personal, insisto. Y no, no voy a dar la chapa esta vez con una descripción gráfica de lo que suponen los temas en cuestión de uno en uno, desde el homenaje particular a Gahan y Gore con ‘Cualquiera en su sano juicio (se habría vuelto loco por ti)’ hasta la alacena actualizada que supone ‘Los términos de mi rendición’, un final idílico y emotivo como pocos, todo el contenido de Posible es más que apetecible, con momentos que a día de hoy ya parecían improbables (‘Indeciso o no’), y que ponen la piel de gallina como cuando eras un neófito en esto de la música y cualquier cosa te enervaba. Feeling en estado puro.

1. Cualquiera en su sano juicio (se habría vuelto loco por ti)
2. Hombre de mundo
3. Deseos de usar y tirar
4. Mis posibilidades (Interstellar)
5. Las palabras
6. Arte de vanguardia
7. Mariachi sin cabeza
8. Como un millón de dólares
9. Indeciso o no
10. Los términos de mi rendición

Las fotografías de Jose Girl (cómo no) y el diseño de Álvaro Pérez-Fajardo encajan perfectamente con la oscuridad intimista del plástico interior, si bien no se puede alegar en ningún momento que se trate de un trabajo pesimista, todo lo contrario, las sensaciones que despierta son mayormente de optimismo y melancolía, y en ese sentido es un disco que se deja pinchar una y otra vez, máxime en estados de reclusión total. Un disco que firmaría el propio Nick Cave, y del que seguramente estaría orgulloso el mismísimo David Bowie.

Bubbath

Riot – Thundersteel (1988)

A la hora de hablar de grupos malditos o de esos mal llamados ‘de segunda fila’, no hay duda de que Riot pueden encasillarse muy a gusto dentro de dicha etiqueta. Y ello no deja de ser curioso, ya que si bien la mayoría de los eternos aspirantes a la fama suelen arrojar la toalla tarde o temprano, estos norteamericanos pueden presumir de llevar editando discos la friolera de cinco décadas (Rock City, 1977, se dice pronto), aunque también es cierto que el bueno de Mark Reale (guitarra) ha sido el único superviviente de aquella primigénea formación hasta su fallecimiento en 2012, momento en el cual el resto de la banda decide proseguir con el legado de Reale ya como Riot V, todo un detalle tanto por la idea de mantener viva la llama como por el hecho de no querer adueñarse de una franquicia que tuvo a las claras un administrador único.  

Tras cinco discos de estudio y uno en directo, de los que cabría destacar un inspiradísimo Fire Down Under (1981), probablemente su trabajo más clásico de la primera época (seguido de cerca por Narita, 1979), dada la escasa repercusión de su quinto Born In America (1983) y el consiguiente desánimo de Reale, se abre un período de sequía discográfica de cuatro años comprendido entre 1984 y 1988 y consiguientemente de inactividad del grupo en directo; tras el paréntesis, Reale reestructura la banda, bien secundado por Tony Moore (voz), Don Van Stavern (bajo) y el gran Bobby Jarzombek (batería), y juntos dan a luz lo que es ya todo un clásico y eterna fuente de inspiración de una incontable legión de speed/power-metaleros al uso que reinan en la escena metálica actual.

Y es que Thundersteel es a Riot algo así como Painkiller a Judas Priest, esto es, la esencia del grupo pasada por el filtro y elevada al cubo en lo que a revoluciones se refiere. No en vano sólo hace falta escuchar el inicio con el homónimo del disco, todo un trallazo hiperacelerado, de riffs vertiginosos, doble bombo atronador y agudos por doquier (todo un clásico destroza-cogotes en las discos heavies de turno). Pues eso, Power Metal de libro. “Fight Or Fall”, aunque de poderosos riffs, era algo más dinámico, decelerando en el estribillo y demostrando que en el power/speed metal también se puede jugar con la voz y resultar atractivo.

“Sign Of The Crimson Storm” hacía las veces de medio tiempo, con un Tony Moore que nos muestra su registro real por momentos y que sube tonos en el chorus como mandan los cánones. Y vuelta a la caña con “Flight Of The Warrior”, donde Bobby Jarzombek maneja los pedales a su antojo, Mark Reale se saca de la manga unas rítmicas y un solo difíciles de olvidar y Mr. Moore te pone el vello bien de punta con sus modulaciones. Después de esto es cuando, en líneas generales, viene el bajón. No es este el caso. “On Wings Of Eagles” está diseñada y estudiada para que te dejes las cuerdas vocales intentando emular los alaridos estallacristales de Moore (pues eso, intentando). Y a continuación otra de mis favoritas (¿quién dijo relleno?), “Johnny’s Back”, de riff cabalgo-destripante a cargo de Reale y con otro de esos estribillos para cantar en compañía.

Como descanso auditivo tenemos “Bloodstreets”, con un comienzo de acústicas que rápidamente rompe un riff distorsionado aunque controlado a cargo de Reale, de tempo lento y recreándose en la melodía vocal (temón). “Run For Your Life” retoma la caña del comienzo, con un Tony Moore esta vez más agresivo que chillón y otro de esos solos marca reale. Y la traca se cierra con “Buried Alive (Tell Tale Heart)”, algo más ambicioso que el resto (más extenso y detallista), y que curiosamente, al igual que sucede con el inicio del disco, me recuerda al cierre del que fuera el legado de Halford en Judas, “One Shot At Glory”, en plan colofón final (y digo curiosamente porque “Painkiller” estaba por llegar).

Grabado y mezclado en los Greene Street Recording estudios de Nueva York por el habitual Rod Hui, el disco suena que atruena, pulcro, brillante y contundente. Su portada sin embargo no corrió la misma suerte, con una ilustración (más bien boceto) a cargo de Kevin Kall bastante cómica, si bien mejora incluso la tónica general de las portadas del grupo, un aspecto a mi modo de ver bastante descuidado por la banda y tan básico en una época en la que ilustraciones, logotipos y demás atrezzo incidían directamente en el fan de turno, y que coetáneos como Judas Priest, Saxon o Iron Maiden sí supieron exprimir al máximo.

Thundersteel tendría su continuación con el gran The Privilege Of Power (1990), un trabajo sin duda mucho más arriesgado y rompedor que su predecesor, similar en calidad pero de esquemas bastante más eclécticos (Queensrÿche lo estaban petando, recordemos), y entre eso y nuevos cambios de formación en el siguiente Nightbreaker (1993), en el que Moore da el relevo a Mike DiMeo y con ello al sonido del grupo (AOR puede sonar demasiado drástico, pero desde luego eso ya no era Power Metal), el combo regresó de nuevo a esa un tanto incómoda segunda fila que decía al principio, quedando el trabajo que nos ocupa en una especie de limbo discográfico, un oásis en el desierto al que acudir en estados anímicos bajos o cuando el poder del Heavy Metal llama a tu puerta.

La formación que registró Thundersteel regresaría por sus fueros en 2011, fecha en la que editarían el esperadísimo Immortal Soul, álbum que amalgama prácticamente todas las facetas y vertientes sonoras de Riot, pero que lamentablemente no podría presentar su mentor, dado su fallecimiento a los pocos meses por complicaciones con esa dichosa y todavía enigmática enfermedad de Crohn.

Si no estás familiarizado con el material de la banda, como en toda historia que se precie creo que deberías empezar por el principio. Si por algún motivo no dispones del tiempo ni de las ganas necesarias, entonces te recomiendo que vayas directo a por este Thundersteel, sin duda una de las gemas del Heavy Metal clásico, aunque te aviso: todo lo que venga después te sabrá a poco.

Bubba

(Publicado originalmente en THE SENTINEL WEB MAG durante el primer lustro de la era 2000, revisado y editado en abril de 2020)